Horrible tajada
ARJEN DIO UN paso atrás y esquivó el tajo vertical. Agachó la cabeza, la espada enemiga rozándole el cabello.
Es rápido, maldito hechicero del infierno.
Farrajat lanzó blasfemias, furioso, con la cara manchada de sangre y respirando con dificultad por la nariz rota.
—Mataré dos sabuesos el mismo día —dijo el adivino enseñando los dientes como un animal enfurecido.
El capitán sintió una tormenta de ira surgiendo de nuevo en su interior:
—Te juro por el Viviente-que-me-ve que hoy daré tu carne a las aves del cielo.
Arjen atacó. Un corte rápido de abajo hacia arriba, finta, y un tajo en diagonal descendente. Farrajat lo desvió, pero la espada le rasgó la manga del brazo izquierdo, haciéndole una cortada.
Arjen acometió de nuevo. Dos tajos seguidos, rítmicos, seguido por una cuchillada rápida al frente.
El hechicero retrocedió.
—¿Eso es todo? —dijo Farrajat, la voz ronca—. ¿No dicen que los sabuesos son los mejores espadachines del reino? ¡Eres una vergüenza, perro del rey!
El capitán no respondió. Sabía que su enemigo usaría la hechicería en su contra, que esperaba el momento correcto para adivinar su movimiento próximo.
Cualquier descuido me costará la vida.
Aun así, no podía simplemente quedarse allí, sin hacer nada.
Cierto, podía optar por usar una estrategia defensiva y esperar el ataque de su oponente.
Pero la ira no solamente ardía en su interior, sino que además le proporcionaba un nuevo impulso, la energía interna que necesitaba para combatir contra el asesino que tenía enfrente.
No sabía qué tanto le duraría esa energía.
Con cuidado, Arjen, la ira te matará si no la controlas .
Embistió de nuevo al adivino con una estocada baja seguida de un corte lateral, esperando el destello.
Y apareció.
Los ojos del adivino brillaron blancos por un instante.
Maldición .
Farrajat esquivó el mandoble y contraatacó, buscando el cuello. Arjen apenas logró desviar la estocada. La fuerza del golpe le abrió más la herida de la costilla y le arrancó un gemido.
Retrocedió, apretando los dientes.
No puedo ganar así. La ventaja es demasiado grande.
Arremetió con una finta, luego un corte lateral.
Farrajat, sin el destello en los ojos, trastabilló, y Arjen aprovechó para lanzarse contra él con fuerza, un ataque implacable, uno, dos, tres golpes, cuchillada, atacar de nuevo.
Las chispas saltaban por los aceros que entrechocaban entre sí; de los dos espadachines salían gritos de combate y esfuerzo.
El capitán sintió que se debilitaba el agarre que el hechicero tenía sobre la empuñadura. En cualquier momento su espada saldría volando y podría atravesarlo.
Pero Farrajat lo sabía, también, así que sus ojos destellaron.
Inmediatamente el capitán dio tres saltos hacia atrás para guardarse de cualquier contrataque.
El adivino maldijo. Luego tosió y se llevó la mano al pecho. Jadeaba, y el sudor le bajaba por toda la cara. Parecía haber envejecido unos cinco años más, las arrugas de la piel acentuadas.
La magia lo consumía, y Arjen lo notó.
—Prepárate para encontrarte con el Gran Creador —le dijo el capitán.
Un intercambio rápido de golpes. Espadas chocando, centellas volando. El capitán sentía el cansancio regresar a sus brazos. El dolor en la boca y la sien amenazaban con marearlo.
Repentinamente, Farrajat dio tres saltos hacia atrás, se dio la vuelta y corrió.
—¡No huyas, cob…! —dijo Arjen, pensando que el otro ponía pies en polvorosa.
Pero no.
El hechicero se dio la vuelta, envainó la espada, puso ambas manos en los costados y cerró los ojos.
Siete Profetas.
El error del capitán fue quedarse paralizado, sin saber exactamente qué hacer. ¿Atacar o huir? Saltó a la izquierda, cerca de la pared, justo en el momento en que Farrajat musitaba el hechizo y proyectaba al frente los brazos.
Una nube de polvo se levantó y avanzó velozmente en dirección del capitán.
Se plantó con firmeza, apretando los dientes y cerrando los ojos, sabiendo que el impacto era inevitable.
Los oídos le tronaron y una ola invisible de aire lo golpeó con tremenda fuerza.
Salió expulsado hacia atrás, perdiendo la espada.
Piedad, Eluvá.
Cayó de espaldas y dio una maroma hacia atrás, como si estuviera cayendo por una colina.
— Ugggghhhhh .
Dolor. Dolor en todo su cuerpo.
Abrió los ojos. Tenía los oídos tapados. Se puso de rodillas y miró a su alrededor. Aunque le ardía el cuerpo, tenía un fuerte dolor en el cuello y también en la rodilla derecha, buscó la espada porque sabía que sin ella era hombre muerto.
Por fortuna, el hechicero apenas caminaba hacia él, y lo hacía tambaleante, recuperando fuerzas.
¿Dónde está mi espada?
—He visto tu destino, sabueso. Termina con mi daga enterrada en tu espalda, la punta saliendo por el vientre. No puedes huir a tu destino.
