Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Mensajes
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JOLDÁN YACÍA EN el baño, muerto.

Lo habían sacado de la bañera. Estaba en el suelo, cubierta su desnudez con una sábana blanca.

Era un baño lujoso, de esos que solo construían las familias ricas.

Aunque aún había bastante vapor, podían ver el cuarto entero.

Las paredes eran de piedra clara con una elegante cornisa de madera encerada en la parte superior.

La bañera, de mármol verde, ocupaba el centro de la sala.

Cerca de la ventana, sobre una mesa de madera de tamaño mediano, se alineaban frascos de vidrio, aceites y perfumes, además de un espejo de bronce colgado en la pared.

Sobre la mesa también reposaba una lámpara de aceite, cuya llama era protegida por un cilindro de vidrio.

El aire olía a jazmín seco, hierbas frescas y menta.

Zark se acercó para examinar bien la herida.

—Una navaja afilada, un puñal o daga —dijo el sargento.

El capitán se dirigió a la muchacha, que evitaba ver el cadáver y se mordía los labios.

—¿Estaba, entonces, en la bañera?

—Así es, mi señor. Entró a la bañera, me pidió ir por unas sales, y cuando regresé…

—¿Escuchaste o viste algo al entrar?

—El cuarto estaba completamente lleno de vapor —dijo ella—. A mi amo le gustaba el agua bien caliente.

—¿Quieres decir que alguien pudo haber estado oculto desde el principio?

—Podría ser, sí. En alguna esquina.

El baño, pensó el sargento, era lo suficientemente grande como para que alguien se ocultara en un rincón sin ser visto, especialmente si el vapor era denso.

—Aunque —continuó Adalina—, cuando yo salí, el asesino pudo haber entrado. La casa es grande y llena de posibles escondrijos.

—Puede ser, sí —dijo el capitán—. Pudo haberlo sorprendido si el escribano estaba relajado, con los ojos cerrados, y si el asesino entró cautelosamente.

—Debió de haberlo tomado fuerte por el cabello —dijo Zark— y le deslizó el filo por el cuello.

—Ten piedad de nosotros, Eluvá rey de los cielos —rezó la joven criada.

El capitán se acercó a la ventana del baño que daba al jardín exterior. Era una ventana con cristales, cosa poco común salvo en casas acaudaladas. Una de las hojas se deslizaba hacia abajo y era asegurada por una aldaba. Arjen abrió la ventana y entró el aire frío de la noche.

—No tiene la aldaba puesta —dijo el capitán—. Adalina, ¿recuerdas si esta ventana estaba asegurada?

Ella se quedó pensando unos momentos.

—No lo sé, capitán. Sinceramente, lo dudo. El maese Joldán se sentía muy seguro en esta casa porque tenía su guardia personal, aunque solo fueran dos personas. Que yo sepa, nunca nadie se había atrevido a entrar. Así que puede ser que estuviera cerrada la ventana, pero sin la aldaba echada.

—El asesino pudo haber entrado y salido por aquí —dijo Zark.

El capitán asintió. Dijo:

—De todas maneras, es un asesino muy osado. Saltó la tapia, cruzó los jardines, se aseguró de no ser visto por Guden o Baraku, y quizás estuvo acechando a su presa. Cuando vio que el baño caliente estaba siendo preparado, vio su oportunidad.

—Si la aldaba estaba suelta, aprovechó para entrar y salir. Y cerró la ventana tras de sí, lo cual me parece curioso. No necesitaba hacerlo.

—A menos que quisiera asegurarse de huir sin que nada llamara la atención. Una ventana abierta, con vapor saliendo de ella, sería llamativa.

—Cierto, capitán.

La ventana abierta ayudaba a que el vapor se disipara. Zark entonces notó que en la mesa, frente a los frascos de aceite, había un pergamino pequeño, de un palmo de longitud, enrollado y sujeto con un cordón.

—¿Y esto? —preguntó el sargento al tomarlo—. ¿Lo abro?

—Sí —confirmó el capitán.

Eso hizo.

—Maldición —dijo el sargento—. El asesino nos dejó otro mensaje.

Zark leyó en voz alta:

Un platero, un escribano,

Una muerte de un conde cercano.

—¿Un conde cercano? —repitió Zark—. Si se refiere a cercano en ubicación, entonces se refiere al conde de Valda.

—Hay que ir. Avisarle —dijo Arjen.

—¿A esta hora, capitán?

—A esta hora, sí. Porque a este maldito hijo del demonio le estamos pisando los talones, pero aún nos lleva ventaja.

—¿Cree que ya haya ido a por el conde?

—Espero que no, pero no lo dudo.

—¿Y los cadáveres aquí?

El capitán lo pensó un momento. Se dirigió a la criada.

—¿Puedo confiarte un mensaje?

Ella no respondió. Más bien, parecía sorprendida.

—Necesito que lleves un recado al cuartel de los sabuesos en este condado. ¿Sabes dónde está?

—Sí, lo sé.

—Escucha esto, Adalina. Si llevas el mensaje, no nos olvidaremos de ti. Serás libre para irte. Pero si no lo haces, si en lugar de enviar el recado huyes, te buscaremos. Y te encontraremos. ¿Me entiendes?

Ella asintió con la cabeza. Añadió:

—¿Me da su palabra? ¿Me dejará ir?

—Te doy mi palabra.

Ella lo pensó. Luego:

—Está bien. Lo haré.

Zark sacó de su túnica un pedazo de papel y un tizón de escriba y se los dio al capitán, quien redactó el mensaje pidiendo que un escuadrón de sabuesos asegurara el lugar y se encargara de los muertos. Dobló la hoja y se la entregó a la criada.

—Ve inmediatamente. No te detengas, no te desvíes. ¡Ve!

Ella salió.

—¿Cree que lo hará? —dijo el sargento.

—Sí, creo que sí. Tiene miedo, pero sabe que es peor tenernos de enemigos.

—¿Y si la necesitamos para algo después?

—La buscamos. Pero evidentemente no tiene nada que ver con el crimen.

—En eso estoy de acuerdo.

—Su único crimen fue querer huir con el dinero del escribano.

—¿Qué hacemos con ese cofre, por cierto?

—Si Adalina es astuta, dejará el recado, regresará y tomará el botín. Espero que lo haga.

Mejor en sus manos que en las de cualquier otro , pensó Zark.

Salieron en dirección al palacio del conde.