Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Preguntas
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Preguntas

—CABALLEROS —DIJO EL del manto a modo de saludo.

El hombre fumaba una pipa de tallo largo.

Llevaba un elegante sombrero de ala ancha con pluma azul y vestía una túnica marrón, con la capa cayéndole sobre los hombros: un capote rojo que combinaba con su cabello y barba.

Era bien parecido, de complexión fuerte pero delgado, y con unos ojos muy verdes.

En el cinto llevaba una espada a un lado y una daga al otro.

Al ver su porte, el capitán pensó: Es el zorro.

Tanto él como el sargento posaron la mano sobre la empuñadura de sus armas por precaución. Pero el hombre, con un par de guantes de cuero, mantuvo la mano derecha relajada al costado y con la izquierda sostuvo la pipa para hablar.

—Don Nadalo los espera —dijo.

—No me digas —respondió Arjen—. ¿Se puede saber quién eres tú?

El hombre se encogió de hombros.

—Mi nombre no importa.

—Nos importa a nosotros.

El de rojo los miró serio, aunque sin molestia. Parecía divertido. Finalmente dijo:

—Ogirán de Kande, para servirles. ¿Y ustedes son…?

—Somos sabuesos del rey —respondió Zark.

—Eso mismo iba a decir. Que son el capitán Arjen Dabidji y el sargento primero Zark Sedare.

Arjen maldijo para sí. Nos ha investigado. Nosotros queriendo seguirle la pista y él siguiéndonos a nosotros.

—Al servicio de su majestad —respondió el capitán.

—¿Y tú? —preguntó Zark—. ¿Al servicio de don Nadalo?

Ogirán de Kande volvió a encogerse de hombros.

—He servido a reyes, sacerdotes y mercaderes.

—¿Y ahora? —insistió Arjen.

—Ahora sirvo a don Nadalo —respondió—. Quien los espera.

—Pues no hagamos esperar al buen don Nadalo —dijo Arjen—. Indícanos el camino.

—Acompáñenme, mis señores. —De Kande se volvió y caminó tranquilamente por donde había venido, como si fueran viejos amigos, con los dos sabuesos siguiéndolo.

—::—

—Don Nadalo pide que dejen sus armas aquí en la entrada —dijo el de rojo antes de cruzar el umbral de la puerta lateral del granero.

Arjen y Zark soltaron una breve risa.

—De ninguna manera, amigo —dijo el capitán.

—Don Nadalo insiste.

—Somos sabuesos del rey —replicó Arjen.

Ogirán de Kande aceptó la respuesta y, con un gesto, les indicó que podían entrar.

—Después de ti —dijo el capitán.

De Kande entró. El hombre olía a menta y caminaba seguro.

El granero estaba pobremente iluminado por una ventana sin cristal en la parte superior de la pared izquierda. Había carretones viejos, manojos de trigo, montones de madera y muchas cajas, de madera o de cartón.

Al fondo, junto a una gran mesa cuadrada de unas tres varas por lado, 10 estaba sentado un hombre obeso, de cabello gris y barba corta. Arjen asumió que era el jefe, don Nadalo. Lo flanqueaban dos hombres armados.

El jefe vestía una túnica azul oscura con bordados intrincados en hilo de oro. De sus hombros caía una capa blanca elegante, y en los dedos lucía anillos de diversos colores. En la mano izquierda sostenía un bastón cuyo pomo era la cabeza de un áspid enseñando los colmillos.

—Bienvenidos, mis señores sabuesos del rey —dijo, extendiendo el bastón como si fuera un cetro.

—Gracias por recibirnos. Soy Arjen, capitán de la Honorable Compañía, y me acompaña el sargento Zark.

—¡Los famosos sabuesos! Soy Nadalo Alande, siervo de ustedes y de nuestro rey Aiván, que viva para siempre. —Sonreía—. Me han dicho que desde ayer han estado, digamos, interesados en este lugar.

Nos vieron , pensó Arjen.

—Así es, don Nadalo.

—¿Se puede saber por qué?

—Queríamos hablar con usted.

—Vaya, de haberlo sabido, les habría abierto la puerta yo mismo. Habría preparado buen vino y algo de jamón y queso. Puedo mandar a un criado a traer comida.

Desde detrás de unas cajas aparecieron otros cuatro hombres. Dos se colocaron a la izquierda del capitán y el sargento, y dos a la derecha.

