Una silueta
ZARK ENTRÓ A la habitación detrás del cabo Grenden. Acababa de sonar la campana anunciando la hora primera de luz. El sol apenas asomaba. Una mañana fresca.
—Allí es donde la encontré —dijo el cabo.
Zark Sedare, sargento de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey, se acercó a la cama.
—¿Justo aquí? —preguntó.
—Sí, justo allí.
Era la habitación de un pobre. Un cuarto pequeño, de unos cinco pasos largos de ancho y lo mismo de largo, sin horno o chimenea, sin estancia, mucho menos una letrina.
Solamente un armario viejo, una cama en donde apenas cabría una persona, y un buró que en algún tiempo habría estado pintado de verde.
—Descríbeme lo que viste —dijo Zark.
El cabo dijo que sí con la cabeza y adoptó un semblante serio, pensativo.
—El cabo Venplás y yo vimos la puerta abierta mientras patrullábamos.
—¿Quién primero vio la puerta abierta?
—Pienso que al mismo tiempo. Cuando Venplás me apuntó a ella, yo había visto ya que la puerta estaba abierta.
—Muy bien. ¿Después…?
—Entramos y se nos hizo extraño que sobre el buró estaba encendida una lámpara de aceite. De esas pequeñas, de barro, con mechero.
Zark asintió.
—Me sorprendí cuando vi a una mujer allí tendida, completamente desnuda. Me da un poco de pena decir esto, pero un cuerpo hermoso, si usted me entiende.
—Sí.
—No quiero faltarle el respeto a los muertos, pero en vida debió ser una mujer absolutamente hermosa. Cabello castaño, piernas largas, cintura pequeña.
—¿Supo inmediatamente que estaba muerta?
El cabo se apretó el labio inferior con el pulgar y el índice:
—No estoy seguro. Creo que al verla supe que algo andaba mal, pero no que estaba muerta.
—¿Por qué lo dice?
—Porque…, ¿cómo explicarlo? Bueno, por dos cosas. Primero, por la manera en que estaba acostada. La posición, digamos.
—No en una posición natural.
—No en la posición de alguien que duerme. Cuando una persona está dormida, su cuerpo se retuerce. Pero ella no. Perfectamente bien acostada.
—¿Y segundo?
—Porque no tenía sentido que una mujer hermosa estuviera desnuda, con la puerta abierta, con una lámpara encendida, y además en este barrio.
Tiene razón, pensó el sargento Zark. Estaban en el sur de la ciudad, no muy lejos de la gran muralla exterior.
Un barrio pobre, lleno de barracones, esos edificios de madera o piedra, normalmente de varios pisos de altura, en donde vivían atiborradas muchas personas en pequeños cuartos similares a este.
El sargento sacó su pipa. Con parsimonia la llenó y la encendió. Ese pequeño ritual le ayudaba a hacer una pausa y, además, a pensar.
¿Qué preguntaría el capitán?, se dijo. Aunque típicamente el capitán Arjen y él andaban juntos, en esta ocasión el capitán se había quedado en el cuartel de los sabuesos por cuestión de una junta de estrategia.
La mayoría de los capitanes de la Honorable Compañía se quedaban en el cuartel, y solamente salían a la ciudad en casos muy puntuales, y normalmente para tener alguna junta o para asistir a un evento. Eran los sargentos quienes se encargaban de llevar a cabo las misiones.
Pero el capitán Arjen no podía soportar quedarse todo el día en el cuartel. Era un hombre de campo, un hombre forjado en la guerra.
A Zark eso no le parecía mal. Sabía perfectamente bien que el capitán confiaba en él, y que el hecho de que salieran juntos no significaba que desconfiara del liderazgo o la capacidad del sargento.
Se hicieron buenos amigos en la guerra, y a decir verdad, el sargento prefería andar en la compañía del capitán en lugar de solo, como en esta ocasión.
Bueno, no estaba solo en realidad, afuera montaban guardia Traco y Amaret Etán.
Sin embargo, estaba solo en el sentido de que el capitán le encargó esta investigación en específico.
No era un caso nuevo. Ni siquiera era un caso de ellos. Más bien, apoyaban en la investigación.
—Así que te acercaste a ella —dijo el sargento—. ¿Cómo verificaste que había muerto?
—Le tomé el pulso.
—¿Tenía los ojos abiertos o cerrados?
—Cerrados. El cabo Venplás fue el que primero notó el tulipán entre los dedos.
Examinamos de cerca la flor, parecía haber sido cortada recientemente.
Entonces seguimos examinando el cadáver, buscando la herida de muerte.
Pero puesto que no encontramos sangre, tuvimos que mover el cadáver un poco.
No encontramos herida en la espalda, así que seguimos examinando hasta que nos dimos cuenta que había sido estrangulada, pero que las marcas fueron enmascaradas por un maquillaje bastante bien aplicado.
Esta muerte tiene prácticamente las mismas características del asesinato de la mujer en la cueva de la ciudad universitaria, pensó.
Un par de meses atrás, al investigar el asesinato del rector de la Universidad de Tresden, encontraron en una cueva el cadáver de una mujer bella. También había sido maquillada, estrangulada, y tenía un tulipán entre ambas manos.
No puede ser casualidad. Es el mismo asesino.
El sargento sintió un escalofrío. «Un asesino recurrente —había dicho el capitán—. Un asesino que tiene víctimas y mata de manera similar, pero por razones que nos son desconocidas».
—Cuando ustedes dos llegaron, ¿vieron algo más?
—Este cuarto estaba vacío.
—No me refiero aquí. Me refiero a alguna otra cosa extraña o fuera de lugar, sea aquí adentro o afuera.
Las cejas del cabo se arquearon:
—Por Eluvá…, lo había olvidado.
—¿Olvidado qué?
—Sí, vimos a alguien. Una silueta. Un hombre que andaba a la luz de una lámpara de aceite.
Cuando veníamos patrullando, debió percatarse y se alejó rápidamente.
Era pasada la medianoche, así que se nos hizo muy extraño.
No lo vimos salir de aquí, pero bien pudiera haberlo hecho.
Ahora que lo pienso, casi apostaría que sí.
Zark Sedare sintió un cosquilleo en la piel. Esta podía ser una pista crucial.
—¿Por qué no lo detuvieron?
—Íbamos a hacerlo, pero entonces vimos la puerta abierta y la luz encendida.
—¿Qué puedes decirme sobre la silueta?
—No mucho. Era de noche.
Zark se acercó a Grenden.
—Cabo, piénsalo bien. Quiero que hagas memoria. Probablemente viste al asesino.
—Vamos a ver —dijo, concentrándose—. Estatura, más o menos la misma de usted, sargento.
—¿Complexión?
—Pienso que gruesa, pero no obeso. Alguien fuerte, digamos.
—¿Color de piel?
—Imposible. Nos daba la espalda.
—¿Cabello?
—Tampoco estoy seguro, la lámpara la llevaba hacia el frente y proyectaba sombra en su espalda. Pero pienso que el cabello era oscuro.
—¿Cómo caminaba? ¿Con seguridad? ¿Cojera? ¿Alguna inclinación, vacilación…?
—Se alejó vigorosamente.
—Si tuvieras que adivinar, ¿qué edad piensas que tendría?
—Unos cuarenta años, sargento.
—Bien —dijo chupando la pipa y exhalando una larga bocanada de humo—. Bien hecho, cabo.
Te atraparemos, maldito , pensó. Solo esperaba que pudieran hacerlo antes de que matara a otra víctima.