Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Luna nueva
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Luna nueva

—¿NOSOTROS, CONDE? —PREGUNTÓ el capitán Arjen.

—Ustedes, sí. ¿O se negarán a protegerme?

—De ninguna manera. Estamos a su servicio.

—Muy bien. Pasarán aquí esta noche, vigilándome. Esta noche es la que importa. Mañana, ya veremos. ¿Lo harán?

—Sí —dijo Arjen, aunque sin mucho ánimo—. Pero debo decir algo, con todo respeto hacia vuestra merced: no podemos quedarnos aquí todos los días como su guardia personal. Necesitaríamos que nuestro comandante aprobara dicha encomienda.

—Está bien. Mañana lo veremos. —El conde hizo una pausa, pensativo—. Hay algo más que deben saber, algo importante.

Gasco de Valda contempló la oscuridad de la noche. Le dio otro sorbo a su copa.

—El hombre que me busca se escapó no de cualquier prisión, sino del Pozo de Urif.

Por Eluvá , pensó Zark. Eso significaba que perseguían a alguien mucho más peligroso de lo que creían. No era un asesino cualquiera.

El Pozo de Urif era un calabozo de última seguridad, construido en una pequeña isla volcánica justo al sur de la península de Ayatán.

Zark nunca lo había visto, y esperaba no tener que hacerlo jamás, pero se decía que era literalmente eso: un pozo.

El calabozo estaba construido como una torre invertida, con pisos en espiral descendente.

Los presos más peligrosos estaban confinados en las profundidades, donde — según los rumores— se sentía el calor de los ríos de lava subterráneos.

—Según me aseguraron, ese hombre, cuyo nombre es Farrajat de Ayul, estaba preso en uno de los círculos inferiores. Cómo logró escapar, no lo sé. Estoy seguro de que deben estar buscándolo frenéticamente, si ya notaron su ausencia.

—Debemos tener especial cuidado, entonces —dijo el sargento Zark.

—Así es, sargento. Porque no es una persona cualquiera. Farrajat tiene… ciertas habilidades.

El capitán se rascó la mejilla:

—¿Habilidades, mi señor?

El conde se encogió de hombros:

—Habilidades. No sé cómo llamarlo de otro modo. Por eso le dicen «el Adivino».

—¿Es decir que es, literalmente, un adivino? —preguntó Zark. Ya habían lidiado antes con chamanes, videntes y supuestos magos. Todos charlatanes.

—El Adivino tiene un poder. No estoy seguro de si lo adquirió de alguna manera o si nació con él. Nunca lo supe. Pero tiene la capacidad de ver el futuro… apenas por un momento.

—Disculpe, mi señor, pero no lo entiendo —replicó Zark.

El conde lo miró con seriedad:

—Tal como lo escuchas. Tiene la capacidad de visualizar, por apenas un instante fugaz, lo que sucederá en el futuro inmediato. Lo cual es muy útil en un combate.

—¿Es decir que puede anticipar el próximo movimiento de un enemigo? —preguntó Arjen.

—Exactamente. Uno, quizás dos movimientos. No más. Pero esta habilidad no la tiene siempre. Solo durante la primera noche de luna nueva.

—Hoy es noche de luna nueva —dijo el sargento.

—Exactamente —asintió el conde—. En el pasado, cuando utilicé sus…, eh…, servicios, siempre era en luna nueva. No puedo dar más información que esa.

La luna nueva sucedía unas doce veces al año. El sargento Zark prefirió no decir lo que ponderaba. Por naturaleza era escéptico. ¿Un adivino? ¿Con poderes? Eso sí que era difícil de creer.

No es que estuviera en contra de lo sobrenatural. Para nada. Estaba convencido de que existían los ángeles de Eluvá y los demonios de Doriatán, Príncipe de las Sombras. Los antiguos cronistas hablaban de la Era de la Magia, cuando magos, hechiceros y adivinos gobernaban vastos territorios.

¿Pero hoy en día?

Ver para creer , se dijo.

—Sé que probablemente no me creen —dijo el conde—. Me importa poco si me creen o no. Solo deben saber que este hombre es peligroso. Si ya mató a Jorab y a Joldán, el siguiente soy yo. No me queda duda.

—Si hemos de protegerlo —dijo Arjen—, permítanos montar guardia fuera de su recámara.

—Está bien, pero junto con Baián. Si no, se volverá loco de rabia.

—No hay problema —respondió el capitán, aunque su rostro mostraba que no le agradaba la idea—. Otra cosa. Necesitamos mandar un mensaje a nuestro cuartel.

—Tengo un mensajero a mi disposición para cualquier hora del día. Si me das el mensaje, se lo doy.

—Mi señor conde, con el debido respeto…

—No hay problema —respondió de Valda enseñando las palmas—. Lo mandaré traer, y ustedes le dan el mensaje personalmente.

—Ahora que lo menciona, mi señor —dijo Arjen, pensativo—. Permítame hacer una sugerencia…

—::—

Baián Dalade estaba furioso.

Zark comprendía por qué el jefe de la guardia se sentía molesto. Que dos sabuesos del rey asumieran la protección del conde era una afrenta para Baián, pues esa era precisamente su responsabilidad.

No solo eso, sino que el conde de Valda se había retirado sin darle las instrucciones directamente a Baián. El que se las dio fue el canciller, quien las había recibido directamente del conde quien, exhausto, se retiró y no lo vieron más.

La recámara del conde, ubicada en el tercer piso del palacio, se encontraba a mitad de un largo pasillo alfombrado, con las paredes decoradas con tapices, armas, escudos y trofeos de caza.

Había varias habitaciones a lo largo del pasillo: la primera, la de las doncellas de la condesa; la segunda, la recámara de la propia condesa; la tercera, la del conde; la cuarta estaba vacía, y la quinta pertenecía al visconde.

La guardia estaría compuesta por cuatro hombres: los dos sabuesos del rey, el jefe de la guardia y un sargento llamado Holden.

Dos estarían siempre apostados frente a la puerta, y los otros dos patrullarían los pasillos.

Además de ellos, el resto de la guardia del conde vigilaría las entradas principales y haría rondas alrededor del palacio. No eran muchos, unos veinte en total, pues no eran tiempos de guerra.

—¿Qué piensas de lo que nos dijo? —le preguntó el sargento a Arjen antes de iniciar su ronda.

—No lo sé. Por un lado, he leído sobre hombres y mujeres con dones extraordinarios. No dudo que hayan existido. Pero ¿cuándo fue la última vez que escuchaste algo así y que fuera cierto?

—Siempre ha habido leyendas, pero nunca he visto algo parecido con mis propios ojos. Por eso me cuesta creerlo.

—Recuerda, sargento, que el hecho de no ver algo no significa que no exista.

—En eso estoy de acuerdo. Pero aun así…

—Sí, te entiendo. Sea como sea, si el conde considera que el peligro es suficientemente real como para pedirnos que nos quedemos montando guardia, y además tiene a toda su guardia personal en alerta, significa que, como mínimo, tiene miedo.

Miedo de un adivino con poderes sobrenaturales, pensó Zark, incrédulo. Dijo:

—Bien, iré a dar una vuelta. Si veo algo…

—Si ves algo, pide ayuda de inmediato.

—Lo haré.

El capitán puso una mano sobre su hombro:

—Lo digo muy en serio, sargento. Pide ayuda si ves algo.