El palacio condal
—No nos dejarán entrar —dijo el sargento—. No a esta hora.
—Habrá que intentarlo.
—Si el conde ya está dormido, no le alegrará nuestra visita.
—No le alegraría aunque fuera a mediodía.
Zark se rió, pues el capitán tenía razón.
La puerta principal de la muralla externa era lo bastante grande para que entraran dos carruajes al mismo tiempo. El portón de madera estaba abierto, pero el rastrillo de hierro, cerrado.
Dos soldados de la guardia permanecían de pie, con lanzas en mano, bajo una sencilla garita cuyo tejado les protegería del sol o la lluvia.
Cuando los soldados vieron que se acercaban, adoptaron posición de defensa, con ambas manos en la lanza, y antes de que se aproximaran demasiado, les ordenaron detenerse.
—Identifíquense —dijo uno de ellos.
—Soy el capitán Arjen, de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey.
Los guardias se miraron entre sí. El mismo que había hablado, y que llevaba en el coselete una raya vertical a la altura del pecho que lo identificaba como sargento, dijo:
—No esperamos ninguna visita esta noche. Tendrán que volver mañana, capitán.
—Es una urgencia —respondió Arjen—. De lo contrario, no habríamos venido. Avisa a tu capitán. Dile que Arjen Dabidji, de los sabuesos del rey, necesita hablar con él. Nos conoce.
—Con todo respeto, pero el capitán no...
—Es una orden, he dicho. No tengo tiempo para esto. Si no accedes, te juro por el rey y su justicia que mañana amanecerás en el calabozo.
El sargento de la guardia lo dudó, pero decidió acatar. Se dirigió hacia la reja y llamó a un soldado que estaba del otro lado, quien se acercó. Intercambiaron palabras, y ese otro soldado se alejó colina arriba en dirección al palacio.
No habían cenado todavía, y las tripas de Zark rugían. Se llevó una mano al estómago, pero prefirió no decir nada al respecto. Estaba seguro de que el capitán también tenía hambre.
—Yo también tengo hambre, sargento —dijo Arjen, adivinando el gesto de Zark.
—Ya habrá tiempo para cenar algo, mi capitán —le respondió algo avergonzado.
—¿No traes algo en los bolsillos?
—Traigo unas nueces y arándanos secos.
—Puedes comértelos, sin problema.
—Prefiero esperar, capitán. Ya habrá tiempo para ello.
Permanecieron afuera durante un tiempo, envueltos en sus capas, en silencio.
Zark esperaba ver regresar al capitán de la guardia, pero en lugar de eso volvió el mismo soldado. Intercambió palabras con el sargento, quien se acercó y dijo:
—Mi señor el conde los recibirá.
—Vaya —dijo Arjen, sorprendido.
Levantaron el rastrillo lo suficiente para que pasaran por debajo y anduvieron acompañados por el soldado.
El camino hacia el palacio estaba bien empedrado, y el jardín central tenía los establos a la derecha, junto con un granero amplio.
A la izquierda, más cerca del palacio, estaban el pozo de agua y varios almacenes.
Era un patio sencillo pero bien cuidado.
Llegaron a la puerta principal, entreabierta. El soldado los acompañó hasta el zaguán de entrada y se retiró tras informarles que pronto vendría el capitán.
Zark admiró el zaguán. Aunque no era muy grande, le gustaba.
En el centro, una mesa de roble con una lámpara de aceite iluminaba el espacio.
A la derecha, una silla de madera que se asemejaba un trono antiguo.
Tanto la pared de la izquierda como la de la derecha daban acceso a otras partes del palacio mediante arcos de piedra.
Sobre cada arco colgaba una elegante tropa de armas.
En la esquina derecha de la pared del fondo, una puerta de madera y, junto a ella, una escalera angosta que subía recta por el muro, flanqueada por un pretil de piedra tallada que hacía las veces de baranda.
Esa misma pared estaba adornada con una pintura de un árbol frondoso, tan realista que parecía como si realmente creciera detrás del pretil.
El capitán de la guardia del conde entró por el arco de la izquierda.
—Arjen Dabidji —dijo al verlo—. ¿Qué te trae por aquí?
Su nombre era Baián Dalade, y no vestía uniforme, sino una túnica gris con un cinto sencillo, sin espada salvo por una daga. Hablaba con el ligero arrastre de quien ha bebido.
—Tengo noticias sobre un caso que estamos siguiendo —respondió Arjen.
—¿Qué, los sabuesos del rey no duermen? Tus asuntos son tuyos. ¿Por qué vienes a molestar al conde?
—Porque tiene que ver con él. Al menos eso pensamos. Te puedo dar la información a ti, para que se la transmitas al señor conde.
—Lo mismo pienso yo —respondió Baián—. Pero, lamentablemente, estaba con el conde cuando el soldado nos interrumpió diciendo que Arjen Dabidji venía con un mensaje, y el conde ha pedido verte en persona.
El capitán Arjen frunció levemente el ceño:
—Ya es tarde. Y tenemos el estómago vacío. Te daré la información y nos marcharemos.
El capitán de la guardia negó con la cabeza:
—Estás en el palacio condal, Arjen. Tendrás que obedecer los deseos del mandamás. No puedo regresar a su presencia sin que me acompañes. Lo entiendes. Además, estás de suerte: estábamos cenando. Así que ven, sígueme.
Baián les marcó el paso. Atravesaron una lujosa sala de armas, cruzaron una puerta a la derecha y anduvieron por un largo corredor cuyas ventanas de cristal dejaban ver un jardín interior iluminado por una antorcha. Al llegar al otro extremo, pasaron por otro zaguán y, finalmente, al comedor.
Era una estancia amplia, rectangular, con una gran chimenea encendida. La mesa, también rectangular, era lo bastante larga como para sentar a unas doce personas. En la cabecera estaba el conde Gasco de Valda, y frente a él, sobre la mesa, un banquete.
—¡Arjen Dabidji y su sargento! —dijo el conde, extendiendo los brazos—. Bienvenidos a mi humilde palacio. Vengan, siéntense aquí, cerca de mí. ¿Ya han comido?
Zark dio gracias a Eluvá de que el conde no escuchó el rugido que sus tripas dieron por respuesta.