Gente demente
SE ACERCARON A la casa por el este.
La tapia que delimitaba el terreno era alta, pero no inaccesible. Se sujetaron del borde con ambas manos y, tras impulsarse, lograron pasar al otro lado. Se ocultaron tras unos árboles, aunque, debido a la oscuridad, dudaban mucho que alguien los hubiese visto.
Cruzaron el jardín y llegaron hasta la vivienda. Se asomaron por una de las ventanas laterales, pero solo vieron oscuridad en el interior.
Era una casa amplia. La rodearon por el norte, asomándose en cada ventana. Nada. Intentaron abrir algunas puertas, sin éxito.
Zark señaló:
—Esa ventana está abierta.
Estaba en la segunda planta, pero podrían alcanzarla si se trepaban por un alero. Así lo hicieron, con cuidado de no hacer ruido, lo cual resultaba difícil debido a que llevaban las armas al cinto.
Lo consiguieron. Esperaron unos instantes para que sus ojos se adaptaran a la penumbra. Decidieron no encender velas y avanzar con cautela.
Caminaron por un pasillo interior, iluminado tenuemente por unos tragaluces cuadrados en el techo.
Llegaron a una sala donde unas escaleras anchas descendían. Desde una de las habitaciones emanaba una luz débil, junto con las voces de al menos dos personas.
Bajaron como felinos al acecho. Se colocaron junto al marco de la puerta. El capitán se asomó rápidamente, luego lo hizo Zark.
Era la biblioteca. Grande e imponente. En ella, tres personas conversaban. A dos ya los conocían: Guden y su hijo. La tercera era una joven vestida con una saya de sirvienta.
Los tres estaban de pie alrededor de un baúl grande de madera. Guden sostenía una lanza de madera con punta de acero.
—Es la única manera de abrirlo —dijo el jefe de la guardia—. El candado es demasiado resistente. Tendré que forzarlo.
—Si alguien se entera, pensarán que lo matamos para robarle su fortuna —dijo la muchacha.
—¡Guarda silencio, Adalina! —la reprendió Guden—. Nosotros no lo matamos. Lo encontramos muerto.
—Eso es cierto —dijo su hijo, con los ojos aún desorbitados, tembloroso y sudando.
—Pero cuando vengan a investigar, ¡nos acusarán de ladrones! —insistió ella—. ¡Nos mandarán a la horca!
—Estaremos muy lejos de Tresden para entonces —replicó Guden—. ¿No tienes familia en algún otro lugar del reino?
Ella se lo pensó unos segundos, pero negó con la cabeza.
—Puedes venir con nosotros —aventuró el joven, sonrojándose.
—¡Por supuesto que no! —le gritó Guden a su hijo, dándole un golpe en la parte de atrás de la cabeza—. Ella no puede acompañarnos. Haremos un viaje largo, lejos de aquí. No nos buscarán si nos vamos al otro extremo del reino. Por eso hay que marcharse cuanto antes.
—Ábrelo, entonces —dijo la joven, impaciente—. Veamos de una vez cuánto hay.
Guden colocó la punta metálica de la lanza en la ranura del aro que sujetaba el candado y, haciendo palanca, empujó hacia abajo con todo su peso. El vigilante gruñó, soltó un par de juramentos, y cuando parecía que sería la lanza la que acabaría partiéndose en dos, el candado cedió.
Entre exclamaciones de triunfo, levantaron la tapa del baúl.
—¡Por Eluvá, somos ricos! —exclamó Adalina.
—¡Por fin cobraremos todo lo que nos debía ese maldito hijo de Doriatán! —dijo el vigilante.
En ese instante, con las espadas desenvainadas, el capitán y el sargento irrumpieron en la biblioteca.
Los tres lanzaron un grito de espanto; curiosamente, el del joven fue más agudo que el de la sirvienta.
—Quédate quieto, Guden —le dijo el capitán apuntándolo con la espada.
—No puede ser —dijo el vigilante, estupefacto—. ¿Pero qué...? ¿Pero cómo...?
—Los tres están arrestados. No hagan nada estúpido —dijo Zark.
El joven Baraku, con la cara roja de ira, dio un vistazo al cofre lleno de monedas y, probablemente impulsado por la codicia, o quizás por tener alguna deficiencia cognitiva, desenvainó una espada corta y se lanzó sobre el capitán Arjen, que estaba cerca de él.
Zark pensó que su padre Guden le gritaría a su hijo que tirara su arma y se rindiera, pero la codicia mezclada con la estupidez es un poderoso inhibidor de la cordura. El jefe de la guardia, imitando a su hijo, desenvainó y se abalanzó igualmente sobre el capitán.
El sargento se apresuró. En un par de respiros, el capitán intercambiaba estocadas con el joven, mientras que el sargento lo hacía con el vigilante.
De soslayo se aseguró Zark de que la sirvienta no hubiera decidido también unirse a la escaramuza; pero no, estaba completamente aterrada y retrocedía hasta quedar con la espalda contra la pared.
Para sorpresa del sargento, padre e hijo eran buenos espadachines. Los imaginó, por un fugaz momento, practicando diariamente, quizás incluso desde que Baraku era un crío.
Guden, por su parte, lanzaba mandobles expertos y bien dirigidos.
Indudablemente tenía formación y experiencia.
Atacó con un corte descendente que Zark detuvo con una parada alta, pero antes de que pudiera contraatacar, su enemigo dio un redoble con una rapidez impresionante.
