Los sabuesos del rey: Libros 1-5 El contrabando
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El contrabando

EL RESTO DE la mañana y la tarde, Arjen y Zark se la pasaron investigando por la zona del muelle, pero la gente los evitaba.

Sin duda, ya estaban sobre aviso.

—¿Qué le habrán hecho a la tabernera? —preguntó el sargento.

—Maldita sea, no lo sé. Pero no creo que esté a salvo.

—¿Muerta?

—Me temo que sí.

De todas maneras, continuaron indagando. Sin embargo, las pocas personas que accedieron a hablar con ellos dijeron que nunca habían oído hablar de ninguna Mina, Klanda o de alguna mujer que coincidiera con la descripción.

—Este lugar está controlado por Nadalo —dijo Arjen mientras se alejaban.

—Su pequeño reino.

—Se cree el monarca de aquí.

—Habrá que enseñarle que en Tresden solo reina uno.

Cuando el sol comenzaba a ponerse, se toparon no lejos de la torre con el cabo Lendo, quien les informó que tenían a un prisionero allí cerca. Lo siguieron hasta una casa de madera vieja y abandonada, levantada, y ya medio derruida, en un terreno baldío.

El sargento segundo Traco y los cuatro cabos (Lendo, Amaret Etán, Arran y Eladán) custodiaban a un hombre vestido con el uniforme de la guardia real, igual al que llevaban los guardianes de la torre. Estaba sentado en una silla vieja y fumaba nerviosamente una pipa.

Traco se acercó al capitán.

—¿Y él? —preguntó Arjen.

—Es uno de los guardias de la torre, mi capitán.

Estuvimos haciendo averiguaciones, preguntando por aquí y por allá, y resulta que este nos encontró a nosotros.

Nos dijo que quería hablar, pero lejos de la torre.

Así que lo trajimos aquí y creo que tiene algunas cosas interesantes que contar.

Afirma que intentó advertirles, que les dejó un mensaje en la taberna Luna Menguante.

—¿Fue él?

—Eso asegura.

Era un muchacho de pelo rubio, cara llena de granos, nariz afilada y ojos algo saltones. Levantó la vista, visiblemente nervioso.

—Tu nombre —ordenó el capitán.

—Gurane Flexel, mi capitán.

—¿Rango?

—Guardián de la torre, mi capitán. Soy cabo.

—¿Es cierto que tú nos dejaste la nota?

—Así es, capitán. Disimulé mi andar y me puse un capote encima, para evitar ser reconocido.

—¿Y cuál era tu propósito? Por poco nos matan allí.

—No, no, capitán, no era esa mi intención. Solo quería señalarles el lugar correcto.

—Está bien, entonces dime más. No me hagas perder el tiempo.

El joven soltó una larga bocanada de humo:

—Mi capitán, con todo respeto, necesito algún tipo de garantía.

—Si lo que quieres es dinero, cabo, estás pidiéndoselo a la persona equivocada.

—No, dinero no. Solo la seguridad de que mi vida estará a salvo.

—¿Tu vida está en peligro?

—¡La mía y la de todos los soldados de la torre! Mataron al maestre…, y ahora el sargento primero, además de Nubal y Cainelós, han desaparecido. Estoy seguro de que estarán muertos. Completamente seguro.

—Si me das buena información, te protegeremos.

—¿Cómo? ¿Cómo me protegerán de él?

—¿De don Nadalo?

El joven se sobresaltó. Por poco se le cae la pipa de la mano.

—¿Ya lo saben, entonces? Significa que mi nota sirvió. La taberna del Tuerto es la favorita de don Nadalo. Allí realiza algunos de sus negocios.

—Necesitamos más información. ¿Estás dispuesto a hablar?

—Sí, mi capitán.

—Bien. Creemos que Nadalo mandó ejecutar al maestre atalaya. Probablemente por algún negocio. Si tuviera que adivinar, el maestre permitía la entrada de cierto producto a cambio de una tarifa.

