Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Muertes
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Muertes

AbrIÓ LOS OJOS. Todo le daba vueltas.

Un dolor de cabeza horroroso.

El capitán Arjen se encontraba tirado en el suelo, sin poder moverse.

¿Estoy vivo?

—¡No te muevas! —escuchó un grito a la distancia, difuminado, como en un sueño.

¿Me dicen a mí? ¡No puedo moverme!

Pero no era a él.

—Apártense de mi camino. No quiero derramar su sangre —dijo la voz del adivino.

Arjen parpadeó varias veces, tratando de aclarar sus ojos.

Aunque seguía viendo borroso, alcanzó a contemplar la escena.

Tres personas rodeaban a Farrajat de Ayul.

Dos soldados del conde y el tercero era Valián, el canciller, que blandía una espada demasiado larga.

El adivino estaba de pie con la puerta de la recámara del conde pegada a su espalda.

Tengo que… ayudarles…

Se apoyó sobre un codo, pero el dolor le impedía incorporarse. ¿Dónde estaba su espada? La vio a dos pasos de distancia. La herida debajo de la costilla seguía sangrando. Se llevó la mano a los labios. También estaban heridos y sangraban abundantemente.

Me golpeó primero en la cabeza y, ya en el suelo, debió patearme en la boca.

—¡Mátenlo! —gritó el canciller.

Los dos soldados vacilaron. Probablemente ya habían visto los cadáveres y sabían que aquel no era un enemigo cualquiera.

Arjen logró ponerse de rodillas, pero el esfuerzo lo dejó mareado. Cerró los ojos con fuerza, temiendo desmayarse.

Escuchó los choques de las espadas, los gritos, los juramentos, un alarido de dolor, más choques metálicos, otro grito cortado en seco.

—¡Maldito seas! —decía el canciller—. ¡Que Eluvá te maldiga!

Arjen abrió los ojos. Ya veía mejor. Miró al canciller de rodillas, sin espada, una mano en el suelo para no caer, la otra en el vientre sangrante.

—No saldrás —gimió el canciller—…, no saldrás vivo de aquí.

—Tampoco tú —le respondió el hechicero hundiéndole el acero en la garganta.

Valián abrió la boca, los ojos se le desorbitaron y se desplomó.

El capitán bajó la vista. Su túnica estaba manchada de rojo con la sangre que le goteaba del mentón. Miró su espada, tan cerca, tan lejos. Levantó la vista. El adivino limpiaba su arma en las ropas del canciller.

No me ha visto todavía. Si me ve, vendrá a rematarme.

Arjen recuperaba fuerzas. Controló su respiración. Se pasó la lengua por los dientes y, aunque sentía uno flojo, conservaba la dentadura. Era un milagro tener todos los dientes, algo inusual entre los veteranos de la guerra.

Farrajat intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada. La empujó con el hombro, sin éxito. Estaba atrancada por dentro. Dio cinco pasos atrás, envainó la espada, cerró los ojos y se concentró.

Hubo un momento de silencio extraño en ese lugar de gritos y muerte.

Con un movimiento repentino, abrió los ojos, extendió los brazos en dirección de la puerta con los dedos abiertos y conjuró:

—Subite eletama.

La puerta retumbó. Arjen sintió un golpe de aire leve.

¡Siete Profetas! Tumbará la puerta con un hechizo.

El adivino repitió el gesto. Primero ojos cerrados y brazos a los costados. Luego:

—¡Subite eletama!

La puerta tembló. Astillas salieron volando. Olía a madera quemada.

—Maldita sea —dijo Farrajat, cansado y pálido.

El capitán, a gatas, alcanzó su espada, cuidando de no hacer ruido.

El hechicero volvió a concentrarse. Respiró profundo, cerró los ojos, el semblante sereno. Soltó el aire lentamente una vez, dos veces, una tercera. Abrió los ojos, lanzó las manos hacia el frente y gritó:

—SUBITE ELETAMA.

Con un estruendo, la puerta se hizo añicos. Pedazos de madera rodaron por el suelo y giraron por el aire. Arjen sintió una onda de calor que casi lo echó de espaldas.

