No hay paz
DÍAS DESPUÉS…
La silla mecedora de madera crujía suavemente bajo su peso.
Metió la mano en el bolsillo de su túnica y sacó la bolsita de cuero en donde guardaba el tabaco. Era un buen tabaco, importado en el puerto de Augur, en la provincia de Nurani. Se lo había regalado el padre Darió recientemente.
Metió dos dedos y pellizcó la hierba, llevándola al hornillo de su pipa. Prensó suavemente con el índice y repitió el ritual una segunda y una tercera vez. Sopló en la boquilla para asegurarse de que el aire pasaba sin esfuerzo. Guardó el tabaco y sacó la cajita de cerillos.
Con un movimiento bien practicado de la muñeca, el sargento segundo Zark Sedare encendió el cerillo.
Hizo una mueca por la punzada de dolor que sintió en el hombro, debido a la herida.
A una de las heridas.
Gracias a la providencia de Eluvá, todas parecían estar sanando bien, incluso la del pecho, que por poco le había quitado el ánima.
Llevó el cerillo al hornillo de la pipa, la cual sujetaba con los labios y dientes por la boquilla. Resguardando la llama con los dedos de la mano izquierda, chupó rítmicamente, encendiendo el tabaco. El aroma le llenó la nariz y, casi de manera literal, le despertó el alma.
Apenas amanecía. La cabaña estaba construida en las faldas de un cerro, por lo que a través de los árboles podía ver el sol naciente.
Llevaba cinco días desde que le habían permitido salir de la enfermería del cuartel de los sabuesos, donde pasó treinta y cinco días sanando sus heridas.
Treinta y cinco largos, muy largos días.
Pensé que me volvería loco , se dijo el sargento lanzando una bocanada de aire.
Lo peor había sido la herida en el pecho que le había hecho el adivino.
No solo el maestre cirujano la cerró, sino que sus ayudantes se cercioraron de que no se infectara, lavando la herida con frecuencia, aplicando ungüentos y cambiando vendas.
De puro milagro no murió en la cirugía. Salió de ella inconsciente por cuatro días, y una semana más que no recordaba en lo absoluto.
Después estaba la otra herida, en su hombro derecho.
El adivino le había metido el filo de la espada por allí, aunque la punta se trabó con el hueso.
Primero perdió la habilidad de mover el brazo, pues la lesión se hinchó horriblemente.
Pero de nuevo, el cirujano y sus enfermeros lo atendieron con diligencia y, aunque todavía sentía un dolor sordo allí, ya podía mover el brazo sin mucha dificultad.
Pensaba que, con práctica y tenacidad, lograría blandir la daga como antes, o por lo menos esa era su meta.
La tercera herida había sido en la cara, pues Farrajat, antes de dejarlo por muerto, lo pateó en el semblante. Le rompió la nariz y le dejó el ojo izquierdo muy hinchado. Pero la nariz sanó y el ojo también, gracias a Dios y sus Profetas.
Sin embargo, para que la recuperación fuera total, el comandante Acklen le ordenó dos semanas más de reposo absoluto.
Por lo tanto, el sargento Zark se retiró a esa cabaña, que había pertenecido primero a su tatarabuelo. Estaba hacia el sureste del cuartel, a las faldas del Cerro del León, como a media legua de la muralla exterior.
Le gustaba ir allí de vez en cuando, sobre todo porque era un lugar apartado. En esa parte el bosque era espeso y no se habían construido todavía muchas casas. Con el crecimiento de la ciudad, no le sorprendería que en unos años tuviera vecinos, cosa que francamente le causaba algo de angustia.
Pero hoy, por lo menos, podía estar allí fumando, pensando en nada y comiendo un poco.
El padre Darió y un acólito venían cada tres días con pan, queso, carne seca, verduras para sopa, nueces, y traían un par de odres de vino aguado.
El capitán Arjen lo había estado visitando, sin excepción, cada seis días, ya fuera temprano en la mañana o ya entrada la noche.
Escuchó un silbido a lo lejos.
Era la señal que el capitán daba para alertarle que se acercaba.
No pudo evitar sonreír.
Lo vio aparecer en la angosta vereda entre nogales, pinos y encinos retorcidos.
El capitán levantó la mano en señal de saludo:
—Que Eluvá esté contigo.
—Y contigo, capitán.
Llegó hasta el porche de la cabaña y apoyó la mano izquierda sobre uno de los postes que sostenían el alero. La otra mano la reposó en la cintura.
—Es una buena caminata —dijo el capitán, la frente llena de gotitas de sudor.
—Buena para el cuerpo, buena para el alma.
—Así es, sargento —respondió sonriendo—. Te ves mejor.
—¿Usted cree?
—Sí. Mejor color de piel. ¿Estás comiendo bien?
—El padre Darió me mantiene bien alimentado. Ese hombre es un enviado de Dios, literalmente.
—Eluvá lo bendiga.
—Así sea.
En el porche había una segunda mecedora, en la que el capitán tomó asiento, aunque con un gruñido pues él, también, estaba en el proceso de sanar sus diversas heridas que, aunque no tan terribles como las de Zark, eran significativas también.