—Así es, capitán. No todos en la torre lo saben, pero la mayoría lo sospecha. Para empezar, es algo relativamente común. No conozco una sola torre que no esté metida en algún tipo de contrabando.

En eso tiene razón, pensó Arjen. Esta ciudad está infestada de corrupción, mentiras y muerte.

—¿El maestre Arbanda entonces se negó y lo mataron?

—No se lo puedo decir con toda certeza, capitán, pero es lo más probable. Yo no era parte…, o más bien, no formaba parte del círculo íntimo del maestre atalaya, pero sí del sargento Saleni. Además, en la torre hay varios con la lengua muy suelta.

—Así que te enteraste de la situación.

—Sí. Creo que sí.

—Relátala, pues.

EL joven se pasó la lengua por unos labios secos:

—Por alguna razón que desconozco, el maestre atalaya se negó a seguir pasando un producto de don Nadalo. Unos dicen que quería más soborno, más dinero, pero yo escuché al sargento Jandos decir que esa no fue la causa. Esto fue lo que dijo: «Es una abominación».

—¿Quieres decir que Arbanda se negó a dejar pasar un producto de don Nadalo porque era… abominable?

—Sí. Aparentemente sí.

—¿En qué sentido?

—No lo sé, mi capitán. Pero dicen que es polvo mágico.

El sargento Zark, de pie a la derecha del capitán, no pudo evitar reírse:

—¿Polvo mágico? ¿Es en serio?

El joven se encogió de hombros:

—Yo tampoco lo creía, hasta que una noche me arriesgué a espiar un poco, por pura curiosidad. Lo contrabandean en pequeñas cajitas de plata, cada una vale una fortuna. El que inhala un poco, mis señores, recibe fuerza sobrehumana.

—Imposible —dijo Zark.

—¡Lo vi con mis propios ojos!

—Asumiendo que sea cierto —dijo Arjen—, ¿a quién se lo están vendiendo?

—Al mejor postor, por lo que sé. Entre ellos, a la Sociedad del Eclipse.

Se hizo un silencio profundo. Traco masculló una maldición.

La Sociedad del Eclipse era una banda criminal cuyo objetivo era sembrar el terror, desestabilizar el reino y, sobre todo, acabar con la vida del rey Aiván.

Según se decía, sus líderes eran personas de alta alcurnia, gente de poder y dinero interesada en deponer al rey.

Arjen no estaba seguro de que la Sociedad del Eclipse existiera. Quizá solo era un cuento para mantener al monarca siempre alerta contra los nobles.

O un cuento del monarca para tener una excusa contra los nobles, se dijo.

—¿Qué tan seguro estás de eso? —preguntó el capitán.

—No mucho. Solo rumores.

—Entonces Arbanda se negó a pasar el contrabando y lo mataron.

—Así es. Lo mataron porque el sargento primero aceptó hacerlo. Así que se deshicieron del maestre para que el sargento continuara la operación ilegal.

—Pero Saleni se puso codicioso y lo mataron también —dijo Arjen mirando a Zark.

—Así parece, capitán.

—Sea lo que sea ese polvo, incluso si es un completo embuste, necesitamos hacernos con un poco como prueba —dijo el capitán, dirigiéndose al cabo—. ¿Cuándo van a pasar más producto?

—No lo sé, capitán. Es una vez al mes, una sola caja de madera que contiene unas veinte cajitas de plata.

No estoy seguro de quién recibe la señal.

Supongo que antes era el maestre y después el sargento Saleni.

Pero normalmente ocurre hacia la tercera vigilia.

Un hombre a caballo se acerca por el otro lado de la muralla, entregaba el producto al maestre, y este lo pasaba a un secuaz de Nadalo a cambio de una bolsa llena de dinero.

De pronto, el capitán Arjen levantó la mano.

—¿Oyen algo? —susurró.

Tras una pausa, el sargento Zark, llevándose las manos a las dagas, respondió:

—No oigo nada, capitán.

—Exacto. No se oye nada. Ni los grillos.

En ese instante, la puerta se abrió de una patada y varios hombres armados irrumpieron en la habitación.