No aquí , pensó Arjen. Miró hacia atrás y vio su espada, cerca de las escaleras que descendían. Se puso de pie y, cojeando un poco, avanzó en dirección de su arma, mientras el hechicero le gritaba injurias.
Arjen la tomó y bajó las escaleras al segundo piso. Atravesó el corredor completo, ignorando el dolor, con miedo de tropezarse en la oscuridad, hasta llegar a las escaleras opuestas. Miró atrás. Le aventajaba unos veinte pasos de distancia, pero Farrajat se acercaba.
Cruzó un umbral y llegó al comedor, mal iluminado por una solitaria antorcha que estaba por apagarse. El lugar olía a vino, a carne, a frutas.
Y a muerte.
El aire estaba impregnado de ese olor metálico y denso de las heridas abiertas.
El comedor, con aquella mesa grande en medio ya recogida por los siervos, era un salón grande. De la cocina, cuya puerta estaba entreabierta, salía un ligero olor al pan preparado aquella noche.
El capitán se plantó a mitad del comedor, con la mesa a la izquierda y la puerta de la cocina a unos cinco pasos delante de él, a la derecha.
Farrajat entró.
—¿Seguirás huyendo? —le dijo.
Arjen negó con la cabeza:
—Acabemos con esto, hechicero.
—Elegiste el bando equivocado, perro. El conde es un traidor.
—En eso insistes.
—¿No me crees?
—Mi labor no es creerte. No me importa un cobrín si eres inocente o culpable.
—¿No te importa la justicia, entonces? ¿No eres un soldado de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey?
—Sí. Y por eso no puedo dejar que asesines a un conde. Los tribunales existen.
—No para personas como yo.
En eso el hechicero tenía razón. De cierta manera el capitán lo entendía. Entendía lo que significaba vivir en un reino en donde muchas veces la justicia era solamente un espejismo, un embrujo para mantener a los ciudadanos tranquilos.
Al final, muchas veces, la justicia la ejercía el más fuerte. Esa maldita ley, la de la supervivencia del fuerte.
Y allí estaba él, un sabueso del rey, un representante de la justicia… ¿del lado equivocado?
Quizás.
O quizás no.
—Si te entregas —le dijo el capitán—, puedo asegurarme de que te escuche un juez, un hombre valiente que conozco, uno que no tiene miedo de los poderosos. Ni siquiera de un conde.
—Esto va más allá. Esto va hasta arriba. ¿No le tienes miedo al rey mismo?
—¿Al rey mismo? ¿Qué significa eso?
El hechicero escupió.
—El rey lo sabe —dijo Farrajat—. Sabe que el conde lo traicionó, que estaba involucrado en el complot para matarlo. Fue el rey quien aprobó que yo fuera el chivo expiatorio.
Podría ser cierto.
—¿A cambio de qué?
—A cambio de la lealtad absoluta, completa y ciega del conde de Valda. El rey podrá ser joven, pero es más astuto que tú y yo. Mantiene a algunos de sus enemigos muy cerca, con correa corta. ¿Puedes imaginar lo que, desde entonces, el conde ha hecho por el rey?
Si esto es verdad… cualquier cosa. Cualquier trabajo sucio, cualquier negocio turbio en este condado podría llevarse a cabo si detrás está un noble con poder e influencia como Gasco de Valda.
—No —dijo Arjen—. El rey es un hombre justo.
—Puede que lo sea. No dudo que lo sea. Pero esto es Tresden. Hay cosas que se necesitan hacer en las que la justicia es un estorbo. El rey lo sabe.
—Si dices la verdad, juro protegerte.
El adivino lo pensó, pero solo por un momento:
—No quiero protección. Quiero venganza.
—Te protegeré. Lo juro por Eluvá.
El adivino sonrió, pero era una sonrisa triste. Negó con la cabeza y dijo:
—Quizás en otra vida, sabueso.
Farrajat caminó hacia él.
Arjen giró la espada, lista. Se sentía cansado. Exhausto. Lo único que lo mantenía era el instinto animal de supervivencia. Su enemigo también se veía agotado, el semblante consumido. El capitán no sabía prácticamente nada sobre la magia, pero por lo visto cobraba caro su uso.
—¡Muere! —gritó el hechicero e hizo descender su espada. Arjen se defendió y los aceros se trabaron en la guarda.
El capitán contempló el semblante del adivino, a tres palmos de distancia: la nariz chueca, la sangre seca en la barba, los dientes amarillos, los ojos rojos y saltones, la saliva descendiendo por las comisuras de los labios…
Farrajat soltó una boqueada súbita, y su rostro se tornó a uno de sorpresa.
Bajó la mirada. Arjen hizo lo mismo.
La punta filosa de un cuchillo había brotado entre las costillas del adivino. La hoja carmesí desapareció y reapareció, esta vez saliendo del vientre.
Los hombros de Farrajat se cayeron, como el de uno que se da por vencido, y soltó la espada, que rebotó en el piso haciendo ca-clanc.
—Parece que viste el final… pero no el mío —dijo el capitán.
—Maldito seas —musitó. Los ojos se le cruzaron levemente, y se desplomó.
Detrás de él —con daga en mano, la cara ensangrentada y el pecho abierto por una horrible tajada—, estaba el sargento Zark.