Combate
ARJEN PERCIBIÓ A su contrincante acercándose, cobijado por las sombras.
De las cinco antorchas que habían iluminado el pasillo, tres habían sido apagadas por el hechicero, incluida la del capitán mismo.
Sin embargo, a sus espaldas, a unos veinte pasos, una permanecía colgada y encendida, y otra más ardía en el extremo opuesto, de modo que no estaban en completa oscuridad.
—Juntos —le dijo Arjen a Baián, pues por un instante temió que el jefe de la guardia saliera huyendo y lo dejara solo. Pero no, se plantó firme y esperó el ataque.
Farrajat de Ayul hizo una finta y fue primero contra Baián, quien se defendió de dos espadazos firmes, en forma de equis. Arjen intentó flanquear para atacar por el costado, pero el Adivino, honrando su apodo, se deslizó por el suelo alejándose de él.
Baián Dalade lanzó un juramento junto con una estocada al torso, pero Farrajat esquivó con facilidad y arremetió contra el pecho del soldado. Con la mano izquierda, enguantada, Baián alcanzó a desviar la punta, que se trabó en su hombro sin cortarle gracias al peto que llevaba bajo la túnica.
Arjen supo que ese era el momento perfecto y lanzó un tajo al cuello. Con destreza asombrosa, el Adivino agachó la cabeza y por poco Arjen le corta la nariz a Baián.
Farrajat destrabó su acero y adoptó posición de defensa mientras el jefe de la guardia gritaba:
—¡Casi me tajas a mí, pedazo de…!
No terminó la injuria. El hechicero ya contraatacaba, posicionándose de manera que el jefe de la guardia quedaba en medio, estorbando al capitán sabueso.
Arjen, mirando por encima del hombro de Baián, vio un destello en los ojos del Adivino. Fue tan fugaz que pensó haberlo imaginado, un simple truco de luz. Un destello blanco, como si los iris hubieran desaparecido.
Baián atacó con fuerza, cerrando distancia para neutralizar la espada de su enemigo, pero fue como si el otro adivinara el movimiento: dio un salto lateral, esquivó el ataque y lanzó su espada al frente, atravesándole el pecho.
Arjen hizo una nota mental: Destellaron los ojos, adivinó el movimiento.
Baián lanzó un alarido. Con el mano enguantada tomó la hoja que tenía clavada y con valentía intentó dar un tajo al cuello de Farrajat. Pero éste fue más rápido: desenvainó una daga y se la hundió en la garganta, la punta saliendo por el otro lado.
El jefe de la guardia se desplomó, un gorgoteo espeso saliendo de su garganta, ahogándose en su propia sangre.
Arjen lanzó una estocada por el flanco y, aunque el adivino saltó para evitar la espada, alcanzó a cortarle por debajo del hombro izquierdo. Farrajat gruñó, furioso, e inspeccionó rápidamente la herida con la vista. Aunque sangraba, era superficial.
Podrá ser hechicero, pero sangra como humano, pensó Arjen.
El capitán sabueso acometió de nuevo contra su enemigo, primero con un ataque en diagonal buscando el mismo hombro.
La estocada fue desviada, así que encadenó tres cortes laterales rápidos.
El hechicero retrocedió, desviando. Arjen, sin embargo, percibió un atisbo de preocupación en el rostro curtido del adivino.
Era el semblante de alguien que se da cuenta de que está frente a un contrincante diestro.
Arjen hizo una finta y, justo al arremeter, vio el destello blanco en los ojos de Farrajat. El hechicero adivinó su ataque, saltó a la derecha y contraatacó.
El filo entró por debajo de su costilla izquierda.
— ¡Ahhhrrggg! —gritó Arjen, desviando un segundo golpe, luego un tercero. Adoptó posición de defensa, al igual que el otro.
El capitán se palpó la herida. Sintió la sangre cálida brotar, pero el corte no era muy profundo.
Con un movimiento entrenado arremolinó su capa sobre la mano izquierda, enroscando la tela gruesa y formando un escudo improvisado. Un tajo mal dirigido podía trabarse en los pliegues y darle el tiempo suficiente para contraatacar.
—Este lugar está lleno de soldados —dijo el capitán—. Eres hombre muerto.
—¿Eso crees? Ya habrían llegado, ¿no? El conde, pese a sus riquezas, siempre ha sido un tacaño sin escrúpulos. ¿A quién tiene a su servicio? Soldados de tercera, sin entrenamiento, lentos y torpes. Ha sido fácil deshacerme de ellos.
No es posible , pensó el capitán. Eran veinte.
Por supuesto, algunos quizás seguían en sus puestos, adormilados en otra parte del palacio, sin saber lo que sucedía en el tercer piso.
—Solo vine por el conde. No me interesa matarte. Ya he derramado suficiente sangre hoy. No soy tu enemigo, sabueso. El conde merece morir por lo que me hizo.
—Que lo decida un juez.
El adivino resopló, incrédulo:
—Fue un juez quien me mandó al calabozo. ¡Apártate de mi camino!
—En cualquier momento estarás rodeado.
—Lo mismo me dijo el otro.
—¿Dónde está, maldito del infierno? ¿Dónde está el sargento?
Farrajat sonrió, una sonrisa cansada:
—Podrás encontrarte con él en el viaje eterno.
Arjen contuvo su ira. Sabía que eso era lo que su enemigo intentaba: provocarlo para que actuara con imprudencia.
Dentro de sí sentía una tormenta creciente, un miedo que lo apretaba por el corazón, el temor de que la vida del sargento hubiera llegado a su fin y que hubiera muerto en algún rincón oscuro del palacio condal sin que él pudiera ayudarlo o, al menos, morir juntos.
El capitán se arrojó contra el enemigo. Los ojos de aquel brillaron. Arjen intentó prevenir el contraataque y logró desviar el filo, pero no pudo evitar el porrazo que Farrajat le dio en la sien con el pomo de la espada.
Arjen vio puntos luminosos, y todo se volvió negro.