En total eran ocho, contando al jefe y a De Kande. Ocho contra dos.

Arjen y Zark resistieron la tentación de llevarse la mano a las armas. No era momento de mostrar agresión. Sin embargo, el aire se había vuelto tenso.

En la penumbra, el capitán notó algo extraño en los ojos de algunos de los espadachines: un tenue brillo amarillo.

—Gracias por su generosidad —dijo Arjen—, pero no será necesario. Tampoco hace falta tanta gente si solo vamos a conversar.

—Ah, no se preocupe, capitán. Estos hombres son solo mis guardaespaldas. Un hombre como yo debe cuidarse las costillas, usted sabe.

—¿Un hombre como usted?

—Así es, un mercader. Y aunque Tresden es la ciudad más magnífica y poderosa, también es la más peligrosa, como sabe.

—Quizá.

—Estoy seguro de que sí. Ustedes son sabuesos del rey y, además, famosos. Soy un hombre ocupado, pero he leído algún folletín.

—No crea todo lo que lee.

—No lo hago, pero casi siempre hay algo de verdad detrás.

Y no dudo que esos folletines, por exagerados que sean, contengan parte de la vida que ustedes llevan.

¡Yo los admiro, capitán! Defensores de la paz y la justicia.

Capturando malhechores, metiéndolos en la cárcel o, en ciertos casos…

, clavándoles un palmo de acero en el pecho.

—Siempre dentro de la ley —dijo Zark, serio.

Nadalo lo miró como sorprendido de que hablara.

—Estoy seguro de ello, sargento. No diría lo contrario. —Se acomodó en el asiento y sujetó el pomo de su bastón con ambas manos—. Lo que me lleva a una pregunta. ¿Cuál es su interés en este humilde servidor?

—Si le parece bien, don Nadalo, podría acompañarnos al cuartel para responder unas preguntas —dijo Arjen.

Las cejas del mercader se alzaron.

—¿Acompañarlos? Soy un hombre de negocios. Muy ocupado. Debo declinar su invitación.

—No se preocupe, don Nadalo. Será rápido. Solo unas preguntas.

—¿Y para qué perder tiempo? Ya estamos aquí. ¡Hágamelas!

—Son preguntas privadas.

El hombre negó con la cabeza y sonrió mirando a sus hombres.

—Cada uno de ellos es de confianza, como mi familia. Y todos querían conocerlos, ya que visitaron una de mis tabernas.

Arjen no respondió. El aire se volvió aún más pesado.

—Parece que llegaron a mi taberna quizá una hora antes que yo.

Por eso recibimos la nota , pensó Arjen. Quien la dejó quería que nos viéramos con Nadalo. Tal vez para señalarnos hacia él…, o para tendernos una trampa.

—Vaya sorpresa me llevé al entrar —continuó el mercader—. Encontrar muertos a dos de mis mejores hombres me puso de muy mal humor. Por suerte actuamos rápido y atrapamos a la tabernera, que planeaba huir.

—¿Dónde está ahora?

Nadalo se encogió de hombros:

—No lo sé. Escuché que después de hablar con nosotros ella y su hijo desaparecieron. Quizá huyó o quizá esté muerta. Difícil saberlo.

Maldito perro , pensó Arjen.

—Escúchame bien, don Nadalo —dijo Arjen—. Sabemos que está implicado en la muerte del maestre atalaya.

—No tengo idea de lo que habla —respondió, los ojos brillando.

—Una persona nos lo ha confirmado y su testimonio es fiable. Lo confirmaremos, puede estar seguro.

—Incluso si conociera al maestre, eso no prueba que tuviera que ver con su muerte.

—¿Por qué lo mataste? ¿No te dejó pasar algo?

—Soy un mercader honesto, capitán, y no me gustan sus insinuaciones.

—¿Qué encontraré cuando investigue? Si hallo una sola prueba de un trato ilegal con el atalaya, volveré con un escuadrón y arrestaré a todos.

Nadalo sonrió, enseñando dientes bien cuidados.

—Pues entonces tiene trabajo, capitán. Porque si todo lo que tiene son suposiciones, está perdiendo mi tiempo. Y mi tiempo es valioso.

—Volveremos, Nadalo.

—Aquí los espero, capitán. Con mucho gusto.