Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Que viva
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Que viva

NADALO LEVANTÓ LAS manos cuando Arjen puso el filo de su espada sobre su garganta. La cara se le puso completamente blanca.

De Kande se me ha escapado, pensó furioso. Pero este no se me va.

—Por favor, no me mates —dijo el traficante, temblando y jadeando. Le salían mocos de un orificio nasal.

—Debería descuartizarte aquí mismo, decapitarte vivo. Es lo mínimo que mereces por lo que le hiciste a Arran.

—Tengo información, información muy valiosa.

—Dudo que valga tu vida —dijo cortando la piel de la papada del hombre, suficiente para herirlo un poco y nada más.

—Tengo información de la Sociedad del Eclipse. Información muy importante. Información que podría poner a salvo a su majestad el rey.

Maldición , pensó. No podía matarlo. No si tenía información sobre esa supuesta sociedad secreta. Te lo sacaré todo bajo tortura , pensó, y sonrió. Quizás así era mejor. Podría sacarle la información y al mismo tiempo vengar la muerte de su cabo.

Escuchó pasos a su espalda, sus soldados acercándose.

—Arran era un buen muchacho —le dijo antes de que llegaran—. Pagarás por su muerte.

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Don Nadalo no opuso resistencia. Lo amarraron bien de las manos y lo sacaron del granero.

—¿De Kande? —preguntó Zark, quien tenía una herida superficial debajo del codo izquierdo, pero jadeaba y estaba empapado en sudor.

—Se escapó.

—Ya lo encontraremos.

—Sí. Asegura tú las cajitas con el polvo. No quiero que nadie siquiera toque una.

—Entendido, mi capitán —dijo el sargento primero, retirándose a cumplir la orden.

Arjen salió y se acercó a la sargento Alana Verlán.

—A la orden, mi capitán —dijo ella al verlo y haciendo el saludo militar.

—¿Recuento de muertos y heridos?

—Veinte de los nuestros, ocho de ellos. Por Eluvá, es difícil de creer. Eran demasiado rápidos.

—Después te explicaré la razón, sargento. ¿Murió alguno de mi unidad?

—Ninguno, capitán, excepto el soldado a quien, lamentablemente, decapitaron.

—Sí. —Arjen ofreció rápidamente una oración mental de gratitud a Eluvá por preservar al resto de sus hombres con vida.

—Estoy sorprendida de que hayan venido tantos soldados a nuestro auxilio —dijo Arjen. Habríamos muerto todos de no ser por ello .

—Bueno, todavía tendré que dar muchas explicaciones —dijo ella.

—¿Por qué?

—Cuando el sargento Zark llegó a nuestro cuartel, estábamos sin comandante y sin capitán. Acababan de salir a una audiencia con el conde, dejando a los sargentos a cargo. Así que yo tomé la decisión junto con el sargento Antani, reclutamos rápidamente a varios cabos y vinimos a ayudar.

—Ya veo. Supongo que cuando regrese el comandante tendrá muchas preguntas.

—Demasiadas. Cuando sepa cuántos murieron… ¡Profetas!, espero que no me mande al calabozo.

—No, sargento. Me encargaré de ello, te lo prometo. Lo que ustedes hicieron fue no solamente salvarnos la vida, sino capturar a un importante asesino y traficante. Me aseguraré de que no recibas una reprimenda, o por lo menos no una fuerte.

—Gracias, mi capitán.

Ella estaba a punto de retirarse, cuando Arjen le dijo:

—¿Alguna vez has considerado unirte a los sabuesos?

Se sorprendió al escuchar eso.

—Sí —respondió—. Pero nunca pensé que pudieran admitirme.

—Quizás deberías aplicar.

—¿Usted cree, capitán?

—Sí.

Se quedó ella pensando por un momento.

—Quizás lo haga.

—Estaré al tanto. Las aplicaciones pasan por mí. Los sabuesos necesitamos a personas como tú, valientes e inteligentes, capaces de tomar decisiones rápidas.

—Gracias, mi capitán.

—Tienes permiso para retirarte.

Ella saludó y se retiró con una leve sonrisa en el rostro.

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La información que recabaron del traficante en los siguientes tres días fue insuficiente. Arjen supervisó personalmente la tortura. Al cuarto día, «trágicamente», Nadalo murió al sucumbir a sus heridas.

Lograron establecer que Nadalo había estado recibiendo ese producto que apodaban «el zorro», pero ni el traficante parecía saber exactamente de dónde venía, excepto que lo traían de oriente.

Arjen, leyendo entre líneas, sospechaba que provenía de los alquimistas al servicio del emperador ragidiano.

