Los sabuesos del rey: Libros 1-5 El Adivino
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El Adivino

EL SARGENTO ZARK llegó al final del pasillo y bajó por las escaleras laterales de piedra hacia el segundo piso. Allí se encontraba la sala de audiencias, un refectorio pequeño, la capilla y la biblioteca. Todos eran salones amplios y algunas puertas tenían guardias apostados frente a ellas.

Zark optó por entrar en cada uno. Encendió una lámpara de mano y revisó para asegurarse de que estuvieran vacíos.

La que más le impresionó fue la biblioteca. Había visto otras más grandes, pero esta seguía siendo de buen tamaño y con los lujos que se esperarían en el palacio del conde.

Al capitán le encantaría este lugar, pensó. No solo estar aquí…, probablemente querría quedarse.

Zark no comprendía del todo el gusto —o la obsesión— que el capitán sentía por los libros.

No es que la lectura estuviera reñida con las armas.

Era bien sabido que algunos de los generales más famosos del reino también habían sido hombres de letras.

El general Racada, célebre militar del siglo pasado, había escrito aquel título pretencioso…

, ¿cómo se llamaba?, algo así como Sobre la guerra y el arte.

El sargento no era un hombre de letras sino de armas. Armas, comida, aguardiente, mujeres. No era un mujeriego, pero disfrutaba de su compañía como cualquier otro. Sus responsabilidades como sabueso del rey lo mantenían en general alejado del sexo femenino.

No estaba casado ni lo había considerado nunca parte de sus planes. ¿Para qué casarse? ¿Para qué engendrar un hijo, o varios, y vivir con el miedo constante de dejar viuda a su mujer? No. Había visto demasiadas que pasaron por eso, algunas esposas de compañeros suyos del ejército.

Nunca olvidaría cuando su amigo Maladán, diez años atrás, murió en sus brazos con la sangre borbotando de una herida en el costado, rogándole que cuidara de sus hijos.

Zark sintió una punzada de remordimiento. ¿Cuidar de ellos? ¿Cómo, si vivían en un pueblo remoto de Erkande? Lo único que pudo hacer fue viajar hasta allí y dejar a la viuda todo el dinero que llevaba encima. No era mucho, pero estaba seguro de que esos reales les darían de comer un par de meses.

Sacudiendo la cabeza para apartar los recuerdos, salió de la biblioteca, recorrió el pasillo y descendió hasta un zaguán más pequeño —no el principal— que conectaba por un lado con el comedor y por el otro con el corredor hacia la sala de armas.

Se asomó al comedor. Estaba completamente vacío y no vio guardias.

Quizá estén haciendo rondas, se dijo.

Caminó por un lateral de la mesa hasta llegar a la entrada de la cocina y la bodega. La puerta de la cocina, de madera gruesa, estaba abierta.

—¿Hay alguien aquí? —preguntó.

El lugar estaba en completa oscuridad y nadie respondió.

Entró en la cocina y un escalofrío le recorrió la espalda. Siguiendo su instinto, desenvainó una de sus dagas.

No había nadie.

Avanzó con cautela y cruzó a la bodega, el almacén condal, que era enorme. Para mantenerlo fresco no tenía ventanas, así que la oscuridad era absoluta. Zark alzó la lámpara para iluminar a su alrededor.

Los estantes de madera, toscos pero firmes, estaban atiborrados de provisiones.

—Con razón tienen banquetes a diario… —murmuró.

En las paredes había tinajas de barro alineadas, barriles dispersos y sacos apilados.

El lugar olía a pan seco, carne curada y hierbas.

Jamones colgaban de ganchos, y una hilera de tinajas contra el muro guardaba el trigo para el invierno.

En lo alto de una estantería, una caja cerrada con candado protegía las especias más valiosas de la casa.

Todo estaba en silencio, salvo el leve crujir de la madera y el rumor de las ratas que, de vez en cuando, se abrían paso entre los sacos.

Hacia el fondo, varios estantes formaban un par de pasillos. Tomó el de la izquierda, hasta la esquina. Allí, en el suelo y oculta tras unos costales, vio una trampilla abierta.

—¿Qué demonios…?

