Un depredador
EL HORARIO DE los soldados de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey era parecido al de la guardia real.
El toque de corneta sonaba al final de la cuarta vigilia, una hora antes del amanecer.
Soldados y oficiales se preparaban y salían al patio de armas para formarse y rendir honores al rey y al estandarte real.
Después corrían alrededor del campo militar, una actividad que no solamente los mantenía en buena condición física, sino que promovía la unidad.
Al terminar se aseaban, ordenaban los dormitorios y salían uniformados para el desayuno.
Según la asignación de cada unidad, algunos se quedaban dentro del cuartel para las prácticas de esgrima, arco o ballesta y, en el caso de todos los sabuesos del rey, recibían instrucción en combate cuerpo a cuerpo además del uso de casi todo tipo de arma.
Si una unidad tenía misión asignada, después del desayuno pasaba directamente a la junta de estrategia, normalmente dirigida por un capitán o por el mismo comandante. En ella se asignaban misiones o se actualizaban las que ya estaban en marcha.
Terminada la junta, los soldados con misión salían a la ciudad para regresar a comer después del mediodía, si podían.
De lo contrario, comían fuera. La cena era justo al comienzo de la primera vigilia nocturna.
El resto de la noche quedaba para completar misiones, entrenamiento personal o tiempo libre y de recreación.
Después del desayuno, Arjen se reunió con Zark y con Traco, sargento segundo de la unidad.
—Quiero que vigiles la Torre del Gorrión, Traco —le dijo—. Llévate a Lendo y a Amaret. También a Arran y Eladán.
Esos cuatro eran cabos de la unidad. Soldados valientes y de confianza. Todos habían demostrado no solamente que pertenecían en los sabuesos del rey, sino también en la unidad del capitán Arjen.
El sargento segundo, de estatura mediana, cabello negro y rizado, y con brazos musculosos tan cubiertos de vello que parecía un hombre lobo, asintió:
—¿Quiere que investiguemos un poco, capitán?
—Sí, con discreción.
Arjen y Zark lo pusieron al tanto de los avances de la investigación, incluyendo la muerte de tres hombres la noche anterior y la presencia del hombre de manto rojo.
—Nosotros iremos a la bodega que, según dicen, es de don Nadalo —dijo Arjen.
—Muy bien, capitán. ¿Necesita refuerzos?
—Pienso que no. Espero que no.
—Si no volvemos esta noche —dijo Zark—, ya saben dónde buscarnos.
—Entendido, mi sargento —respondió Traco.
—Hay otra cosa que ambos deben saber —añadió el capitán—. Ayer por la noche me llamó el comandante. Al parecer hay novedades sobre el caso de la mujer del tulipán.
Les resumió la conversación.
—Por los Profetas —dijo Zark—. Pero eso… ¿qué quiere decir? El cadáver que encontramos estaba al norte y éste al sur, bastante lejos uno del otro.
—Sin embargo, es imposible que sea una coincidencia.
—Completamente imposible —coincidió el sargento primero.
—Lo que significa que o tenemos un imitador, o algo distinto.
—¿Un asesino… cómo lo llamamos?
—Un asesino recurrente. Uno que elige a sus víctimas y mata de forma similar, pero por razones que desconocemos.
—¡Siete Profetas! —exclamó Traco—. Nunca había oído algo así. ¡Un maniático!
—Podría ser un lunático —dijo el capitán—, pero sospecho que tratamos con alguien inteligente. Un depredador frío y calculador. A diferencia de una fiera, que mata por defenderse o para alimentarse, este asesino lo hace por otra razón.
—¿Por placer? —sugirió Zark.
—Sí, sargento. Puede ser precisamente eso.
—¡Espíritu de Dios! —dijo Traco.
—¿Y qué pidió el comandante que hagamos? —preguntó Zark.
—Que sigamos el rastro. El plan es hablar con la persona que esté a cargo de esa investigación.
—Suena bien —dijo Zark.
—Pero lo haremos después, hoy no. La prioridad sigue siendo el atalaya muerto.
Ambos sargentos asintieron.
—::—
Fueron directamente hacia el granero. Tardaron casi una hora en llegar. Aunque no llovía, el cielo seguía cubierto y gris, con un aire fresco que les azotaba el rostro.
—Parece abandonado todavía —dijo el sargento al llegar.
Permanecieron allí, a lo lejos, observando. Nadie entraba ni salía. Pasó un cuarto de hora cuando, de repente, un hombre salió por una puerta lateral del granero y se dirigió directamente hacia ellos.
Lo reconocieron enseguida. Era el hombre del manto rojo.