Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Espectros en la oscuridad
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Espectros en la oscuridad

EL CAPITÁN ARJEN elevó una oración a Eluvá. Esperaba que, si Su voluntad era propicia, pudieran capturar a ese maldito asesino esa misma noche sin mayor problema.

Estaba apostado frente a la puerta del dormitorio del conde. A Baián Delade se le había encomendado supervisar la guardia de ese piso. Por fortuna, la condesa estaba de viaje visitando a sus primas en la frontera entre la región de Ayatán y Nurani, y no regresaría hasta dentro de un par de meses.

Así que solo tenían que asegurarse de que el conde y el vizconde estuvieran a salvo.

En ese piso había un total de cinco soldados, contando al jefe de la guardia. Dos estaban de pie en un extremo del pasillo, dos en el otro. Baián hacía las rondas.

El jefe de la guardia caminó hacia Arjen.

—No sé cómo lo convenciste —dijo Baián en voz baja.

—¿De qué hablas?

—De quedarte aquí. Tú y el otro perro del rey.

El capitán se encogió de hombros:

—Fue decisión del conde. Es tu amo, ¿no? ¿Por qué no le preguntas?

—Le preguntaré, puedes estar seguro de eso.

—Tendrá sus razones, Baián. Sugiero que, al menos esta noche, nos concentremos en la misión y nada más. Ya habrá tiempo para conversar mañana.

—Espero que no, capitán. Por el Profeta, mañana estarán fuera de este palacio.

—Eluvá te escuche. No me interesa estar aquí, mucho menos haciendo tu trabajo.

La antorcha cercana, colgada en el pasillo, lanzaba sombras danzantes y dejó ver las mejillas enrojecidas del capitán de la guardia. Había un total de cinco antorchas iluminando el pasillo.

Baián resopló y dijo:

—Háblame, por lo menos, del enemigo.

—Eso tendrás que escucharlo del conde. Lo único que te puedo decir es que es peligroso.

—¿Pero tener a toda la guardia para un solo hombre? Tuve que despertar a mis hombres que no estaban de turno.

—Así lo pidió el conde, ¿no?

—Sí, pero ¿por qué?

—Ya te lo dije. Es peligroso.

—¿Tan peligroso será?

Arjen volvió a encogerse de hombros. Tampoco él estaba del todo convencido. Pero al final, estaban en el palacio condal y, por lo tanto, la palabra del noble era ley.

De pronto, la antorcha que iluminaba el extremo izquierdo del corredor se apagó. Así, sin más, como por arte de magia.

Arjen escuchó un grito de sorpresa seguido de un alarido ahogado que provenía de la esquina donde los dos guardias estaban apostados.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Baián en voz alta—. ¡Caraxto, Galadán, repórtense!

Silencio.

Arjen y Baián desenvainaron sus espadas. El capitán de la guardia repitió la orden, pero nadie respondió.

—Quédate aquí —le dijo a Arjen—, vigilando la puerta.

—Mejor que te acompañe.

—¿Y dejar la puerta abandonada?

Arjen apretó la quijada.

—Tienes razón.

—¡Ustedes dos! —ordenó Baián, señalando a los soldados del otro extremo—. Vengan conmigo, armas en alto.

Los dos obedecieron y, junto al capitán de la guardia, avanzaron hacia la oscuridad. Uno de los soldados tomó una antorcha colgada en la pared y con ella iluminaron el camino.

¿Dónde demonios estará Zark?, pensó Arjen, sintiendo un sudor frío en la frente. Quizás el sargento segundo estaba herido.

O muerto.

Los tres soldados caminaron firmes pero sin apresurarse hacia el extremo del pasillo. La luz de la antorcha dejó ver a los dos guardias caídos en el suelo, con heridas mortales.

Baián y sus hombres adoptaron posición de defensa, mirando hacia la escalera que Arjen no podía ver desde donde estaba.

—Alerta, muchachos. No dejemos que… —decía Baián cuando la antorcha de su compañero se apagó con la misma facilidad que una vela de mano—. ¿Qué dem…?

Un grito desgarrador, seguido del ruido metálico de un combate.

Maldiciendo, Arjen tomó la antorcha de la pared y corrió hacia el enfrentamiento. Escuchó en la oscuridad varios choques de espada.

—¡Estoy herido! —chilló alguien. La voz era tan aguda que Arjen no pudo distinguir si era Baián o uno de los soldados.

De pronto, un hombre corría hacia él. Arjen sintió la punzada de la sangre ardiéndole en la cara en preparación para el combate, pero reconoció que era Baián, que huía despavorido, los ojos desorbitados.

Por un momento, Arjen pensó que lo pasaría de largo. Pero no, el capitán de la guardia se detuvo junto a él.

—¡Es un espíritu! —gritó Baián apuntando—. ¡Es un demonio!

Al parecer, el supuesto espectro no había terminado con uno de los soldados, pues escucharon una súplica de clemencia que acabó bruscamente en un alarido ahogado y el golpe seco de un cuerpo desplomándose.

—Tranquilo, Baián —dijo Arjen, con la mirada fija en la oscuridad.

—¡No podemos pelear contra un demonio! Hay que sonar la alarma, retirarnos.

—Un espectro no puede blandir espada, Baián.

—¿Y tú cómo sabes eso? —replicó el capitán de la guardia con voz tensa—. ¿Desde cuándo eres experto en demonios?

Arjen no contestó. En voz alta, dijo:

—En el nombre del rey, muéstrate.

Al principio nada. Luego, una silueta, una sombra entre las sombras.

Después emergió un hombre, espada en mano, vestido de negro, tanto la túnica como la capa.

A Arjen le pareció más viejo de lo que esperaba.

Tenía la cara marcada por arrugas. Daba la impresión de ser un hombre delgado pero fuerte.

La espada escurría sangre y tenía la mejilla izquierda manchada también de carmesí.

—¿Farrajat de Ayul? —preguntó Arjen.

—Es uno de mis nombres.

—Tira el arma —ordenó el capitán de los sabuesos.

—¡Tírala ya! —rugió Baián que, al ver que no era un espectro sino un hombre, recobró algo de coraje.

—No me interesan sus cabezas, sino la del conde —dijo el extraño—. Apártense y vivirán. Esta es mi noche, la de las tinieblas, la de la luna nueva.

—Qué tires el arma, maldito de Doriatán —espetó Arjen entre dientes.

Farrajat respondió:

—Es tu última oportunidad, sabueso. O acabarás como el otro.

El corazón de Arjen se estremeció.

Zark…

El fuego de la ira le recorrió el cuerpo y se preparó para el ataque.

Entonces, el hombre de negro murmuró:

— Darje et elata.

De inmediato, la antorcha de Arjen se apagó.

Un escalofrío lo recorrió entero. La piel se le erizó, un sudor helado le brotó por los poros. Era la primera vez en su vida que veía con certeza la obra de un hechicero.

El conde había dicho que el Adivino era capaz de ver el futuro, pero nunca mencionó otros poderes.

Así que los hechiceros sí existen, pensó Arjen, preguntándose si ese sería uno de sus últimos pensamientos en la tierra.

Tiró la antorcha y tomó la espada con ambas manos.