Los sabuesos del rey: Libros 1-5 El calabozo del condado
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El calabozo del condado

PASARON EL RESTO del día y parte de la tarde interrogando a los curiosos y también a las personas que habitaban cerca, para ver si alguien había visto algo.

Se repartieron la labor entre los cuatro, para cubrir a más gente.

Zark se encontró con una situación habitual: algunos estaban muy listos para hablar, otros renuentes, y unos pocos se negaron porque, según ellos, no sabían nada.

El sargento no percibió que los entrevistados ocultaran algo.

Eso sucedía en algunas ocasiones, sobre todo cuando era evidente que todos sabían algo pero no estaban dispuestos a decirlo.

Por ejemplo, cuando el asesinado era parte de alguna banda criminal, pero nadie lo decía por miedo a represalias.

Pero en este caso, la situación era no era así.

Los que conocían a los muertos afirmaban más o menos lo mismo: que era una pareja tranquila.

Él salía por la mañana y regresaba al anochecer, mientras que la mujer típicamente se quedaba adentro, encerrada, sin salir.

Una pareja reservada, de tal manera que ninguno sabía exactamente a qué se dedicaba el ahora muerto.

Llevaban un par de años viviendo allí, pero nadie sabía de dónde venían.

Como cosa extraña, el vecino inmediato —un hombre de edad avanzada que habitaba en los aposentos contiguos— aseguró que el nombre del muerto era Jacab, y no Jorab.

Le dio un nombre falso , pensó el sargento. Asumiendo que nosotros tenemos el correcto.

A la hora novena del día decidieron buscar algo de comida. 11 Para entonces, la guardia de la ciudad ya había enviado una unidad de soldados a recoger los cuerpos, retirarlos y asegurar el lugar.

Caminaron un par de cuadras y optaron por un mesón pequeño, cuyo comedor no estaba muy concurrido y parecía acogedor. Pidieron una sopa de carne con verduras, pan y vino aguado, comieron de buena gana y discutieron la información recabada.

Tanto el capitán como Traco y Amaret Etán llegaron prácticamente a las mismas conclusiones que el sargento.

—Una pareja reservada que no quería llamar la atención —dijo Traco.

El sargento segundo era un hombre fornido, de cabello negro y rizado, con tanto vello en brazos y piernas que parecía más un primo de los lobos que un miembro del ejército.

No llevaba barba y su tez era morena, tostada por el sol.

De la unidad del capitán Arjen, él y Amaret habían estado con ellos desde el principio, hacía cinco años.

Traco era un hombre decididamente valiente, veterano del ejército también, con una reputación interesante.

Se decía que en una ocasión se lanzó a un pozo en donde había caído un oso.

Luchó contra el oso con una lanza y lo venció.

Era invierno. Usó la piel del animal para hacerse una manta.

—Será imperativo encontrar más información sobre la pareja —dijo el capitán.

—Cuando nos entrevistemos con el aprendiz —dijo Zark, quitándose con la uña un pedazo de carne atorado entre los dientes.

—Sí. Habrá que apretarlo bien, que diga todo lo que sabe.

—Capitán, ¿le gustaría que sigamos investigando alrededor? Probablemente alguien vio algo, solamente es cuestión de encontrar a esa persona —dijo Amaret Etán.

Al igual que Traco, Amaret Etán llevaba con ellos desde el principio.

Sin embargo, a diferencia de Traco, era un joven de cabello rubio, ojos azules y mirada inteligente.

No era veterano del ejército, sino que había aplicado directamente a los sabuesos del rey.

Fue escogido por su capacidad mental y su técnica de combate, pues aunque era delgado, ejercitaba su cuerpo y sabía usar la espada como cualquiera de ellos. Era un feroz espadachín.

Eladán, también era miembro de la unidad, se había tomado una semana para visitar a sus padres en un pueblo costero de Nurani.

Y Arran… había emprendido ya el viaje eterno.

Zark prefería no recordarlo, porque cada vez que venía a su memoria la manera en que Arran había sido brutalmente asesinado, se llenaba de nuevo de ira, en especial sabiendo que uno de los responsables por su muerte había logrado escapar.

—Sí —le respondió el capitán a Amaret Etán—. Encárguense Traco y tú. Hoy, y si es necesario, mañana también.

—Sí, mi capitán —respondieron ambos.

—Nosotros iremos a entrevistarnos con el aprendiz del platero —continuó Arjen—. Veremos qué información nos da.

—::—

Al meterse el sol legaron al calabozo del condado, cercano al palacio condal, resguardado por la guardia real.

—Maldición —murmuró Arjen al ver que frente a la puerta del calabozo estaba de pie Reanán Acuria, uno de los capitanes de la guardia.

Reanán, que conversaba con cinco soldados, los vio, levantó las cejas, alzó las manos y dijo en voz alta:

—¡Eluvá me acompaña! Pero qué ven mis ojos, si no es a los dos famosos sabuesos del rey, ¡los aventureros más gallardos, los verdaderos protectores del reino!