Farrajat gritó y se llevó las manos a la cara. Un trozo de madera le había roto la nariz. Lanzó juramentos, encorvado de dolor.

—Estoy cansado de esto —dijo, desenvainando la espada y entrando a la recámara del conde.

El capitán de los sabuesos por fin logró ponerse de pie. Dio un paso, luego dos. Sintió vértigo y se quedó en su lugar.

Maldita sea, se dijo.

—¡Sal de tu escondite! —gritó Farrajat dentro de la recámara—. Enfrenta tu muerte, perro del demonio.

Se oyó un grito agudo, casi femenino, que se convirtió en uno de dolor. Luego el golpe de un cuerpo al caer.

Silencio.

—¿Pero qué…? —dijo el adivino.

Después, varias blasfemias. Luego el ruido de objetos estrellándose, jarrones rotos, un armario cayendo.

Arjen no pudo evitar sonreír. Ya se dio cuenta, pensó.

La silueta del hechicero apareció en el umbral. Entonces notó al capitán.

—¿Dónde está? —preguntó Farrajat. La sangre le corría por la nariz, manchándole la boca, la barba y la túnica. Resoplaba, rojo de ira, las venas marcadas en cuello, frente y sienes—. ¿Dónde está el conde?

Avanzó hacia Arjen. El capitán, cansado, tomó la espada con ambas manos.

—Me dirás dónde está. Ese que maté era otro. El vizconde de mierda.

Era cierto. Habían decidido usar al vizconde como señuelo por su parecido con su padre. Gaian de Valda —el vizconde— había aceptado el plan, ansioso de probar su valía ante su progenitor. Nunca imaginó que le costaría la vida.

No pensé que llegaría a esto, se dijo Arjen. Se suponía que sería fácil atrapar al adivino si se atrevía a entrar al palacio. Pero las cosas salieron muy distintas.

—El conde no está aquí —respondió Arjen—. Está lejos, muy lejos.

— ¡Mentira! Estuve espiando. Ningún carruaje ha salido, ni un caballo.

El conde está aquí y te arrancaré el secreto.

Conozco este palacio, conozco las bóvedas, los pasadizos, todo.

Hace años me hice con los planos, anticipando una traición.

El problema con los nobles es que siempre creen que sus súbditos son estúpidos.

—Suelta la espada. El conde no está aquí. Suelta la espada y te perdonaré la vida.

Farrajat de Ayul se carcajeó.

—Está aquí, capitán. Nadie ha salido.

—¿Nadie?

—Nadie, he dicho.

—¿Estás seguro, hechicero?

—Sí. Ninguno salió… excepto el mensajero… —los ojos se le abrieron—. No…, no puede ser…

—Salió uno vestido como mensajero.

La respiración del adivino se hizo pesada.

La idea de que el conde escapara vestido de mensajero había sido arriesgada, pero el capitán mismo se la había sugerido a Gasco de Valda.

Como sabían que el jefe de la guardia no aceptaría, lo hicieron sin consultarlo.

Solo lo sabían el capitán, el sargento Zark, el canciller y el vizconde.

Es verdad que el conde era un hombre obeso, pero era una noche particularmente oscura, y eso jugaría a favor de ellos.

El canciller había creído que era una pésima idea. El conde, en cambio, la aprobó, diciendo: «Es tan arriesgada que podría funcionar». La instrucción que le dio Arjen al conde fue dirigirse al cuartel de los sabuesos y pedir resguardo allí.

Así que el canciller acompañó al conde vestido de mensajero hasta la puerta de la muralla que resguardaba el palacio, ordenó en alta voz que abrieran paso al mensajero, y este escapó sin mucho problema.

Si Eluvá nos es propicio, el conde está a salvo, pensó Arjen.

—¡Eres un maldito perro! —gritó Farrajat—. ¡Defiendes al hombre equivocado! El conde es un traidor, un completo traidor, merece la muerte.

—Estás bajo arresto, en nombre del rey. Suelta el arma.

—Lo buscaré y lo encontraré, sabueso.

—Tendrás que pasar sobre mi cuerpo muerto.

—Créeme: eso será fácil de hacer.

El adivino levantó la espada.