Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Huida
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Huida

LA NOCHE SE llenó de los gritos de guerra, de los juramentos que se elevaban, de las chispas que saltaban de las espadas al chocar entre sí.

Arjen trababa acero con un hombre larguirucho que se movía con la destreza relampagueante que le proporcionaba el polvo rojo.

Sin embargo, al parecer el único sentido que se intensificaba era el de la rapidez, pero no el de la pericia.

En otras palabras, el espadachín que inhalaba el polvo era más veloz, pero no más diestro con las armas.

Así que el capitán adoptó primero una estrategia de defensa, desviando los golpes del enemigo, que aunque venían uno tras otro con rapidez, solo acertaba con la mitad de ellos.

Su contrincante gritaba maldiciones, los ojos resplandecientes y desorbitados por la ira, las venas de la cara palpitando con furia.

—¡Púdrete, maldito perro del infierno! —gritó el larguirucho justo antes de que Arjen le hundiera la espada por debajo de las costillas.

El otro levantó la espada en un último intento de matar al capitán, pero éste ya había desenvainado la daga con la mano izquierda y se la metió por la boca, la punta asomando por la nuca.

¿Dónde está de Kande? .

Primero vio a don Nadalo, que se había replegado cerca de la puerta del granero por si tenía que entrar y emprender la huida.

Seguramente había alguna otra puerta lateral por la que podría escapar corriendo el muy cobarde.

Por ahora, sin embargo, el traficante contemplaba la refriega a su alrededor.

Sus secuaces ya habían matado a tres soldados de la guardia —ninguno de la unidad de Arjen—, y aunque todos se movían con esa inhumana velocidad, estaban en significativa desventaja numérica, pues Zark había llegado con unos treinta soldados.

Vio entonces que uno de los hombres que habían acudido en auxilio era Alana Verlán, la sargento de cabello rubio, quien peleaba con destreza llamativa, lanzando gritos y estocadas.

—¡Atrás de ti, capitán! —escuchó la voz del sargento Zark, aunque no vio dónde estaba él.

Arjen se giró justo a tiempo: un grandote con un parche en el ojo izquierdo se le acercaba sin hacer ruido.

Esquivó por un pelo la zanjada que le habría destrozado el brazo, se lanzó al frente y rodó por el suelo sobre la espalda, se levantó rápido y, encarando a su contrincante, adoptó postura defensiva.

Su enemigo blandía una espada grande y larga, y a diferencia del larguirucho, Parche era mejor espadachín.

El segundo espadazo fue tan fuerte y tan cerca de la guarda que Arjen casi perdió la espada y se habría quedado solo con la daga, que aún empuñaba con la mano izquierda.

Envainó la daga para empuñar la espada con ambas manos y tener mejor control.

Parche lo atacó salvajemente, descargando golpes en diagonal descendente una y otra vez, dibujando equis en el aire. El capitán retrocedía con cada ataque, rechinando los dientes, buscando un descuido para montar la ofensiva. Pero Parche no le dejaba espacio: su acometida era implacable.

—¿Necesita ayuda, capitán? —escuchó otra vez la voz del sargento primero.

—¡No! —respondió.

—¡Pues eso parece!

No podía creer que Zark le dijera eso con tono burlón. Maldito seas, Zark , pensó. Era un buen hombre, el sargento primero, y lo conocía bastante bien como para saber que aquel comentario socarrón le infundía nuevas fuerzas.

Arjen esquivó un par de mandobles y contraatacó, lanzando la punta hacia delante y alcanzando a su enemigo en el ombligo. No fue suficiente.

Parche lanzó un alarido de dolor, pero arremetió de nuevo, incluso con más fuerza… al principio. De repente se detuvo, resoplando, tratando de recuperar el aliento, y Arjen notó que, si bien todavía le brillaban los ojos, ya no era como al principio.

—Necesito… —dijo con voz entrecortada—, necesito más…

Parche apretó los dientes, la cara roja, las venas a punto de estallar, incluso el ojo que le quedaba parecía saltar de la cuenca. Miró hacia don Nadalo, calculando si tendría tiempo de ir con el jefe a pedirle más de ese polvo místico.

Así que el efecto es intenso pero de corta duración.

Arjen no le dio oportunidad de moverse. Dio tres zancadas y le enterró la espada en el cuello. La sacó y se la hundió de nuevo en el pecho. El hombre se desplomó.

Rápidamente el capitán contó los cuerpos tirados.

Por Eluvá, ¡hay demasiados muertos!

Unos veinte soldados de la guardia yacían caídos, junto con siete sicarios de Nadalo. Solo quedaba un enemigo vivo, a quien ya rodeaban.

Don Nadalo y de Kande habían desaparecido.

Dentro del granero, se dijo. Corrió hacia la puerta abierta y la cruzó, con cuidado de no caer en una emboscada.

La oscuridad le impedía ver bien. Alcanzó a oír delante el jadeo del mercader que trataba de huir.

—¡Espérame, perro! —escuchó a don Nadalo gritar—. Te pago para que me protejas. ¡Cubre mi retaguardia, estúpido, y enciende una lámpara, que no veo nada!

—Si no te das prisa, gordo del infierno, ¡nos matarán a ambos! —respondió de Kande.

—¡Enciende la lámpara, es una orden! ¡Obedece, perro!

De Kande encendió una vela mientras murmuraba:

—Nos matarán por tu culpa.

—Te pago para que mueras por mí.

—No me pagas lo suficiente para eso.

—Eres un gusano, de Kande, un bastardo del infierno.

La luz se encendió y reveló a un Nadalo empapado en sudor, las piernas temblorosas. De Kande, con la vela en mano, trastabilló hacia atrás al darse cuenta de que Arjen estaba allí, a unos diez pasos.

—Tira el arma, de Kande —jadeó el capitán—. Mis hombres estarán aquí en un parpadeo.

—¡Ve y mátalo! —dijo Nadalo, señalando con un dedo tembloroso.

—No te da tiempo suficiente, de Kande.

El sudor bajaba por el rostro de éste mientras contemplaba al capitán con una extraña mezcla de enojo y admiración.

Don Nadalo sacó una de las cajitas plateadas.

—Ten. Toma lo que necesites y mátalo.

De Kande la cogió y la miró por un momento, considerando. Después la guardó en el bolsillo de su túnica, miró al capitán, asintió a modo de saludo y dijo:

—Ya será en otra ocasión, capitán.

Y dándose la vuelta, echó a correr.

Don Nadalo lanzó un grito de ira, maldiciendo a de Kande y a su madre.