Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Abruptamente interrumpido
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Abruptamente interrumpido

JOLDÁN HIJO DE Joldán habitaba en una mansión en la cima de una pequeña colina. Era un lugar exclusivo, con una muralla exterior que resguardaba y delimitaba su terreno. Por detrás de la muralla asomaba una hilera de delgados pinos.

Al llegar al portón, desmontó del caballo. Ya lo esperaba el mozo de su establo, quien tomó las riendas.

Su vigilante, llamado Guden, encargado de la seguridad de la casa, le abrió el portón.

—¿Algo que necesite, mi señor?

—Que esté listo mi baño.

—Por supuesto, mi señor. Lo diré al mayordomo. ¿En cuánto tiempo?

—En una hora.

—Así será, mi señor —respondió Guden.

Mientras subía la calzada empedrada hacia la puerta principal, Joldán admiró sus jardines. No sabía nada de jardinería, pues era un hombre de letras. Sin embargo, tenía tres criados que se aseguraban de mantener todo bien podado.

Su esposa había muerto tres años atrás, por lo que ahora disfrutaba de la compañía de distintas mujeres. Ya no era joven. A sus sesenta años, la única manera de conseguir el tipo de mujer que lo satisfacía era pagando por ello.

Pero tenía dinero. Mucho dinero.

Llegó a la entrada de la mansión, abrió la puerta y lo invadió el aroma de la comida que ya preparaba el cocinero. Algún tipo de estofado. Se le hizo agua la boca. Tenía hambre.

Subió las anchas escaleras, recorrió el pasillo a la izquierda y entró en su despacho personal. Las paredes estaban repletas de libros, volúmenes que le habían costado una fortuna. Libros que apenas había hojeado. Eso es sin contar los libros que también tenía abajo, en la biblioteca.

Era un hombre de letras, sí, pero no un lector.

Sonrió al pensar en eso. Otro tipo de letrado, se aseguró.

Al recostarse en uno de los sillones, cerró los ojos. Se quedó dormido hasta que una de las criadas llamó dos veces a la puerta.

—Adelante —dijo.

Ella se asomó:

—Mi señor, su baño está listo.

Era Adalina, una de sus criadas.

—¿Bien caliente?

—Justo como le gusta, mi señor.

—Hoy quiero que me bañes tú.

Una breve pausa.

—Así será, mi señor.

Se puso él de pie, pensando en su buena vida. Quién lo hubiera pensado. Todos lo habían considerado una basura, un bueno para nada, alguien que jamás llegaría a figurar.

Pero mírenlo ahora: en una mansión repleta de criados.

A diferencia de los demás, yo supe qué hacer con el dinero , se dijo. Por eso soy uno de los escribanos más ricos de Tresden.

Bajó las escaleras, giró a la derecha y llegó al baño. Abrió la puerta. El cuarto estaba lleno de vapor. Entró en la bañera de mármol, lo suficientemente grande como para acoger a cuatro personas. En otras ocasiones había tenido compañía de más de cuatro.

Se quitó toda la ropa y se la entregó a su criada, una joven de unos veinte años.

Al sumergirse en el agua, Joldán sintió un relámpago de irritación.

—Le falta más sales —dijo—. Trae las sales anuminas que compré. ¿No te dije que las usaras?

—Lo siento, mi señor. Yo…, no recuerdo que me dijera…

—¿Me llamas mentiroso?

—¡No, mi señor, de ninguna manera!

—¡Ve y tráelas, pues! —dijo. Luego añadió—: Y luego entra aquí conmigo.

—Sí, mi señor —respondió ella, y se retiró.

Joldán reclinó la cabeza en el borde de la pila, con el vientre y el resto del cuerpo sumergidos en el agua caliente. Cerró los ojos.

Me rodea la incompetencia.

Pronto necesitaría contratar a otro asistente personal, porque los negocios se estaban multiplicando más allá de lo que podía organizar. Un buen problema a tener, por supuesto.

Aunque disfrutaba de la compañía de distintas mujeres, no tenía heredero, por lo que últimamente pensaba en casarse con alguna mujer hermosa y tener hijos. De lo contrario, ¿de quién sería todo esto? No tenía ningún familiar a quien quisiera dejarle sus posesiones.

Un montón de sanguijuelas .

Su madre había muerto, al igual que su hermano mayor. Y al menor no lo soportaba.

Sus planes y pensamientos se vieron abruptamente interrumpidos cuando alguien lo sujetó con fuerza por la garganta, inmovilizándole la cabeza.

Abrió los ojos y, aterrado, se percató de que un hombre lo tenía bien agarrado, como si intentara asfixiarlo, usando el brazo como una pinza.

Antes de que pudiera gritar (o intentarlo), el intruso lo golpeó con fuerza en el pecho.

Puesto que no podía mover la cabeza, bajó los ojos y, con horror, vio que un cuchillo largo estaba enterrado en su pecho, a la altura del corazón.

Su mente le decía que debía sacarse el cuchillo de inmediato. Pero sus manos no le respondieron; solo le temblaban. ¿Por qué no le respondían? ¡Tenía que sacar ese cuchillo, ya !

¿Dónde está esa maldita criada? Si tan solo no hubiera olvidado ponerle las sales adecuadas, estaría allí en ese momento y podría alertar a Guden y su hijo, que vigilaban su casa.

Malditos sean , pensó, mientras la vista se le comenzaba a nublar. Les pago una fortuna… ¿para esto?

Levantó la mirada para ver al hombre, pero no tenía idea de quién era. De repente pensó reconocer esos ojos.

Por Eluvá… ¿es él?

Las pupilas de su asesino estaban dilatadas, y lo observaban con una mezcla de ira y fascinación.

Joldán quiso preguntarle por qué. Por qué después de tanto tiempo.

Pero no pudo. Todo se volvió negro.

Poco tiempo después, cuando el asesino huía sin que nadie lo viera, la criada entró al baño y, al ver a su amo flotando en la bañera, cuya agua se tornaba carmesí, lanzó un alarido que se oyó por toda la casa.