Ese maldito adivino nos dejó bien tronados a los dos, pensó el sargento. Sacó la bolsita con tabaco.
—Hace tres días que el padre me trajo esta. Tiene que fumarla, mi capitán.
—No se diga más —respondió Arjen sacando su pipa. Pronto echaba también bocanadas de humo.
—¿Qué noticias? —preguntó Zark.
—No mucho. Ha sido un mes sorprendentemente tranquilo. La semana pasada capturamos a un par de secuestradores, eso fue bueno. Eran tres, dos están en el calabozo, al tercero lo matamos cuando intentaba huir.
—Bien. Siempre es bueno deshacerse de esos depravados.
—También me reuní de nuevo con el comandante de la doceava.
—¿Sí? —Zark levantó las cejas. Se trataba del asesino del tulipán. No habían avanzado mucho en el caso, excepto lo que el sargento había investigado: un hombre de estatura media, robusto, cabello posiblemente oscuro, edad de unos cuarenta años—. ¿Ha ocurrido algo nuevo? ¿Un nuevo crimen?
—No. Gracias a Dios, no. Por lo menos, no que sepamos.
Y ese es el problema. Que la comunicación entre los cuarteles no es la mejor.
Si verdaderamente estamos ante un asesino recurrente, podría estar matando a sus víctimas a lo largo de la ciudad sin que nosotros nos enteremos.
Le pedí a algunos soldados que hicieran de nuevo un recorrido por el último lugar del crimen, preguntando aquí y allá, pero nada.
Casi parece que estamos ante un fantasma.
—Ya cometerá un error. Entonces lo encontraremos.
El capitán asintió:
—Eso espero, sargento.
Después de un largo silencio, en el cual los dos se quedaron allí, sin hablar, disfrutando del tabaco, agregó el capitán:
—Por cierto, estuve investigando un poco sobre nuestro «gran amigo», el señor conde. Encontré cosas que me dejaron sorprendido e intrigado.
—¿A qué se refiere?
—Al parecer Farrajat no mentía del todo.
—Vaya. ¿Sí?
El capitán lanzó una risita incrédula y negó con la cabeza:
—Muchas de las cosas que he logrado investigar son rumores, aunque algunas vienen de fuentes bastante confiables. Al parecer sí, el conde estuvo involucrado en un complot de traición.
—¡Por los Profetas!
—Pero el rey lo descubrió y usó eso como palanca para tenerlo como su… siervo.
—Chantaje real.
—Exactamente.
—No me sorprende que nuestro conde haya preferido servir al rey en todo, en lugar de la horca pública. ¿Eh?
—Ya sabes cómo son los nobles de nuestra ciudad. Personas de grandes convicciones —ironizó.
—¿Y los otros? El platero y el escribano.
—Lo que tú me dijiste —respondió el capitán, pues el sargento ya lo había puesto al tanto de la conversación que tuvo con el adivino en la cocina, antes de la pelea que por poco lo deja muerto—.
Lo que yo no sabía es que los dos, tanto el platero como el escribano, estaban relacionados con el conde por sangre.
Primos lejanos. El platero y el escribano no habían hecho una fortuna solos, sino trabajando para da Valda.
Todo tipo de negocios. Algunos turbios. Muy turbios, ya te imaginarás.
—Para haber solicitado los servicios del adivino, sí.
—Lo que no pude esclarecer es cómo conocieron a Farrajat. Ese es un misterio que sigue sin resolverse.
—Quizás nunca sepamos.
—Probablemente. El conde, por supuesto, mantiene todo esto como un gran secreto. Sabe bien que si se llega a saber de manera pública, no solamente él, sino toda su familia estaría en riesgo. Para evitar un escándalo el rey podría decidir desterrarlos.
—Si bien les va.
—Exactamente. Podría enviarlos al calabozo o, incluso, a la horca.
—Entonces el adivino sí era el chivo expiatorio.
—Eso parece. Prometió vengarse de ellos, y en la sala de justicia, antes de que se lo llevaran al calabozo, proclamó en voz alta que no solamente ejecutaría a sus enemigos, sino que además ellos sabrían que venía a por ellos.
—Cosa que cumplió a medias. Al platero no le dio ninguna advertencia.
—No que sepamos.
—No que sepamos, es verdad.
—Como podrás imaginar, el conde me dio la diestra. Muy agradecido por nuestro servicio. Pero si me preguntas a mí, sargento, pienso que debemos cuidarnos las espaldas.
—Sí, concuerdo, capitán. Al conde no le debe de gustar que tengamos tanta información sobre él y sobre su pasado.
—No le debe de gustar para nada. Y conociéndolo, no dudo que tenga a dos o tres que puedan esperarnos en la esquina oscura de un callejón con daga en mano. Pero ya lidiaremos con eso, si se presenta la ocasión. Por ahora, disfrutemos de estos días de relativa paz.
Zark encendió otro cerillo para reanimar el fuego en el hornillo y, lanzando un aro de humo, agregó:
—¿Cuánto cree que dure eso, mi capitán?
—¿Qué cosa?
—Los días de paz.
—Pocos, mi querido sargento. «No hay paz para los justos», ¿eh, sargento?
El sargento Zark sonrió.
—Ni para los justos, ni para los impíos —respondió.