El sargento retrocedió, desviando con el filo y cuidando que su adversario no aprovechara el aparente ritmo para cambiar su ataque e irse contra sus pies o su cabeza.
El jefe de la guardia era astuto también, pues aprovechó una mesa cercana y, en un descuido, tomó un jarrón de cerámica que servía de adorno.
Aunque lo lanzó con la mano izquierda, giró en el aire y pese a que intentó esquivarlo, le golpeó el hombro derecho.
El jarrón se hizo añicos. Como reflejo, y para evitar algún corte en la cara, Zark cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia la izquierda.
Guden gritó, dio un salto y buscó cortarle las vértebras del cuello.
El sargento se deslizó hacia la izquierda por instinto, evitando el tajo por un par de pulgadas. Saltó tres veces para hacer espacio entre los dos y, encarando, adoptó posición de guardia.
Guden resopló como un toro, enseñó los dientes como perro rabioso y dijo:
—Malditos sean, sabuesos bastardos, cucarachas de mier...
Baraku rugió de pronto.
Zark miró la escena, a unos ocho pasos de distancia. El joven, desarmado, tenía la espada del capitán Arjen atravesándole el abdomen, y le salía por la espalda.
Al sacar la hoja, dijo Arjen:
—Levanta las manos, hijo de...
En lugar de eso, Baraku dio un salto e intentó morderlo en el cuello. El capitán se agitó para quitárselo de encima y tratar de clavarle de nuevo la estocada, pero Baraku, como gato enojado, lo arañaba e intentaba clavarle los dientes.
Guden se olvidó de Zark y, gritando maldiciones, fue a auxiliar a su hijo. Ese fue su error. Aunque corrió rápido, el sargento era más veloz: le dio alcance. Con un movimiento horizontal de la espada, le destrozó la nuca.
La cabeza del vigilante se sacudió por el impacto. Trastabilló y cayó al suelo, aún moribundo.
—Maldito seas —le dijo Zark al enterrarle la espada dos veces en la espalda.
— ¡Padre! —gritó el muchacho. Increíblemente, se abalanzó ahora contra el sargento.
Pero venía desarmado y Zark ya lo esperaba.
Lo recibió con un mandoble en la quijada.
Sangre, carne y dientes volaron. Baraku cayó de rodillas, los ojos se le pusieron en blanco, y se fue de espaldas. Dio espasmos y gimió de dolor.
El capitán se acercó y lo sacó de su miseria perforándole el corazón.
—Por Eluvá —dijo Zark—. Estaban dementes.
Dirigieron su atención a la sirvienta. Ella, al verlos, sollozó de espanto y se desmayó, deslizándose por la pared hasta quedar sentada en el suelo, los ojos entreabiertos.
—Aquí hay mucho dinero —dijo el capitán, examinando el baúl.
—Se lo iban a robar, parece.
—Algo así. Dijeron que su amo estaba muerto.
—¿Crees que esté aquí, muerto?
—No lo sé. Despertemos a la muchacha para que nos diga.
El sargento sacó de su cinto un pequeño frasco de vidrio que contenía un extracto de amoníaco con hierbas y vinagre fuerte. Le quitó el corcho y puso el frasquito debajo de la nariz de Adalina.
Ella despertó, asustada, con los ojos desorbitados del pánico.
—Tengan piedad, no me maten, ¡piedad, por Eluvá!
—Tranquila, niña —le dijo el capitán Arjen—. Adalina, ¿cierto?
Ella asintió, respirando con fuerza, atemorizada.
—No te haremos nada, ¿me escuchas? No te haremos daño. Solo responde nuestras preguntas. ¿Dónde está Joldán?
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—No fui yo, mis señores. Lo juro por los Siete Profetas. ¡Yo no lo maté! ¡Lo encontré muerto!
—¿Dónde?
—En el baño. Yo le preparé el agua caliente. Mi amo entró en la tina y me pidió ir por unas sales. No me tardé mucho, y cuando regresé, estaba muerto, con la garganta abierta.
—¿Puedes ponerte de pie?
—Sí... —Lo hizo, aunque se sostuvo del brazo de una silla para no tambalearse.
—¿Y entonces? ¿Qué hiciste cuando lo viste muerto? —continuó el capitán.
—Grité. El resto de los criados vinieron inmediatamente, y ellos le hablaron al señor Guden —dijo, mirando en dirección al cadáver. Le dio un escalofrío.
—¿Dónde están los demás? ¿El resto de la servidumbre?
—Cuando vieron muerto a nuestro señor, acordamos avisar a la guardia de la ciudad.
A la ley. Sin embargo, Guden nos lo prohibió.
Nos amenazo, dijo que nos ahorcarían a todos.
Lo cual es posible. Ya ha pasado antes. Cuando muere un señor en su casa, ahorcan a todos los siervos, sobre todo si hay sospecha de que uno lo hizo.
—Imagino que huyeron.
—Sí. Éramos en total ocho, tres varones y cinco mujeres. Solamente yo me quedé.
—¿Por qué?
—Porque Baraku... él siempre fue amable conmigo…, creo que tenía la esperanza de que yo…, que yo y él…, pero yo no…
—Entiendo —dijo el capitán—. ¿Qué hicieron con el cuerpo?
—¿El cuerpo del amo?
—Sí.
—Sigue en el mismo sitio.
—Llévanos allí.