La entrevista
DESCENDIERON AL CALABOZO.
La escalera de piedra era angosta y en espiral. El soldado que los guiaba había encendido una lámpara. Tanto el sargento como el capitán encendieron también sus respectivas velas, esas que siempre llevaban en el bolsillo junto con el pedernal y el eslabón.
Llegaron al nivel subterráneo, donde los recibió un olor penetrante a humedad, orines y excremento. Podían escuchar el gemido de algunos desdichados y el chillido de las ratas que merodeaban por allí.
Al pasar frente a las celdas, los prisioneros que aún tenían fuerzas para ponerse de pie o arrodillarse pedían agua por piedad, misericordia en el nombre de Eluvá, y al menos dos o tres proclamaban su inocencia.
El soldado que los guiaba se detuvo y, señalando con la cabeza, dijo:
—Es él.
Tras los barrotes vieron a un joven sentado en el suelo, recargado contra la pared.
Los pies estaban sujetos por un cepo de madera, y las muñecas encadenadas a un par de anillos en la pared, de modo que sus brazos quedaban extendidos hacia arriba.
Como el prisionero estaba bien asegurado, la puerta de acceso a la celda no tenía candado.
El soldado la abrió —el rechinar hizo eco en todo el calabozo— y les cedió el paso.
El sargento y el capitán entraron. El soldado se retiró.
El muchacho tendría unos quince años. Estaba desnudo, salvo por un pañuelo que le cubría las partes íntimas, y los miró con terror. Aunque era delgado, tenía los músculos bien definidos.
—¿Cuál es tu nombre, hijo? —le preguntó el capitán al acercarse.
El joven tragó saliva y comenzó a respirar hondo, visiblemente nervioso.
—Mi nombre es Kal, mi señor.
—Yo soy el capitán Arjen, de los sabuesos del rey. Él es el sargento Zark.
Los ojos de Kal se abrieron con asombro. Asintió, pero no respondió.
—¿Sabes por qué estás aquí?
Sacudió la cabeza:
—No lo sé, señor mío. Encontré a mi maestro y a su esposa muertos, y cuando llegó la guardia real me hicieron preguntas.
Respondí todas con sinceridad. De repente me tomaron, me apresaron y me arrojaron aquí.
¡No he hecho nada, señor! ¡Mi madre debe de estar muy preocupada!
Solo me tiene a mí; mis dos hermanos murieron. Seguro me busca por la ciudad.
—Escúchame bien, joven Kal —dijo Arjen—. A menos que cooperes completamente con nosotros, te quedarás aquí hasta morir. ¿Me entiendes?
—Pero yo… ¡soy inocente!
—Eso no cambia nada. Estarás aquí hasta que el capitán de la guardia lo decida. Hasta que digas lo que quiere oír. En otras palabras: nosotros somos tu única esperanza. Yo puedo sacarte de aquí. Pero debes decirme todo.
—Se lo diré, mi capitán. No tengo nada que ocultar. ¿Qué habría de ocultar? Soy aprendiz de platero. Joven, pero honrado. Soy lo único que le queda a mi madre.
Es un joven inteligente, pensó Zark.
—¿Encontraste muerto a tu amo?
—No es mi amo, sino mi maestro. Soy hombre libre.
Pobre, pero libre. No siempre fuimos pobres.
En vida, mi padre fue mercader, y llegué a tener unos años de educación.
Aprendí a leer, y puedo escribir un poco.
Sin embargo, desde su muerte y la de mis hermanos, y por la edad de mi madre, nos vimos sumidos en la pobreza.
La triste historia de muchas personas en este reino , pensó el sargento.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando para él? —le dijo Arjen.
—Un año… un poco más de un año.
—¿Cuál es su nombre?
—Maese Jorab. Así lo conocen todos en el mercado.
—¿Y el de su esposa?
—No lo sé, capitán. Nunca hablaba de ella, y ella jamás visitó la platería. Nunca. Ni una sola vez.
—Cuando los encontraste muertos, ¿alguien se llevó algo? ¿Alguien movió los cuerpos?
—No, capitán. Lo juro. Me aseguré de ello. Además, la guardia llegó relativamente rápido. No dio tiempo para la rapiña y, de todas maneras, los aposentos no tenían muchas cosas qué robar.
—¿Qué sabes del pasado de Jorab? —preguntó Zark, su voz haciendo eco en la penumbra.
—Tampoco mucho. Me dijo una vez que había sido rico. Que hizo un negocio años atrás, pero todo se vino abajo.
—¿Cómo que todo se vino abajo? —dijo el capitán Arjen.
—«Lo perdí todo por estúpido», me dijo. Sospecho que fue por el juego.
—¿Una apuesta?
—Varias. Probablemente muchas. El maese Jorab era propenso a jugar, sobre todo a los dados. Varias mañanas llegaba con aliento alcohólico y furioso por haber perdido el dinero ganado el día anterior.
—¿Qué más hacía Jorab?
—¿Además del taller?
—Sí, además de la platería.
—Eso no lo sé, mi capitán. Nunca fuimos amigos. Yo solo trabajaba para él. Soy… era su aprendiz —agregó, con los ojos llorosos.
—¿Quién más trabajaba con ustedes?
—Nadie más. El taller es muy pequeño. Hacíamos cadenitas, dijes, anillos, aretes… sobre todo de plata, pero también algunas pulseras de cobre o cuero. Vendíamos piedras semipreciosas, usted sabe.
—¿Por qué alguien querría matarlo?
—No tengo idea, mi capitán. Esa es la verdad. ¿Por qué querrían matar a mi maestro y a su esposa, y de esa manera tan vil? Nunca tuvimos problemas con nadie. Con un negocio tan pequeño, las relaciones con los clientes suelen ser buenas.
—¿No puedes pensar en alguna razón? —insistió el capitán—. ¿Algo extraño que haya mencionado alguna vez, algo que hayas visto que te pareció… fuera de lugar?
El joven se quedó pensando por un momento, frunciendo el ceño. De pronto, algo se le vino a la mente. Su semblante se iluminó.
—Hace un par de meses… sí, fue hace un par de meses que lo escuché hablar con un cliente. Dijo algo raro. Yo estaba trabajando, así que no puse mucha atención, salvo que oí algo como: «Si logra escapar, vendrá a por nosotros».
—¿Quién dijo eso?
—El cliente. Y maese Jorab respondió: «¡Imposible! Nunca saldrá de allí».
—¿Quién era ese cliente? ¿Lo conoces?
—Sí. Su nombre es Joldán, escribano.
—¿Escribano, dijiste? —preguntó Zark.
—Así es.
El sargento y el capitán se miraron.
—¿Sabes dónde vive ese escribano? —le preguntó Arjen.
—No lo sé. Si lo supiera, se lo diría, mi señor. ¡Lo juro por Eluvá, lo juro por los Siete Profetas!
—Está bien —dijo el capitán—. Está bien. Te sacaremos de aquí, hijo. Cuando salgas, mantente alerta. Y si ves o escuchas algo, pregunta por mí en el cuartel. Pero ten cuidado. El que mató a tu maestro podría querer atar cabos sueltos.
—Bendito sea usted de Dios, mi capitán. Lo prometo. Prometo que le diré cualquier cosa que escuche. Y estaré alerta.
Salieron del calabozo, subieron las escaleras y exigieron la liberación inmediata del muchacho.
Reanán, por supuesto, al principio se negó, hasta que Arjen mencionó que mandaría traer a un juez para entrevistarse con el joven y determinar si su encierro era legal. Después de todo, era un hombre libre.
Al poco tiempo liberaron al muchacho.