Algo turbio
SE ALEJARON DEL calabozo.
Era una noche oscura, pues era luna nueva.
—Ese maldito Reanán no cambia —dijo Zark.
El capitán negó con la cabeza:
—Hay personas que no solo no cambian, sino que se vuelven aun peores.
—Nunca superó aquella vez que, en plena refriega, salió huyendo.
—Por poco morimos por su culpa.
Cómo olvidarlo, pensó Zark.
Había ocurrido unos tres años antes del fin de la guerra, cuando los combates eran constantes y encarnizados.
El ejército tresdino, diezmado por repetidos ataques, intentó valientemente retomar una aldea al sur de la región de Anumá, cerca del Canal de las Tormentas, a unas pocas leguas del lago Azur.
Tres escuadrones participaron en la misión, comandados por tres capitanes: Arjen, Saavoye y Reanán.
La incursión se llevó a cabo bajo una lluvia de flechas, pero lograron romper la línea enemiga.
Sin embargo, al llegar al centro de la aldea, cayeron en una emboscada.
Reanán y sus tropas emprendieron la huida, pero Arjen y Saavoye permanecieron. Muchos soldados murieron, y solo pudieron ser rescatados a la mañana siguiente por una centuria completa que, por la gracia de Eluvá, había llegado la noche anterior.
Los rumores sobre la cobardía de Reanán se extendieron. Aunque el capitán Arjen no tuvo nada que ver con su difusión, Reanán siempre lo culpó a él. Una noche, incluso, borracho y colérico, lo encaró; y si algunos de sus propios hombres no lo hubieran detenido, probablemente habría acabado muerto.
Si antes había rivalidad entre ellos, a partir de entonces se transformó en una enemistad declarada.
Al capitán Arjen, sin embargo, aquello le importaba poco.
Desde que Zark lo conocía, siempre había sido uno de esos contados hombres que realmente no se preocupan por lo que los demás piensen de ellos.
Aunque escuchaba los consejos, al final decidía lo que creía más sensato.
Tal vez solo había tres personas cuya opinión le importaba al capitán: el sabio Joranatán, su mentor; don Artemes, el maestro de armas; y el padre Darió.
Ni siquiera creo que le importe lo que yo pienso de él.
Así era en el ejército, y así seguía siendo ahora, en los sabuesos del rey. Para Arjen, lo único verdaderamente importante era la misión: atrapar a los criminales.
—Debemos encontrar más información sobre el escribano —dijo Zark mientras caminaban.
—Joldán.
—Exacto.
—Sí. Seguramente su vida corre peligro. No me sorprendería que el asesino se refiriera a él en su «poema».
—«No habrá muerto en vano cuando sangre el escribano» —citó el sargento.
—Ojalá logremos dar con él antes de que lo desangren.
Puesto que ya conocían su nombre y oficio, les sería mucho más sencillo obtener información sobre Joldán.
En la misma plaza donde se encontraba el calabozo también estaba la casa consistorial, y uno de los asistentes del escribano municipal les facilitó los datos.
Aunque ya era de noche, se dirigieron de inmediato a la casa de Joldán. Según el registro, vivía en una zona adinerada. Probablemente en una mansión, pensaba Zark, ya que la mayoría de las residencias en ese sector eran de gran tamaño.
Les tomó media hora llegar. Efectivamente, se trataba de una mansión construida en el estilo clásico tresdino: piedra labrada, techos planos con cornisa saliente y pórticos amplios sostenidos por columnas gruesas.
Una tapia de ladrillo cocido revocada con barro protegía el terreno, y el único acceso era un portón sólido que permanecía cerrado.
Zark se sorprendía cada vez que veía esas construcciones.
¿A qué se dedicaba toda esta gente? ¿Cómo obtenían tanto dinero?
En esa colonia las casas nobles se alzaban sobre anchos escalones, como si fueran tronos de piedra.
Las puertas, robustas, lucían herrajes macizos, y la mayoría de las casonas estaban adornadas con jardines extensos y árboles frondosos.
