Ataque y retirada
EL PRIMER HOMbrE en entrar llevaba una ballesta con la flecha ya encajada. La levantó y apuntó.
Sucedió tan rápido que Arjen supo que no tendría tiempo suficiente para escaparse del proyectil.
El hombre accionó el disparador, pero la flecha no pasó cerca del capitán.
Surcó el aire y se incrustó entre los ojos del cabo Flexel, que ni siquiera se había puesto de pie.
La cabeza le dio un latigazo hacia atrás, la pipa se le cayó de la mano y, con los ojos y la boca abiertos, además de la frente destrozada, se fue lentamente de lado hasta caer al suelo.
El de la ballesta, sabiendo que no tendría tiempo para encajar otra flecha, tiró el arma, desenvainó la espada y se lanzó contra el capitán.
Antes de chocar espadas, Arjen notó que los ojos de su enemigo brillaban de amarillo, ese resplandor pálido y extraño que había visto por primera vez en algunos de los hombres de Nadalo.
El golpe fue violento, con tanta fuerza que por un momento temió que su propia espada se partiera en dos, aunque sabía que era prácticamente imposible con su arma.
Dio tres pasos rápidos hacia atrás, tomó la espada con ambas manos y echó una mirada rápida alrededor.
Eran siete contra siete. El último en entrar fue de Kande, que trababa acero con Eladán. Eran los secuaces de Nadalo.
Su contrincante resoplaba como toro y se le marcaban las venas en el cuello y en la frente, como si fueran a estallar.
El hombre lanzó un alarido animal y dijo:
—Estás muerto, perro inmundo.
Se lanzó de nuevo a la carga. Por Eluvá que era fuerte, y no solo eso, sino que daba espadazos a diestra y siniestra con una velocidad que Arjen no había visto en mucho tiempo.
Peleaba con la agilidad de un adolescente pero con la fuerza de un guerrero experimentado.
Cada defensa hacía retumbar su cuerpo entero, hasta los huesos.
Tenía que pensar en una mejor estrategia de contraataque.
Adoptó entonces una técnica defensiva basada en esquivar. Los espadazos iban con tanta fuerza que, cuando el capitán se agachó para evitar que le cortara la cabeza, el hombre casi se fue al suelo por la inercia, dejando su flanco derecho descubierto.
Arjen se lanzó con un ataque de cuchilla, deslizando el pie derecho hacia delante. Apenas alcanzó a rozar la ropa del otro, pues este, de nuevo demostrando agilidad felina, esquivó el ataque.
Una mirada rápida a su derecha lo llenó de orgullo: Eladán peleaba con gallardía contra de Kande.
Detrás de ellos, el sargento Zark hirió al enemigo que tenía enfrente al atravesarle el pecho.
Cuando cayó, gritando de dolor e intentando taparse la herida con las manos, el sargento avanzó a zancadas para apoyar a su capitán.
Ahora eran dos contra uno. El hombre retrocedió con una mueca espantosa de furia, enseñando la dentadura hasta los colmillos, y una vez más Arjen pensó que delante tenía no a un ser humano, sino a un animal.
De repente, se escuchó la voz de de Kande:
—¡Retirada, muchachos!
—¡Retirada! —gritó otro.
Con la misma rapidez con la que habían entrado, salieron corriendo.
Zark estaba por salir también, pero el capitán lo llamó:
—¡Sargento, alto!
El sargento primero se detuvo en el umbral de la puerta, asegurándose de que los enemigos realmente huían y no planeaban un contraataque.
—¡Están huyendo, mi capitán! —dijo.
—Dejémoslos.
—Pero…
—Una persecución en la noche no tiene sentido. Tenemos que montar una ofensiva bien planeada.
—¿Cómo?
—Vayamos a la granja. Esa parece ser su base de operaciones. Tenemos más que suficiente para arrestar a Nadalo.
—Capitán —dijo Traco—, quizá valga la pena buscar refuerzos, ¿no?
—Nuestro cuartel está lejos. Para cuando vayamos, solicitemos hombres y emprendamos la marcha, será demasiado tarde. Perderemos el factor sorpresa.
—Se me ocurre algo, capitán —dijo Zark—. El sexto cuartel de la guardia real está más cerca que el nuestro. Podríamos pedir ayuda allí.
