Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Secretos
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Secretos

EL CAPITÁN, MUY a su pesar, apretó las manos, aunque tan solo por un momento. Reanán Acuria era, después de todo, uno de los protegidos del conde.

—Tan solo fue eso, mi señor conde —contestó el capitán—. Una diferencia de opinión.

—¿Sobre un joven capturado por la guardia?

—Así es.

—El testigo de un crimen doble.

—Sí, mi señor conde —dijo Arjen.

Está bien informado, pensó Zark. El conde da Valda gozaba de una reputación relativamente buena en el condado.

Sí, era un hombre amante de los excesos, la buena vida y, por lo visto, la buena comida.

Pero todos los nobles eran así. A da Valda siempre le había interesado mantener la paz en su condado, pues eso significaba tener contento al rey.

Aunque los sabuesos del rey, técnicamente, tenían jurisdicción independiente, seguían sirviendo bajo su liderazgo, ya que el conde era el delegado del rey para mantener el orden en su distrito.

En la ciudad de Tresden, a diferencia del resto del reino, la guardia real —aunque respondía finalmente al rey— era administrada por la nobleza, principalmente los condes citadinos, con los marqueses y duques encargados de los asuntos políticos y de estrategia general.

La relación que la Honorable Compañía tenía con Gasco de Valda y la guardia que le servía era formal.

Sin embargo, no se podía negar cierta rivalidad entre ellos puesto que, aunque la guardia real era mucho más numerosa que los sabuesos del rey, estos últimos se enfocaban únicamente en los crímenes más brutales, los casos complejos.

Eso, a veces, causaba discusiones sobre jurisdicción.

—Entonces —continuó el conde—, ¿por qué lo sacaste del calabozo?

—Porque era inocente, mi señor. No tuvo nada que ver con las muertes. Más bien, era un testigo importante. Pero tenerlo en el calabozo, pudriéndose, no nos ayudaba en nada.

—¿Y tenerlo fuera ayuda en algo? ¿No es mejor tenerlo encerrado y disponible para futuros interrogatorios?

—En algunos casos, sí. Pero, si me permite hablar con franqueza, tenerlo en libertad también tiene sus ventajas. Podría darnos más información.

—¿Más información sobre qué? ¿Sobre el asesino?

—Posiblemente. O sobre el motivo de la muerte de su maestro.

—¿Encontraste alguna pista relevante al interrogarlo?

—Sí. Al cuestionarlo, nos enteramos de un escribano llamado Joldán.

Los ojos del conde se entrecerraron.

—¿Qué con él?

—Aparentemente, Joldán el escribano y el maese Jorab tenían un enemigo en común. Alguien que los perseguía. Cosa que hemos confirmado.

—¿A qué te refieres?

—Encontramos muerto a Joldán.

Hubo un silencio.

—¿Otro muerto, dices? —preguntó el conde, rascándose el mentón.

—Así es, mi señor conde. Estamos seguros de que fue el mismo asesino. Mató primero a Jorab, el platero, junto con su esposa. Luego a Joldán, el escribano. Y creemos que…, que quizás venga a por usted.

El visconde soltó una risa maniaca. El canciller también sonrió, y Baián dijo:

—Tonterías. ¿Por qué querría un asesino deshacerse de un platero, un escribano y el conde? Vaya disparate. ¿A eso vinieron? ¡Por Dios!

El conde, sin embargo, estaba muy serio. Pensativo.

—¿Cómo saben que soy el próximo en la lista de víctimas?

—No lo sabemos con certeza. Sin embargo, el asesino ha dejado unas pistas extrañas en cada escena del crimen.

Son frases, poemas, rimas sencillas. Encontramos una en los aposentos del platero que apuntaba hacia el escribano.

Y en la casa del escribano, hallamos una que apunta hacia… vuestra merced, quizás.

—¿Qué clase de ridiculez es esta? —dijo el canciller—. ¿Poemas? ¿Rimas? ¡Por Eluvá!

—¿Qué dice el último poema? —preguntó el conde.

Fue Zark quien recitó las líneas:

—«Un platero, un escribano, una muerte de un conde cercano».

El visconde soltó otra carcajada.

El conde da Valda explotó:

— ¡Cierra la boca, Gaian!

El joven guardó silencio, con la boca todavía abierta, la risa atrapada en la garganta.

—Salgan, ustedes tres —dijo el conde, señalándolos.

Los tres pusieron cara de asombro. El jefe de la guardia dijo:

—Mi señor conde, con todo respeto, no puedo dejarlo solo. Ni siquiera con ellos.

—Salgan, inmediatamente . Los tres.

Sin decir más, el visconde, el canciller y el jefe de la guardia se pusieron de pie y se retiraron por una de las puertas laterales, cerrándola tras ellos.

Gasco de Valda se llevó la mano izquierda a la frente y se masajeó con las yemas de los dedos.

—Esos tres… a veces me hacen hervir la sangre.

Y ya viste a mi hijo, capitán. ¿Qué he de hacer?

¿Me ha de heredar un glotón malparido? Solo tengo un hijo varón y seis mujeres.

No sé qué hice para que Eluvá me castigue así.

Cuando yo muera, ¿de quién será todo esto?

¿De ese estúpido? Por Dios, lo perderá todo en cinco años, si no es que alguien lo mata antes.

Malditas tradiciones que no me dejan heredar a mi hija primogénita.

A eso, por supuesto, no respondieron palabra.

—Señor conde, ¿puedo hablarle con franqueza?

—Por favor, capitán.

—Como sabueso del rey presto especial atención a la forma en que las personas responden a lo que digo. Aunque quizás me equivoque, me parece que usted conocía al platero y al escribano.

Esta vez el silencio se alargó considerablemente. El conde estaba completamente abstraído en sus pensamientos. Miraba hacia la chimenea, el reflejo de las llamas danzando en sus pupilas.

Tomó la copa de vino, se la llevó a los labios, pero no bebió. Se puso de pie y caminó hacia una de las ventanas. La abrió; el aire fresco entró, avivando la lumbre.

Se quedó allí, contemplando la oscuridad exterior. Se oyó la campana que anunciaba la hora quinta de la noche. 13

Allí permaneció, en silencio.

Finalmente, en voz baja pero suficientemente fuerte como para que lo oyeran, dijo:

—Hay cosas que merecen quedarse en el pasado, capitán. Hay secretos que no se pueden revelar sin que cueste la vida de quien los escucha. ¿Sabes a qué me refiero?

El capitán y el sargento se miraron entre sí.

—No estoy del todo seguro, mi señor conde.

El conde se volvió hacia ellos:

—Ese asesino, efectivamente, me busca. La razón del por qué me pertenece. Si lo contara, no podría dejarlos salir con vida de mi palacio.

El capitán se puso de pie.

—Conde, cualquier cosa que nos diga permanecerá en secreto. Le doy mi palabra de honor.

De Valda dio un sorbo a su copa.

—No dudo de tu palabra, capitán Dabidji. Pero no puedo. Hay secretos que deben permanecer enterrados. Si solo mi vida dependiera de ello, quizás lo revelaría. Pero no puedo.

—Está bien, señor conde. Nuestra responsabilidad como sabuesos del rey es salvaguardar la paz del reino, y eso incluye a vuestra merced. Por tanto, es nuestra prioridad que se sienta seguro. Por fortuna, tiene a su guardia. Solo es cuestión de que les advierta que…

—Baián es un incompetente —interrumpió el conde—. Estoy esperando una excusa para enviarlo a las tierras fronterizas. No, si alguien ha de protegerme del adivino, serán ustedes.