Los sabuesos del rey: Libros 1-5 El hombre del manto negro
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El hombre del manto negro

SI HABÍA ESPERADO quince años para ejecutar su venganza, podía aguardar un poco más de tiempo.

La calle mal adoquinada estaba llena de tiendas y tenderetes, de vendedores ambulantes intentando hacer una última venta antes de que cayera el sol.

Era una noche fresca y agradable, y todavía por allí andaban muchas personas, en especial en esta angosta calle en la cual se instalaba un mercado ambulante el primer día de cada semana.

El hombre se había sentado justo afuera de un mesón, en una mesita sencilla de madera donde el criado le sirvió un vaso de aguardiente y un plato con aceitunas, jamón y queso.

—¡Aceites mágicos, aceites bendecidos por un sacerdote! Aquí, amigo, encontrarás la cura para la flema, y tú, amigo, ¡úntalo en tu cabello y verás los resultados en un par de días!

El hombre se preguntaba cómo, si uno de los aceites tenía la capacidad de hacer crecer el cabello como por arte de magia, el vendedor no lo untaba sobre su reluciente calvicie.

Salió el criado del mesonero, un joven de unos doce años y cabello rojo.

—¿Algo más que necesite, mi señor? ¿Le gustaría otro vaso de aguardiente?

El hombre tomó su vaso para ver cuánto le quedaba del líquido.

—Todavía no, hijo mío. Regresa en unos momentos.

—¿Le gustaría un platillo para cenar? La señora estará preparando esta noche una sopa de lentejas con carne. Deliciosa, si me permite decirlo.

Se le hizo agua a la boca, pero no era el momento para ello.

—Te lo agradezco, hijo. Esta noche no.

Esta noche tengo otros planes , pensó.

El muchacho hizo una leve inclinación con la cabeza y se retiró.

El hombre traía puesta la capucha, por cuestión del frío.

Era un hombre friolento. Había pasado quince años en un helado y húmedo calabozo, comiendo pan duro y sopa desabrida, acompañado por ratas, cucarachas y todo tipo de insectos.

Su cara estaba llena de arrugas, y bajo unas cejas pobladas asomaban unos ojos oscuros y fríos.

Debajo del manto vestía con una túnica oscura, y en el cinto de cuero colgaba la espada por un lado de la cintura, la daga por el otro.

Sin embargo, aunque delgado, era fuerte, con músculos tonificados. No desaprovechó esos años de encierro. Todos los días, sin excepción, ejercitó su cuerpo, sabiendo que tendría que estar en perfecta forma física si quería algún día escapar.

Y ese día llegó.

Se lanzó a la boca una aceituna, escupió la semilla, y entonces lo vio.

Sí, tenía que ser el.

Habían pasado quince largos años desde la última vez que lo miró, y aunque caminaba un poco más encorvado y había perdido algo de su cabello gris, reconocía el rostro.

El rostro de un traidor.

Al hombre del manto negro se le aceleró el corazón, sintió un cosquilleo en el estómago, y las palmas de la mano se le humedecieron.

Llevaba tres meses buscándolo, preguntando en las sombras, gastando escudos de plata en pistas falsas.

Hasta que finalmente dio con él. Allí estaba, ese maldito traidor, ese platero hijo de Doriatán.

El platero, sin sospechar que lo acechaban, entró en un callejón por donde desapareció de su vista.

Rápidamente, apagó su pipa, lanzando el tabaco al suelo, y dejó sobre la mesa un trío de monedas que cubrían lo que se había tomado y comido —y un poco más para el criado—. Se puso de pie y se apresuró.

Entró por el mismo callejón y por un momento sintió el pánico de haberlo perdido, pero no, allá iba, casi al final de la callejuela.

Se apresuró para darle alcance. El platero se detuvo frente a una puerta, sacó una llave de un bolsillo, la introdujo en la cerradura y justo cuando abrió la puerta el hombre del manto negro le puso la punta de la daga en los riñones y le sopló al oído:

—Si te mueves, te mato.

El platero arqueó la espalda y se quedó congelado.

—Toma mi bolsa —dijo, la voz tensa—. No te he visto el rostro. ¡Llévate el dinero!

—No me importa tu dinero. —Lo empujó para entrar por el umbral de la puerta, la cual cerró al entrar—. Si gritas, te entierro el fierro —agregó.

Los aposentos eran pequeños. Un cuarto gris con cuatro sillas alrededor de una mesa cuadrada de madera, y un par de sillones viejos. Además, una puerta cerrada probablemente al dormitorio. Sobre la mesa estaba encendida una lámpara de aceite.