Arjen lo pensó. Era como lanzar una moneda al aire. Quizá recibían ayuda, quizá no. Pero era cierto que atacar la guarida de Nadalo con tan solo su propia unidad, es decir, siete hombres, era arriesgado. Muy arriesgado.
Pero no podían esperar más. Esperar a mañana podía significar que perdieran a Nadalo para siempre. El bandido podía decidir esconderse en otro lugar de la ciudad y podrían tardar meses en volverlo a localizar.
Era ahora o nunca.
—Está bien, sargento. Ve rápido junto con Lendo. Pero si no les dan ayuda, vengan directo al granero. No atacaremos hasta que ustedes lleguen, así que no pueden tardar.
—No tardaremos, capitán.
—::—
—Es casi seguro que están ahí adentro, mi capitán —dijo Traco.
—Concuerdo.
Estaban todos pecho a tierra, escondidos detrás de unos arbustos, observando el granero. Llevaban allí como un cuarto de hora, esperando a que se les unieran Zark y Lendo. Si Eluvá era propicio, vendrían con refuerzos.
Afuera del granero estaban apostados dos vigías, con espada en mano y alerta, lo que significaba que esperaban un posible ataque.
—La última vez vimos ocho hombres, contando a Nadalo —dijo Arjen—. Pero es difícil saber si esos son todos los que tiene. No dudo que más espadachines estén a su servicio.
—Si usted quiere, capitán —dijo el soldado Arran—, puedo acercarme sigilosamente y ver si logro entrar al granero, quizá por alguna ventana o tabla mal puesta.
Arran era el más joven y también el más delgado. En otras ocasiones había hecho labores de reconocimiento. Era bueno para ello.
—Está bien, pero cuidado con los vigías. Y no entres. Demasiado peligroso. Solo asómate y regresa.
—Me iré por allá —dijo, apuntando a la derecha del granero—. Está más oscuro y no hay ninguna puerta visible, por lo que tampoco se ven guardias.
—Está bien. Ve y regresa con el reporte.
—Entendido, mi capitán.
El joven cabo se fue. Vaya que se movía con sigilo, ni siquiera escucharon sus pisadas. Se acercó al granero escondiéndose detrás de arbustos y árboles, auxiliado por la oscuridad de la noche. Finalmente lo vieron correr hasta llegar al granero sin que los guardias de Nadalo lo advirtieran.
Revisó la pared buscando alguna manera de entrar, pero la única ventana estaba muy alta y parecía cerrada. Entonces encontró una tabla floja y la movió.
—No vayas a entrar, Arran —murmuró Arjen.
El joven soldado miró en dirección a ellos e hizo una señal con la mano, indicando que entraría.
El capitán le respondió con un gesto negativo, pero no podía levantarse mucho porque se arriesgaba a que lo vieran. Arran, o no lo vio o lo ignoró, porque desapareció dentro del granero.
Arjen soltó un juramento en voz baja.
—::—
Transcurrieron los minutos y Arjen sintió un sudor frío recorrerle el cuerpo.
¿Dónde demonios estaba Arran? Y Zark, ¿por qué no llegaba?
Tenía que esperar, ser paciente.
La paciencia no era su punto fuerte.
—No tenemos otra —murmuró Arjen.
—¿Cómo dijo, capitán? —preguntó Traco, junto a él.
—Digo que no tenemos otra más que esperar.
—Y ese muchacho que no sale. ¡Siete Profetas! Usted le dijo claramente que no entrara. ¡Inaceptable!
Ya lidiaría después con esa situación. Consideró, por un momento, ir en busca del cabo; es decir, acercarse al granero y entrar por el mismo lugar. No, eso solo podía acabar mal.
La puerta principal del granero se abrió y, para sorpresa de todos, salió don Nadalo junto a de Kande y otros dos. Eran seis, contando a los dos vigías.
—¡Capitán Arjen! —gritó don Nadalo.
—Sangre del Profeta —susurró Traco—. Nos descubrieron.
Arjen sintió su corazón descontrolarse dentro del pecho.
—¡Capitán Arjen, tengo un regalo para ti! —Nadalo levantó algo que llevaba en la mano derecha.
—¿Qué es? —preguntó Traco.
Pero Arjen lo sabía. Incluso a la distancia y con la mala iluminación, supo lo que era. Lo sintió en el estómago, como una premonición.
Era la cabeza de Arran.