El zorro
EL CAPITÁN ARJEN Dabidji se puso de pie.
—No tienen que seguirme, muchachos.
Traco, Amaret Etán y Eladán lo imitaron.
—Puedo ir yo solo —agregó.
—No lo dejaremos ir sin compañía, capitán —dijo el sargento segundo.
Los otros dos cabos respondieron al unísono:
—Así es.
Al capitán no le sorprendió la actitud de sus hombres. Lo habría sorprendido, más bien, cualquier reacción contraria. Eran sabuesos del rey al fin y al cabo. Adiestrados para la guerra. Preparados para matar.
—Somos cuatro. Ellos seis —dijo Arjen—. Y probablemente más. Puede que haya otros escondidos ahí dentro esperando a que nos acerquemos para echarse encima de nosotros.
Traco, que ya se había percatado de la muerte de Arran, temblaba de ira:
—Lo han matado, capitán. Si logro clavarle la espada a uno solo antes de caer, me iré contento al viaje eterno.
Arjen asintió. El viaje eterno. Tarde o temprano llegaría.
La hora ya estaba escrita por el Gran Creador desde antes de la fundación del mundo.
El misterio de la voluntad de Eluvá era precisamente eso, un misterio.
Pero al final, su voluntad era inamovible.
Si hoy era el día, hoy sería. Y si después, después. Tan sencillo como eso.
—Muy bien. Entonces, a mí —dijo el capitán desenvainando.
Descendieron la ladera y, al verlos acercarse, los enemigos también sacaron sus espadas. Se detuvieron a unos siete pasos de distancia.
Arjen miró rápido la cabeza de Arran. Tenía la boca abierta, los ojos en blanco, y la sangre aún le chorreaba del cuello cercenado. Se preguntó si lo habían matado rápido. Pensaba que sí, porque no escucharon ni un grito. El joven era sigiloso, pero siempre hay alguien más veloz.
La punta de la espada de De Kande estaba manchada de carmesí. Así que había sido él.
Te arrancaré el corazón, pensó Arjen mirándolo. El otro le devolvió la mirada, divertido.
—Dile a tus hombres que tiren las armas —dijo Arjen con firmeza a don Nadalo—. Estás bajo arresto por el asesinato de Elric Arbanda, Jandos Saleni y de Arran hijo de Arraret.
Don Nadalo sonrió. Se quedó callado un instante, saboreando el momento. Luego lanzó la cabeza, que rodó hasta los pies del capitán. Arjen no la miró.
—Acabas de firmar tu sentencia de muerte, Nadalo.
El mercader se encogió de hombros.
—No lo creo, capitán. ¿Dónde están tus refuerzos?
—Pronto tendrás al cuartel entero aquí. Mataremos a todos, a menos que se rindan ahora.
—¿A todo el cuartel? Si fuera cierto, ya estarían aquí.
No, capitán. Estás solo. No conseguiste la ayuda que buscabas.
Conozco un poco la burocracia del ejército, y no dudo que con los sabuesos sea igual.
Te apresuraste y por eso estás sin compañía.
Cometiste un error. Te mataré y cortaré tu cabeza junto a la de tus hombres.
Las dejaremos aquí como recuerdo. Después desapareceré, como ya lo he hecho antes.
Me esconderé entre las sombras el tiempo suficiente.
—Siempre tendrás a los sabuesos detrás de ti. Tendrás que cuidarte la espalda el resto de tus días. Tarde o temprano, te encontraremos.
—Estoy acostumbrado a cuidarme las espaldas. ¿No lo ves? —dijo señalando a sus hombres con el bastón—. Además, aunque ocurriera, tú no estarás vivo para verlo, ¿eh, capitán?
—Eso está por verse.
—¡Oh, sí! Estoy deseando verlo. Me pregunto cómo titulará el Bardo el último capítulo del folletín. «La decapitación del sabueso». Algo así. Será un éxito de ventas.
En eso tiene razón , pensó Arjen. Si algún día lo mataban, el Bardo se encargaría de exprimir hasta la última moneda de la historia.
—Te doy otra oportunidad. Dile a tus hombres que tiren las armas.
Nadalo soltó una carcajada.
—No sabes nada, sabueso. ¡Nada! No tienes ni idea.
—Sé lo suficiente. Sé que estás traficando una sustancia peligrosa y la vendes a traidores.
—Los traidores pagan muy bien, capitán.
—¿Incluso a la Sociedad del Eclipse?
La frente de Nadalo se arrugó. Miró a de Kande con fastidio, pero al volver a Arjen recuperó su sonrisa burlona.
—No creerás esos cuentos, capitán.
—Dímelo tú.
—Tonterías.
—Estás traficando con la ayuda de ese zorro —dijo Arjen señalando a de Kande.
—¿Ese zorro? ¿Quién, él? ¿El zorro?
Nadalo estalló en carcajadas y sus hombres lo imitaron. Incluso de Kande se reía.
—¿De dónde sacaste eso? ¿Piensas que él es el zorro? —dijo Nadalo señalando con el pulgar a su compañero—. ¡Y dices ser un sabueso!
Las risas resonaron como si fuera el chiste de la noche. Arjen guardó silencio.
—No, mi capitán. Déjame te ayudo. Te presento al zorro. ¡Muchachos!
Del granero salieron otros cuatro hombres, cada uno con una cajita de plata abierta. El capitán estaba lo bastante cerca para ver el contenido: un polvo rojo.
El zorro no es un hombre, pensó. Es este maldito polvo. Un apodo.
«La culpa es del zorro» no era en referencia a una persona. Sino a ese… veneno, o fuera lo que fuera.
Los cuatro tomaron una pizca y la inhalaron con fuerza.
Las cajas fueron pasando de mano en mano hasta que todos los hombres de Nadalo repitieron el mismo acto.
Al aspirar el polvo echaban la cabeza atrás y un espasmo les sacudía el cuerpo.
De la garganta les salía un sonido gutural, animal, diabólico.
Cuando abrían los ojos, éstos brillaban de un amarillo pálido.
—Eluvá nos ampare —dijo Traco.
—Estén listos, muchachos —ordenó el capitán, adoptando posición de combate.
Nadalo, el único que no probó el polvo, recibió las cajitas y las guardó en un bolsón.
—Mátenlos a todos —dijo.
En ese momento, detrás de Arjen se oyó un grito:
—¡Por Tresden y por el rey!
Era Zark que bajaba corriendo, dagas en mano, junto con Lendo y un buen grupo de soldados de la guardia real, todos con las armas en alto.
—¡Tresden! —gritó Arjen, y se lanzó contra el enemigo más cercano.