Se acercó y alumbró hacia abajo.

Era un túnel.

Ya está aquí, pensó, alarmado. El Adivino ha entrado.

No tenía idea de cómo había logrado entrar por aquel pasadizo secreto.

Se volvió de inmediato y caminó con rapidez para dar la alarma.

Frente a él, a unos diez pasos, una silueta lo esperaba. Apenas podía distinguirla. El hombre tenía la espada en la mano.

Zark no iba a hacerse el héroe, y siguió la instrucción del capitán.

—¡A las armas! —gritó—. ¡Enemigo en la cocina!

El hombre no se inmutó. Habló con serenidad:

—Estás en la bodega. He cerrado la puerta de la cocina. Los goznes están bien aceitados, por eso no lo oíste.

—Este lugar está lleno de soldados. Me escucharán.

—Entonces grita. Ya me deshice de un par. Ellos no te oirán.

El sargento maldijo para sus adentros. Su enemigo tenía razón. Estaban en la planta más baja, con la puerta de la cocina cerrada. Nadie lo oiría salvo que, por casualidad, un soldado pasara cerca.

Vestía un manto negro. Su semblante era cadavérico, con ojos oscuros bajo cejas pobladas.

—¿Farrajat? —dijo el sargento.

Pausa.

—Ese es mi nombre —contestó—. Por lo que veo, el conde ya los ha puesto al tanto, ¿eh? No lo sabrías de otro modo.

—Algo sabemos.

—Seguramente no les contó todo. Solo que lo busco. Que quiero matarlo. ¿Cierto?

—Nos dijo lo suficiente para saber que eres un traidor, y que colgarás de la horca muy pronto. Tus crímenes en contra del reino no quedarán impunes.

—Ese maldito conde hijo de Doriatán —dijo el Adivino—. ¿Traidor, yo? —Lanzó una blasfemia—. No tuvo reparos en pedirme favores cuando le convenía. Pero cuando la cosa se puso fea, cuando el rey empezó a sospechar de su traición, me arrojó a las hienas.

El sargento no pudo evitar preguntar:

—¿De su traición?

—Oíste bien, perro del rey. Sí. Hace años, cuando la guerra contra Ragidán arreciaba y Tresden parecía que caería, cuando las tropas del emperador amenazaban con alcanzar nuestras murallas.

Aquí mismo, en este palacio, en aquel comedor, planeamos la gran traición: matar a la raíz cuando visitara este palacio.

—¿Matar al rey? ¿Quiénes?

—¿Quiénes? ¡Cómo que quiénes! El conde, el platero, el escribano. Eran grandes amigos entonces, hombres ricos, con fortuna, favorecidos del conde. ¿Sabes lo que les prometió el emperador Glodiaga?

—Imposible.

—¡Ja! ¿Imposible, dices? Imposible es vivir para siempre en este cuerpo de carne. Pero venderse por riquezas…, los hombres hacen cualquier cosa por oro y por mujeres.

—El que acabó en el calabozo fuiste tú.

—Claro. Yo. El chivo expiatorio. Iba a ser yo quien le cortara el cuello al rey. Pero su majestad sospechó, y el conde y sus secuaces me señalaron como único culpable.

—Te habrían ahorcado, si fuera cierto.

—Ese era el plan. Pero antes me torturaron. Seguramente sospecharon del conde, pero de alguna manera los convenció de que actué solo. Con el tiempo se olvidaron de mí. La guerra siguió y había cosas más urgentes que un pobre condenado.

—Debes de estar loco si crees que me trago una sola palabra de lo que has dicho.

—Poco me importa.

—¿Por qué dejarnos notas? ¿Esos… poemas?

—Para que esos malditos gusanos supieran que vendría a por ellos. Eso fue lo que les prometí antes de que me echaran al pozo.

—Estás demente.

—Lo que pienses de mí me vale un cobrín. Acabemos con esto de una vez —dijo el Adivino, avanzando mientras giraba su arma.

Blandía una espada larga, y Zark lamentó tener solo una daga libre, pues con la otra mano sostenía la lámpara de aceite.

Justo antes de que las armas se cruzaran, recordó: Tiene la capacidad de ver el futuro… apenas por un momento.