Visita nocturna
—¿CONFESARÁS TUS PECADOS?
Una pausa.
—Lo haré la próxima semana, padre. Si está bien por usted.
—Está bien por mí —contestó el anciano sacerdote—. Con la ofrenda de incienso que trajiste será suficiente. Además, es tarde y tengo sueño. Y huele a lluvia.
Arjen miró por la ventana del templo, hacia la oscuridad afuera. Dijo:
—Sí. Las nubes auguran tormenta.
—Deberías regresar al cuartel —dijo el padre Darió—. No querrás que te sorprenda el aguacero en el camino.
El capitán de los sabuesos lo pensó por un momento:
—Creo que me quedaré un momento más aquí, padre. Necesito el momento de quietud.
Estaban sentados en las viejas bancas de madera dentro del pequeño templo en donde el padre Darió oficiaba la veneración a Eluvá.
Era aladani (es decir, el tercer día de la semana), y apenas unos minutos antes había terminado la liturgia vespertina en preparación para el festival de Consagración, que sucedía en otoño.
Cinco personas asistieron esa noche al rito, número que era relativamente común en aquellos días y en aquel sector de la ciudad, sobre todo para una ceremonia vespertina que no era de precepto.
El padre Darió, vestido con la sencilla túnica negra abotonada hasta el cuello, se movió en su lugar, haciendo crujir la madera.
—¿Han sido días difíciles, hijo?
—Meses difíciles —respondió el capitán.
—¿Cómo está el sargento? ¿Se ha recuperado ya de sus heridas?
—Lleva dos semanas desde que regresó al cuartel. Gracias por atenderlo este tiempo. Está muy agradecido.
—Que las gracias sean para Dios —respondió el anciano haciendo la señal de la veneración.
—Dice que ahora se siente con la responsabilidad de un día venir a rendir culto.
El padre sacudió la cabeza:
—Dile que no se sienta comprometido. Esa no es la razón por la que busqué su bienestar.
—Lo sé. Y también lo sabe él.
—Algún día, cuando esté listo, lo recibiremos aquí, y su ofrenda.
—Tendrá que traer la ofrenda más grande que un adorador haya traído, porque lleva años sin entrar en un templo.
El padre sonrió:
—Sabes que así no funciona, hijo mío. Una sencilla ofrenda vegetal sería más que suficiente. Como dijo el Segundo Profeta: «Traed vuestro corazón, y no vuestras ofrendas, primero al altar. Eluvá ve el corazón».
Arjen Dabidji asintió.
—¿Y tú? ¿Tus heridas? —preguntó el padre.
—Mejor. —El capitán se llevó la mano a la costilla izquierda, donde había entrado el filo de la espada de ese condenado hechicero Farrajat de Ayul. Las conversaciones con el padre Darió sobre Farrajat «el adivino» habían sido muchas y largas.
El padre escuchó con mucha atención todo lo que le dijo el capitán, haciendo preguntas y pidiendo que le repitiera algunas porciones de lo sucedido o que ahondara en algunos asuntos.
Y es que la magia escaseaba en aquellos días, al punto que Arjen siempre había creído que eran leyendas del pasado, la «Era de la Magia», como lo llamaban los cronistas. Ahora, sin embargo, se daba cuenta de que la realidad no era exactamente como él pensaba.
Aunque algunas veces, algunas noches, se preguntaba si su mente lo había engañado. Quizás no fue hechicería, sino algún tipo de truco barato.
Pero… la manera en que Farrajat hizo que se apagaran las antorchas, o los ojos que se volvían blancos por apenas un momento…, eso no provenía de su imaginación, ¿o sí?
Cuando Arjen le preguntó al respecto a Zark, el sargento le respondió que simplemente no recordaba haber visto que los ojos de Farrajat destellaran de blanco.
Sin embargo —puntualizó el sargento—, recordaba poco de lo sucedido, pues el golpe en la cabeza, además de dejarlo aturdido, borró algunos recuerdos en su memoria.
El cuerpo de Farrajat de Ayul había sido removido por la guardia del conde (los que quedaron vivos) y, de acuerdo con el conde de Valda, su cuerpo fue incinerado.
—Gracias a Dios que te preservó la vida.
—Así es, padre. A veces me pregunto cómo es que sigo con vida. He visto tanta guerra, tanta sangre, tanta muerte...
—Un cambio de vida siempre es opción —dijo el sacerdote cuidadosamente.