Los soldados se rieron, aunque no de manera desmesurada, porque al fin y al cabo era mala idea burlarse de sabuesos.

Maldito envidioso, se dijo Zark. Era eso, pura envidia. Mientras que Arjen y Zark aborrecían la fama que les había traído los folletines del Bardo, Reanán la anhelaba.

—¿Qué noticias, Reanán? —respondió el capitán deteniéndose a unos pasos de ellos y evitando la provocación del sarcasmo.

—Nada que reportar, capitán Arjen. Mucho menos ahora que ustedes están aquí. ¡Hasta me siento más seguro!

Un hombre nefasto, pensó Zark.

Lo conocieron en el ejército. Había pertenecido a la misma milicia que ellos, aunque a una centuria distinta.

Era un hombre alto, tan alto como Arjen, si bien más robusto y de quijada cuadrada, barba espesa, negra, bien recortada.

Un hombre de caminar elegante y cara soberbia, el tipo que capturaba las miradas y provocaba los suspiros de las jovencitas, aunque debía tener ya unos cuarenta años.

—¿A qué se debe su visita? —continuó Reanán—. De haber sabido, habría sacado la alfombra azul.

—Un prisionero que está aquí. Un joven aprendiz de platero.

—¿Y qué tienen que ver ustedes con él?

—Necesitamos hacerle unas preguntas. Nos dijeron que estaba aquí preso.

—¿Sobre el asesinato doble?

—Así es.

—Un sargento mío está a cargo de esa situación, capitán Arjen —dijo Reanán, repentinamente serio.

—Nos mandaron llamar, sin embargo.

—¿Quién los mandó a llamar?

—El comandante Acklen. Si tienes un problema con ello, puedes preguntarle a tu propio comandante. Me imagino que fue él quien mandó la señal.

Eso no le gustó nada a Reanán. Sus ojos relampaguearon.

—Nosotros podemos encargarnos, Arjen —respondió—. No necesitamos a un par de perros haciendo nuestro trabajo.

Pocas personas se atreverían a hablarle así a unos sabuesos del rey. Pero conocían a Reanán desde hacía tiempo, por lo que la rivalidad llevaba años. Además, el capitán de la guardia era un protegido del conde Gasco de Valda y, por lo tanto, intocable. Un hijo bastardo, se decía por allí.

—Parece que tu comandante piensa lo contrario —respondió Arjen—. Una vez más tengo que hacer yo tu trabajo. Me recuerda al ejército.

Las mejillas de Reanán se tiñeron de rojo, y una vena le saltó en la frente.

—Con cuidado, capitán, que estás en mi condado.

Arjen, que no se inmutaba ante nadie, y mucho menos delante de ese bastardo, dio unos pasos hacia Reanán, para mirarlo de frente y de cerca.

—¿Tu condado, dices? No, Reanán, en eso estás muy equivocado, como de costumbre. Este condado lo salvaguardamos nosotros.

—¿Sí? No me digas. —Reanán puso la palma de su mano sobre el pomo de la espada.

—Piensa muy bien tu próximo movimiento. Porque aquí hay testigos. Te juro por el Viviente-que-me-ve que, si esa hoja sale media pulgada de la vaina, tu sangre será sobre tu propia cabeza.

Los dedos del capitán de la guardia se movieron nerviosos por encima del pomo, pero sin cerrarse sobre la empuñadura.

El sargento Zark, por un lado, esperaba que Reanán se atreviera.

No le cabía duda de que saldría muerto o herido, y la afrenta sería tal que jamás se atrevería de nuevo a burlarse de ellos, por lo menos no frente a frente.

Por otro lado, sabía que un combate entre dos capitanes daría mucho de qué hablar, y podía convertirse en un tremendo dolor de cabeza.

Los duelos estaban formalmente prohibidos por la ley, pero una cosa era lo que la ley decía, y otra lo que la sociedad aceptaba.

En la sociedad todavía se consideraba apropiado matar a otro por cuestión de honor.

No se va a atrever. Sabe que perdería.

Dicho y hecho. Reanán bajó la mano a su costado. Tenía ahora todo el semblante colorado y un tic en el ojo.

—¿Dónde está el preso? —preguntó Arjen, firme.

—Pasa a buscarlo —le dijo el capitán de la guardia entre dientes.

—No. Manda a un hombre que me muestre el camino.

Una pausa. Larga.

Finalmente:

—Sauel, muéstrales dónde.

—Sí, mi capitán —respondió uno de los soldados.

En voz baja, le dijo Reanán:

—Tarde o temprano terminarás desangrándote en un callejón, Arjen.

—Allí te espero. Veremos quién es el que termina con las tripas de fuera.

El capitán de la guardia se hizo a un lado para dejarlos pasar.