Esa noche, sin embargo, la mansión del escribano parecía inhabitada. Reinaba la oscuridad absoluta; ni siquiera una antorcha iluminaba los jardines. Aunque el portón de entrada tenía una sencilla pero funcional garita, esta se veía abandonada.
—Mire, capitán, hay alguien adentro —dijo Zark señalando una de las ventanas, donde una silueta con lámpara en mano los observaba. Justo en ese momento, la persona apagó la luz—. Extraño —agregó el sargento.
—Sí. Puede ser que ya estén dormidos. Pero ¿ni una sola luz?
—¿Entramos a investigar?
—Esperemos un poco. Si nadie viene, nos saltamos.
Entonces dos personas salieron de la casa y descendieron hacia ellos por el camino empedrado. Uno portaba una lámpara pequeña de aceite.
Los dos hombres se detuvieron a una distancia prudente. Zark notó que andaban armados. Seguramente eran los guardias de la casa. Armados… y nerviosos. Muy nerviosos. Uno era un hombre de unos cuarenta y tantos, el otro, un joven de unos veinticinco.
—Buenas noches, señores —dijo el mayor de los dos—. Eluvá esté con ustedes.
—Y con ustedes —respondió Arjen—. Soy el capitán Arjen. Conmigo está el sargento Zark, de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey.
Las dos figuras se miraron entre sí.
Tienen miedo, pensó el sargento.
—¿En qué podemos servirles? —dijo el de la lámpara.
—Venimos a hablar con Joldán, hijo de Joldán, escribano. ¿Es esta su casa?
—Eh, sí —respondió el hombre, con voz dubitativa—. Lamentablemente, mi amo está de viaje.
—¿Quiénes son ustedes?
—Con mucho gusto responderé a esa pregunta, pero primero necesito ver alguna identificación.
El capitán mostró el medallón de los sabuesos del rey. El de la lámpara estiró el brazo y entornó los ojos para ver mejor. Luego dijo:
—Bien. Mi nombre es Guden. Él es mi hijo Baraku. Soy el jefe de la guardia.
—¿Dónde está su amo?
—Está de viaje, capitán. Por desgracia, no puedo decirle más. Mi amo es un hombre reservado.
—Ya veo —dijo el capitán.
—Pero con gusto podemos entregarle un recado.
Arjen lo pensó por un momento.
Está intentando decidir si estos hombres dicen la verdad o mienten , pensó Zark. Están demasiado nerviosos. Algo ha pasado, y no quieren decirlo.
—Creemos que su amo está en peligro —dijo Arjen—. Queremos advertirle. Quizá, si nos permiten pasar, pueda dejarle un mensaje escrito.
—Con todo respeto, capitán, no puedo abrir la puerta sin instrucción directa de mi amo —respondió Guden, tenso—. Pero si me deja el mensaje, yo me encargaré de entregárselo.
—¿Y por qué está todo a oscuras? —preguntó el sargento Zark—. Ni una sola luz, ni una sola antorcha.
El jefe de la guardia se encogió de hombros:
—Así acostumbramos cuando el amo no está en casa.
—Más difícil identificar a un intruso si no hay luz alguna —insistió Zark.
—¿Un intruso? No hemos tenido nunca un intruso, ¿verdad, hijo?
El muchacho, con los ojos bien abiertos y la frente empapada de sudor, respondió casi sin parpadear:
—Ninguno, ’apá.
—¿Cuándo regresará el maese Joldán? —preguntó Arjen.
—En un par de semanas —respondió Guden.
—¿Un par de semanas?
—Así es, mi capitán.
—Bien. Pues en un par de semanas nos veremos por aquí.
—Con gusto, capitán. Tendrá usted franca entrada, ya estando aquí mi amo.
Se dieron la vuelta y se retiraron. Cuando estaban a una distancia segura, Zark dijo:
—No nos iremos, ¿cierto?
—Correcto, sargento.
—Vamos a entrar, ¿verdad?
—Sí. En cuanto esos dos se alejen, entraremos. Porque hay algo turbio allí dentro.