El capitán esbozó una sonrisa cansada:
—No sé hacer nada más, padre. —La misma respuesta de siempre.
El padre Darió se pasó la lengua por los labios:
—¿Una vida de devoción?
—¿Yo, un monje?
—¿Y por qué no? La contemplación es una vocación sublime. Imagínalo: pasar el resto de tus días en quietud. Conozco muy bien al abad Jarján, y su monasterio tiene una biblioteca impresionante.
Pasar el resto de mi vida leyendo. No suena tan mal.
—Tengo las manos muy manchadas de escarlata, padre.
—«La bondad de nuestro Dios alcanza hasta las nubes». —Dicho eso, el anciano se puso de pie. Agregó—: Me retiro. ¿Podrás cerrar la puerta cuando salgas? —dijo apuntando con la vista a la puerta de entrada al templo, que permanecía abierta después de la salida de los fieles.
A lo lejos se escuchó un trueno.
—Lo haré, padre.
—La lluvia viene.
—No tardaré mucho.
El sacerdote se retiró por una puerta lateral, a la derecha del altar, para ir a sus aposentos, una pequeña casa de adobe a un tiro de piedra.
Arjen se quedó allí, sentado, con los brazos apoyados sobre el respaldo de la banca de enfrente.
Comenzó a llover, y sonó otro trueno, todavía lejano.
La tormenta se avecina, pensó.
El cuartel de la séptima zona de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey estaba como a poco más media hora de distancia a pie. No tenía mucha prisa por llegar, pues la hora de la cena había ya pasado. Así que tendría que buscar primero alguna taberna para no dormir con el estómago vacío.
Sentía flojera y cansancio. Últimamente se sentía así. No habían logrado avanzar la investigación del asesino del tulipán. Las últimas semanas pasaron resolviendo situaciones pequeñas, excepto por una muerte que, al final, resultó ser un accidente.
Había un elemento que lo desconcertaba. Puesto que no vio el cadáver de la segunda víctima, fue al mortuorio donde tendrían a la mujer, y sin embargo, su cuerpo había sido reclamado por alguna persona poderosa, pues no dejó rastro. Se llevaron el cuerpo habiendo sobornado al custodio.
El detalle que quería el capitán corroborar era si algo en el cuerpo de la mujer daba evidencia de su alcurnia: ¿una mujer de campo, o una mujer de palacio? ¿Plebeya o noble?
Al no poder corroborarlo con sus propios ojos, preguntó a los soldados que encontraron a la mujer muerta, pero eran inexpertos y no lo habían notado. Por lo tanto, dicho detalle estaba ahora perdido.
Se puso en alerta cuando escuchó a una persona entrar al vestíbulo del templo, para luego sentarse en la banca pegada a la pared de atrás.
El capitán miró por encima del hombro y alcanzó a distinguir apenas una silueta en la oscuridad, pues el candelabro sobre el altar no daba suficiente luz.
El visitante traía puesto un capote sobre su túnica y había dejado un caminito de agua debido a la lluvia.
—Ya es muy noche para venir a rezar, ¿eh, amigo? —dijo Arjen.
El hombre respondió:
—Según me han dicho, Eluvá recibe a los penitentes a toda hora.
El capitán pensó que reconocía la voz, pero no estaba del todo seguro, pues el hombre hablaba con una ronquera como de uno afectado por un resfriado.
—Eluvá sí —dijo el capitán—, pero los templos normalmente cierran por las noches. Y este está a punto de cerrar.
—¿Es así?
—Es así.
Arjen había dejado su espada en el vestíbulo, pues estaba prohibido entrar armado en suelo sagrado. Sin embargo, llevaba una daga escondida en la bota.
Porque uno nunca sabe.
No logró ver si el visitante andaba con acero en la cintura o no.
—¿Se permite fumar dentro de un templo? —preguntó la sombra—. Tengo años de no venir.
—No se permite.
—¿Me perdonará Dios si lo hago?
—¿Por qué no le preguntas mañana al sacerdote?
—Creo que eso haré. Pero en lugar de preguntarle mañana, tan solo le pediré perdón.
El hombre encendió un cerillo, y Arjen pudo verle el rostro: la barba roja bien recortada, el mechón de cabello del mismo color que le descendía por la frente y, si no fuera por la distancia, habría distinguido también los ojos verde esmeralda.
Era Ogirán de Kande, lugarteniente del fallecido don Nadalo y asesino de uno de sus hombres.