Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Un poema
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Un poema

LA PUERTA ERA resguardada por un par de soldados de la guardia. Eran dos jóvenes de unos veinte años, y a Zark le parecía que el uniforme les quedaba demasiado grande.

No debo olvidar que yo, cuando entré al ejército, era incluso más joven. Un niño .

Además de los dos soldados, debía haber unas treinta personas afuera.

Los curiosos, se dijo Zark.

Los soldados, al ver que se acercaban cuatro sabuesos, abrieron los ojos grandes, sorprendidos y emocionados.

—Buenos días, mis señores sabuesos —dijo uno de los guardias, de piel morena y cabello rizado—. Gracias por venir.

—¿Qué es lo que tenemos, cabo? —preguntó el capitán Arjen.

—Dos muertos, mi capitán.

—Guíanos.

Entraron a los aposentos. Zark encendió su pipa mientras contemplaba el lugar. Bastante pequeño, un cuarto oscuro, deprimente, húmedo. Una mesa de madera con sillas, sillones probablemente infestados de insectos, y una puerta abierta que conducía al dormitorio.

Dos cuerpos.

Se acercaron a ellos.

Zark se arrodilló junto al primero, un hombre de cabello gris y entradas pronunciadas.

Estaba tirado junto a una de las sillas frente a la mesa, parecía simplemente haberse caído de ella.

Excepto que un charco de sangre se había formado bajo su cuerpo.

La herida, a juzgar por el manchón en la túnica, era en el pecho.

Tenía los párpados a medio cerrar y un extraño rictus en la boca, una mueca imposible de saber si era de dolor, de sorpresa, o de la decepción que invade a la persona que se ve repentinamente enfrentada con su propia muerte.

La mujer estaba tirada en el suelo al otro lado de la mesa, a unos pasos de la puerta que daba hacia el dormitorio.

Tenía las piernas dobladas en un ángulo extraño.

El criminal le rebanó el cuello. Ella vestía una túnica para dormir sencilla, ahora manchada de la sangre que había brotado de su cuello.

Las manos, también, las llevaba manchadas de sangre, probablemente al intentar detener el sangrado.

Por si eso fuera poco, el asesino les había dejado un pequeño mensaje, escrito sobre la madera de la mesa con la sangre de uno de los fallecidos.

Decía:

La justicia fue primero

Sobre la esposa y el platero

No habrá muerto en vano

Cuando sangre el escribano

El joven soldado, quien entró detrás de ellos, dijo:

—El muerto es, de hecho, un platero.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Zark.

—Nos lo dijo la persona que los encontró muertos.

—¿Sí? ¿Quién fue?

—Un joven aprendiz que trabajaba con el fallecido. Vino a buscarlo cuando no se presentó en el taller. Encontró la puerta sin atrancar, y a ellos adentro. Comenzó a dar alaridos, por lo que vecinos y curiosos entraron.

—Maldición —dijo el capitán—. ¿Movieron algo?

—El aprendiz me asegura que no. Que nadie movió nada, nadie se llevó nada.

—Me sorprende. Tendremos que hablar con él. ¿Dónde está?

—Nuestro sargento se lo llevó al calabozo del condado, para interrogarlo allí.

—Bien hecho —respondió el capitán. Luego, dirigiéndose a Zark—: ¿Qué piensas, sargento? ¿Un asesino, o dos?

—Pudieran ser dos, pero me inclino por uno.

—¿Por qué?

Apuntó a la mesa:

—Por la inscripción.

—Sí —dijo el capitán—. También me da esa impresión. El trabajo de una sola persona. Una persona con ciertas características. Es inteligente, porque la inscripción está escrita en una rima, aunque una rima sencilla. Pero no tiene ninguna falta ortográfica, está escrita en perfecto erkandés.

—Una persona educada.

—Así es.

—También sabe usar su espada —dijo el sargento—. Mató a los dos de un solo golpe. Al hombre, perforándole el corazón, y a la mujer cortándole la garganta.

—Un hombre inteligente y fuerte que sabe usar las armas.

Examinaron de cerca ambos cuerpos, intercambiando comentarios o información que les pareciera relevante. Luego dirigieron su atención al poema.

—Las primeras dos líneas parecen hacer referencia a estas dos víctimas —sugirió el capitán—. El platero y su esposa. ¿Sabemos el nombre del platero?

—Sí, mi capitán —respondió al cabo—. Jorab hijo de Sarve.

—Muy bien.

—Su esposa se llama Minarana.

—Dice «la justicia fue primero» —observó Zark.

—¿Qué nos dice eso, sargento?

—Que el asesino cometió su crimen como un acto de justicia, desde su forma de pensar. Y que es el primero… ¿de varios?

—Posiblemente, sí —asintió el capitán, pensativo—. Hay que buscar a alguien que tenga motivo para terminar con la vida de Jorab y su esposa.

—¿Y las segundas líneas? «No habrá muerto en vano cuando sangre el escribano».

El capitán entornó los ojos. Dijo:

—No puede ser referencia a la mujer, si fuera así habría escrito «escribana».

—Además, en Tresden ese no es un oficio común en las mujeres.

—Me parece, sargento, que el asesino nos está diciendo cuál será su próxima víctima.

—¿Un escribano?

El capitán asintió.

El sargento Zark chupó su pipa y exhaló una larga bocanada de humo:

—¿Y por qué nos diría eso?

—Porque está seguro que no podremos encontrarlo.

—¿Quiere jugar con nosotros?

—Puede que sí, puede que no. Quizás solo sea vanidad.

—Un hombre presumido.

—Sí…, aunque se me ocurre otra posibilidad. Antes de que llegara la guardia, entraron aquí muchos vecinos curiosos. ¿Te puedes imaginar? El chisme ya debe estar llegando a la muralla norte.

Zark se rio:

—Los chismes viajan más rápido que una paloma mensajera.

—Es así, querido sargento. Entonces, pudiera ser que el asesino no se está burlando de nosotros. Más bien…

—Está avisando a su próxima víctima.

—Sí. Le está diciendo: «Prepárate. Voy a por ti».