En otras palabras, era un complot del Imperio de Ragidán para causar inestabilidad en el reino.

El propósito era tener un ejército de sicarios que, con la ayuda sobrehumana que el polvo les proporcionaba, pudieran atentar contra la vida del rey.

Nadalo pasaba «el zorro» por la Torre del Gorrión, dándole al maestre atalaya un porcentaje como «comisión».

Sin embargo, Arbanda, el maestre, escuchó el rumor de que se vendía el producto a la Sociedad del Eclipse.

Arbanda, que aunque se prestaba a ciertos actos de corrupción, era fiel a la Corona, se negó a seguir haciéndose de la vista gorda y amenazó con delatar a Nadalo, que mejor mandó matarlo.

Jandos Saleni, siendo el sargento primero de la torre, accedió a continuar con la operación.

Sin embargo, le ganó la codicia y exigió casi el doble de lo que le daban a Arbanda, por lo que lo mataron también, junto con dos de sus hombres cercanos.

«El zorro» tenía varios efectos secundarios.

Sí, cuando una persona lo inhalaba, le daba fuerza sobrenatural, pero solo por un tiempo corto.

Además, la persona que lo usaba se iba haciendo adicta y, si no detenía su consumo, terminaba muerta por un ataque al corazón.

Según Nadalo, había perdido a cinco de sus hombres por exceso de uso.

Las cajitas que confiscaron estaban siendo ya examinadas por los alquimistas del reino.

Adictivo y mortal , se había dicho Arjen. Capaz de hacer que un pequeño ejército fuese letal, aunque fuera por un tiempo limitado.

Si era así, todavía representaba un gran peligro, pues si efectivamente la Sociedad del Eclipse existía, podía estar preparando un escuadrón de hombres dispuestos a dar su vida con tal de matar al rey.

El problema era que no pudieron establecer concretamente que el polvo se vendía a la Sociedad del Eclipse.

Al final, eso es lo que Nadalo pensaba y quizás creía, pero imposible saber si era verdad.

De acuerdo al traficante, había vendido unas trescientas cajitas, haciendo una fortuna con cada venta.

Se las vendía a un hombre sin nombre, con el cual hacía trato cada dos meses, viéndose en una taberna cerca del castillo real.

«Tiene un ojo blanco», les había gritado Nadalo mientras le cortaban el pulgar de la mano derecha.

Intentarían tenderle una emboscada a dicho hombre, pero el capitán sospechaba que no tendrían éxito. Las personas con las que Nadalo trataba eran de muchos recursos y probablemente con suficiente inteligencia para enterarse de la captura, y muerte, del traficante.

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Siete días después, por la noche, Arjen, Zark, Traco, Lendo, Amaret Etán y Eladán bebieron a la memoria de Arran. Esa mañana lo habían enterrado con honores. El rito de sepultura fue oficiado por el padre Darió, quien lo encomendó a Eluvá en el viaje eterno.

Aunque la muerte de Nadalo lo ponía más tranquilo, toda la semana el capitán se había sentido melancólico por haber perdido a uno de sus hombres.

En la guerra esto le había pasado muchas veces, y pensaba que quizás en esta ocasión sería más sencillo superarlo, pero no había sido así.

Desde la guerra que no había perdido a alguien bajo su mando.

Sin embargo, esa noche, jugando y bebiendo con sus hombres, por un momento logró olvidar el pesar de la muerte.

Al final, todos moriremos, tarde o temprano. Y en mi caso, probablemente más temprano que tarde.

Antes de la medianoche, Zark dijo:

—Capitán, ¿qué haremos sobre el caso del asesino del tulipán?

La realidad es que lo había dejado de lado estos días. Pero era tiempo de retomarlo.

—Vayamos mañana al cuartel de la doceava de la guardia real. Ellos nos darán la información que tengan.

—Muy bien, mi capitán.

Traco alzó su vaso de cerveza.

—Yo quiero ahora brindar por nuestro capitán.

—No, no, eso no es necesario —dijo Arjen, repentinamente apenado.

Pero sus hombres levantaron todos los vasos.

—¡Por mi culpa estuvieron a punto de morir!

—Mejor morir en buena compañía que vivir en soledad —dijo Traco.

—Vamos, capitán —le dijo Zark—, no nos deje con los vasos arriba.

—Malditos sean. Está bien, está bien.

Arjen alzó su vaso de latón. Miró a sus hombres.

Hombres buenos. Valientes. Leales.

Si muero con ellos, moriré bien.

—¡Que viva el capitán Arjen, que viva el rey y que viva Tresden! —dijo Traco.

Y todos sus hombres gritaron:

—¡Que viva!