—Siéntate.

El platero obedeció. Sudaba profusamente.

El hombre desenvainó su espada y la puso a una pulgada del pecho del otro.

—No te muevas —le ordenó.

El platero levantó ambas manos. Tenía los ojos abiertos, temerosos, la piel pálida.

—¿Qué es lo que quieres? ¿Dinero? El único dinero que tengo está en mi bolsa, aquí, en mi cinto.

La puerta que daba al dormitorio se abrió. Salió una mujer de unos cuarenta años, con el cabello recogido y unos ojos hermosos. Estaba vestida con una túnica larga interior. Dio apenas un paso y se detuvo al ver la escena.

El hombre acercó la punta de la espada a la garganta del hombre y le dijo a la mujer:

—Si gritas, lo mato.

—¿Qué…?

—Si gritas, ¡lo mato!

La mujer comenzó a jadear. Miró, nerviosa, al platero, luego al hombre del manto negro, de nuevo al platero, otra vez al hombre del manto negro.

—¿Qué es lo que quiere, señor? —dijo ella—. ¡No tenemos dinero! ¡Lo hemos perdido todo!

—Siéntate tú también —le ordenó.

Ella al principio no hizo caso, por lo que el hombre repitió la instrucción, pero esta vez con firmeza y una maldición.

Ella obedeció.

—Pongan las palmas sobre la mesa.

El hombre y la mujer lo hicieron, mirándose temerosos, aunque el platero le dijo, en voz baja: «Todo estará bien».

—No todo estará bien, Jorab hijo de Sarve —dijo el hombre.

Al escuchar eso, el platero se estremeció.

—¿Cómo…, cómo sabe ese nombre?

El hombre sonrió:

—No se me olvidan los nombres de los que me traicionaron. De los que vendieron mi vida y mi libertad a cambio de unas monedas.

—Pero yo…, no sé a qué se refiere. ¡Usted se ha equivocado de persona!

—¿Con que me he equivocado, eh? Crees que no recuerdo tu rostro? Quince años han pasado, y has envejecido, pero sigues siendo la misma rata inmunda, el mismo hijo engendrado por el demonio.

—¿Quién eres?

—¿No te acuerdas de mí?

Se quitó la capucha, y el platero se le quedó viendo con temor, pero perplejo. De repente los ojos se le abrieron grandes y la quijada se le desencajó.

—No es posible —dijo—. Estabas muerto. ¡Me dijeron que estabas muerto!

El hombre del manto negro se río. Una risa suave, como un susurro.

—Moribundo, sí. Muerto, no.

—No puedes ser tú.

La mujer, que respiraba con cada vez más dificultad, preguntó:

—¿Quién es? ¿Quién es él?

— Es el adivino —respondió el platero.

La mujer soltó un grito ahogado y negó con la cabeza.

El adivino, pensó. Hace mucho que nadie me decía así.

—Tenga piedad —dijo ella—. Por Eluvá, ¡tenga piedad!

—¿Piedad? No. No merecen mi piedad.

—¡Pero lo hemos perdido todo! —dijo ella—. Todo lo que ganamos, no ha quedado nada.

—¿Lo que ganaron, eh? —escupió—. Eso es culpa de ustedes.

—Puedes tomar lo que quieras —dijo la mujer—, pero preserva nuestra vida. Toma el dinero de mi esposo.

—¡Tómala a ella! —dijo el platero—. Te doy media hora con ella.

Para sorpresa del hombre, la mujer dijo:

—¡Sí! Haz conmigo lo que bien te parezca.

Él negó con la cabeza:

—Eran escoria hace quince años, y siguen siendo escoria el día de hoy. La hora de la limpia ha llegado, la hora de la venganza es hoy.

El hombre, con un movimiento rápido del brazo, atravesó el pecho del platero, perforándole el corazón.

Sintió el placer de cumplir con aquello que había planeado —que había soñado— por años.

La mujer lanzó un alarido. Él dio un paso hacia ella y la silenció primero cortándole la garganta con una estocada rápida. La mujer se llevó ambas manos a la herida en el cuello, de donde emanó la sangre a borbotones, y el hombre del manto negro contempló en silencio su muerte.

El platero, con los ojos vacíos, se fue de lado y cayó al suelo, sin vida.

El adivino limpió su espada en la ropa del hombre, la envainó y, después de dejar «el mensaje» en la mesa, salió de allí.