Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Tenemos trabajo
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EL SARGENTO PRIMERO Zark, el sargento segundo Traco, y el cabo Amaret Etán caminaron en dirección del cuartel del séptimo distrito de los sabuesos del rey. Habían acordado con el capitán Arjen almorzar en una taberna al suroeste del cuartel.

Al caminar por las calles adoquinadas de la ciudad —llenas de personas que iban y venían, algunos a pie, y unos pocos sobre mulas o encima del pescante de un carromato— la gente se apartaba de ellos con una mirada de respeto o bajando la vista.

El uniforme negro de los «sabuesos» era bien conocido no solamente en la colosal ciudad de Tresden, sino en el reino entero.

Al llegar a la taberna de Los Tres Reyes, entraron y el sargento Zark vio que el capitán ya los esperaba en la mesa de la esquina, junto a la puerta que daba hacia el angosto callejón de atrás.

Siempre prevenido , pensó el sargento. No importaba adónde iban, tanto él como el capitán siempre pensaban en tener vías abiertas de escapatoria.

No que les gustara efectuar retirada, pero por lo menos tener la opción, en caso de ser necesario.

Uno pensaría que nadie se atrevería a matar a un sabueso en una taberna y a plena luz del día, pero en estos años de servicio al rey habían hecho ya tantos enemigos que constantemente tenían que cuidarse las espaldas.

Tresden era, al final, no solamente la capital del reino y por lo tanto la ciudad más grande, sino también la más peligrosa.

Llena de bandidos, sabandijas, buenos para nada y matones a sueldo.

Por eso, precisamente, el rey Aiván III (que viva para siempre) había hace cinco años establecido la Honorable Compañía de la Justicia del Rey… , los «sabuesos del rey».

Para Zark Sedare, la vida como sabueso era mejor que la vida que vivió como soldado.

La paga era mejor, y todas las noches le aguardaba una comida caliente y una cama relativamente cómoda en las barracas del cuartel.

Muy diferente a las noches a la intemperie, bajo la lluvia y con los mosquitos picoteándole en todo el cuerpo.

Sí, literalmente en todo el cuerpo. Esa maldita guerra contra los ragidianos había durado cincuenta años, y llevaban cinco de paz.

Y él, con sus treinta y ocho inviernos vividos, apenas podía recordar un mundo distinto.

Y al final ¿para qué? Para que se firmara un supuesto tratado de paz, para que el emperador Glodiaga se escapara de la horca y se replegara a su pocilga de isla, y para que ahora vivieran con el constante temor de una nueva invasión repentina.

—Capitán —dijo el sargento Zark al acercarse a la mesa y saludando con la mano al pecho.

El capitán Arjen Dabidji apuntó con el mentón:

—Tomen asiento, soldados.

Los tres lo hicieron. Se acercó un criado para traerle a cada uno de ellos un vaso con aguamiel y pan recién horneado con mantequilla.

Todos tenían hambre, así que pidieron el platillo que se ofrecía esa mañana: pescado ahumado con cebolla encurtida, papa con zanahoria, tortas de avena con mermelada de fresa, y una jarra de aguamiel.

La comida no tardó mucho. Aunque el establecimiento estaba medio lleno, siempre le daban prioridad a los sabuesos. Era una buena idea para cualquier taberna estar en buenos términos con los representantes de la ley.

Se pusieron a hablar de política interna.

Recientemente el comandante del cuartel de la segunda zona de los sabuesos del rey se había retirado del servicio militar.

Lo normal sería que uno de los capitanes de dicho cuartel fuera ascendido, pero circulaba un rumor que el mayor Navadato consideraba mover un capitán de otro distrito para ascenderlo a comandante de dicho cuartel.

Varios nombres se consideraban como los favoritos entre los soldados, y uno de ellos era, por supuesto, el del capitán Dabidji, pues era probablemente el sabueso más famoso debido a esos malditos folletines que escribía Brisbán el Bardo.

Zark levantó la vista para ver a su capitán. Era dos años mayor que él, con ojos oscuros y la piel curtida por el sol. Cabello negro y barba del mismo color, recortada. Parecía siempre estar pensativo, con el ceño fruncido y los ojos concentrados, así fuera en comer, como lo hacía ahora.

Espero que no lo llamen a ser comandante, pensó Zark.

No que quisiera evitar el ascenso de su capitán y amigo.

Más bien sabía, y estaba completamente seguro, que Arjen lo odiaría.

Convertirse en comandante significaba pasar la mayor parte del tiempo acuartelado, y el capitán odiaba eso.

De hecho, en su propio cuartel era el único capitán que salía con frecuencia al campo.

—¿Y por qué no elegirían al capitán Varanati? —se preguntó Amaret Etán—. Dicen que es un buen elemento.

—Demasiado joven —replicó Traco.

—¿Joven? ¿Qué tendrá, unos treinta? Eso ya no es joven, sargento.

El sargento segundo Traco se encogió de hombros:

—Todos sabemos quién sería el ideal. —Levantó la vista como no queriendo, pero el capitán Arjen seguía con la mirada puesta en la mesa, como si fuera un mapa que analizaba.

—No digas mi nombre —dijo Arjen en voz baja—, no sea que te oiga Eluvá y te lo conceda.

—Pero ¿no le gustaría, mi capitán? —insistió Traco.

—No.

—Estar en la sombrilla en lugar de todo el día en el sol, en la lluvia, en las malolientes calles de esta ciudad.

Arjen simplemente negó con la cabeza y decidió cambiar la conversación.

Preguntó sobre el crimen del asesino del tulipán, y Zark lo puso al tanto de la conversación de esa mañana, cuidadosamente relatando todos los detalles y respondiendo a cada pregunta que hacía el capitán quien, aunque seguía comiendo, escuchaba cada palabra con suma atención.

—El problema es que no tenemos una pista clara a seguir —dijo Zark.

—Tendremos que ir de nuevo al lugar del crimen y entrevistarnos con todas las personas alrededor. Así nos tome un mes entero. Si alguno de ellos vio al asesino, podría darnos un dato fundamental.

—Me parece bien, mi capitán —dijo Zark.

Se acercó a ellos un joven de unos ocho años, sudando y jadeando. Era un corredor, un mensajero que por unos cuantos cobrines andaban por la ciudad a toda velocidad ya sea llevando mensajes, objetos, o atendiendo mandados.

—Mi señor capitán —dijo el muchacho saludando con la mano al pecho como si fuera soldado.

—Dime, hijo —respondió Arjen.

—Un mensaje urgente del cuartel. —Le extendió una hoja amarilla de papel.

El capitán la tomó. El muchacho se retiró a algún otro mandado; cobraría su tarifa por la tarde en el cuartel.

Al terminar de leer el mensaje, dijo el capitán:

—Terminen de comer, muchachos, que tenemos trabajo.