Conversaciones
—MI SEÑOR CONDE —dijo el capitán—, gracias por su generoso ofrecimiento. Pero no es necesario que nos quedemos a comer. Tengo un mensaje para darle y podemos regresar por nuestro camino tan pronto lo comunique.
Zark no lograba dejar de mirar la comida sobre la mesa.
Siete Profetas, esto sí que es un banquete, pensó.
Aunque a la mesa había cuatro personas —el conde, el jefe de la guardia (de pie) y dos hombres más a quienes no reconocía—, la comida era suficiente para diez: jabalí asado, piernas de cordero, pollo asado, salchichas, pan de trigo y varios platos de verduras con zanahorias, coliflor asada, cebollas y lentejas.
También uvas frescas, manzanas con miel, peras, higos secos y una variedad de quesos (¡diferentes tipos de queso, por Eluvá!), además de una tarta de manzana y pastelillos de almendra con miel.
Varias jarras de vino tinto y otra que, supuso, contenía aguamiel.
El sargento se preguntaba cuánto dinero tenía el conde para cenar así. ¿Sería una ocasión especial? ¿O todas las noches se daba un festín como ese? ¡Maldición!
Miró al capitán, con ganas de sugerirle que aceptara la invitación, pero de ninguna manera se atrevería a decir semejante cosa. No avergonzaría a su capitán.
El conde Gasco de Valda era un hombre obeso, vestido con una túnica de seda de varios colores y un turbante mal ajustado adornado con piedras preciosas. Los ojos le brillaban por el alcohol, aunque hablaba con claridad, lo que denotaba experiencia con la bebida.
—De ninguna manera, capitán —respondió el conde—. Estás en mi casa. Mis normas, ¿eh? Siéntense ahora mismo y coman lo que les apetezca. Nosotros ya hemos comido suficiente.
El capitán Arjen se pasó la lengua por los labios, no de hambre, sino incómodo. Sería ofensivo rechazar una orden de un miembro de la alta nobleza, y menos del mismísimo hombre que gobernaba el condado donde ellos servían como sabuesos del rey.
Finalmente, el capitán asintió con la cabeza e hizo una leve reverencia.
—Gracias, mi señor conde. Aceptamos agradecidos.
Se sentó el capitán y luego el sargento.
El conde señaló a un joven sentado a su derecha.
—Mi hijo, Gaian, el vizconde de Valda —dijo.
El joven se parecía a su padre: cabello negro y rizado, aceitoso, la misma nariz chata. Aunque no era tan obeso como su progenitor, parecía que competían en ello. Vestía una túnica de seda roja, tenía las mejillas muy coloradas por la bebida y la mirada algo desenfocada.
El conde indicó al otro hombre, sentado junto al vizconde. Tendría unos sesenta años, cabello blanco, ojos azules y una barba en forma de candado del mismo color que su melena.
—Él es mi canciller, el maese Valián —dijo. El hombre asintió con la cabeza.
Gasco de Valda continuó, mientras el jefe de la guardia tomaba asiento a la izquierda del noble:
—Ya conocen a mi jefe de la guardia, ¿no?
—Nos conocimos en el ejército, mi señor conde —respondió Baián—. Tanto el capitán Arjen como su sargento se destacaron durante la guerra.
—Sí, eso he oído —respondió el conde—. ¿Son ciertas las historias, capitán?
El capitán Arjen, sentado al lado de Baián, se removió incómodo en la silla. No le gustaba hablar de sí mismo.
—Muchas exageraciones, me temo —respondió.
De Valda soltó una carcajada como si hubiera escuchado el mejor chiste de la noche.
—Eso me han dicho, que eres un hombre modesto, Dabidji. ¿De qué sirve la modestia? ¿Para qué la falsa humildad? ¡No sirve de nada!
En lugar de responder, el capitán extendió la mano, tomó un par de uvas y se las echó a la boca.
Zark interpretó eso como permiso para comer.
Extendiendo su mano, se hizo con una pierna de cordero.
El capitán lo miró de reojo, quizá por el atrevimiento de tomar un trozo tan grande, pero el sargento decidió que ya pediría perdón después.
No todas las noches se tenía ante sí una pieza de carne tan suculenta.
El conde chasqueó los dedos e inmediatamente se acercó una criada que les sirvió una copa de vino a cada uno.
—Capitán —dijo de Valda—, ¿cuándo fue la última vez que nos vimos en persona? Debió de ser hace un par de años, ¿no?
—Así es, mi señor. Estuve encargado de la seguridad de su esposa cuando hizo aquel recorrido por el condado para visitar al pueblo.
—Cierto, cierto. Me dijo ella que fuiste absolutamente ejemplar. De hecho, me ha pedido muchas veces volver a contratarte, pero siempre le respondo que no es necesario, pues ahora contamos con nuestro jefe de la guardia, quien se encarga de nuestra protección.
—Y lo hago con mucho gusto, mi señor —dijo Baián, rápidamente.
Zark reprimió una sonrisa, pues recordaba aquella misión.
El capitán Arjen la había considerado bochornosa.
Lo asignaron a acompañar a la condesa para protegerla de cualquier posible daño, pero ella, una mujer hermosa, le tomó especial cariño y no se despegó de su brazo en ningún momento.
Es más, parecía que su mano recorría constantemente alguna parte nueva del cuerpo del capitán.
Arjen había pedido entonces al comandante Acklen que, por favor, no permitiera que lo asignaran de nuevo a algo semejante.
Sabía que llevaba las de perder, y si el conde siquiera sospechaba algo entre su esposa y él, una miradita, una caricia que no le gustara, acabaría en el calabozo… si tenía suerte.
—En aquel tiempo todavía no trabajabas con nosotros, ¿cierto, Baián? —preguntó el conde.
—No, mi señor. La guardia estaba a cargo del capitán Velado.
El conde frunció el ceño.
—Ese inepto. Todavía se está pudriendo en el calabozo. Aunque debería haberle cortado las dos manos, y no solo una, por robarme. ¡Pero le corté la derecha! Eso le servirá de lección.
El vizconde se rió de forma maniaca.
Debe de ser un joven estúpido, pensó el sargento en referencia al vizconde, que hasta el momento no había soltado una sola palabra, pero estaba seguro de que, al hacerlo, confirmaría su impresión.
Gasco da Valda le dio un buen sorbo a su copa de vino, la cual inmediatamente la criada rellenó.
—Por cierto —dijo el conde—, ¿qué fue aquello que sucedió en mi calabozo? Me enteré por allí que tuvieron una, cómo decirlo, diferencia de opinión tú y el capitán Reanán.
El aire se puso tenso.