El cuartel
CRUJIENDO LOS DIENTES, Arjen puso una mano en el hombro del sargento Zark para indicarle que permanecieran ocultos.
Los tres bandidos revisaban los cuerpos tendidos, hurgando en los bolsillos.
Después, a la instrucción del hombre del manto rojo, se retiraron.
Dejaron pasar unos momentos antes de salir de su escondite y apresurarse hacia el derrumbado pabellón.
Para sorpresa del capitán, Jandos Saleni seguía vivo, aunque no por mucho tiempo.
El agua le caía en el rostro pálido y los ojos, con la mirada perdida, ni siquiera parpadeaban.
Arjen tocó la herida y supo al instante que era mortal.
El corazón acuchillado del hombre daba sus últimas palpitaciones antes de colapsar.
—Jandos, escúchame. ¿Fueron ellos? ¿Ellos mataron a Arbanda?
El sargento primero de la torre abrió la boca y la volvió a cerrar, intentando decir algo sin lograrlo.
—¿Por qué lo mataron? Vamos, sargento, ¡intenta decirme algo!
Le dio tres leves palmadas en la mejilla, pero no sirvió de nada. Los ojos se le cerraban.
—¡Maldita sea, Jandos! ¿Eran soldados de don Nadalo?
Al escuchar eso, la cara del sargento se desfiguró en una mueca de enojo, o al menos eso parecía: el ceño fruncido, los párpados encogidos sobre las cuencas de los ojos. Logró hablar con voz rasposa.
—Sí.
—¿Son ellos responsables de la muerte de la atalaya?
—Sí.
—¿Y por qué lo mataron, por contrabando?
Jandos exhaló.
Arjen lanzó un juramento.
—Está muerto —dijo.
—Los demás también.
—Maldita sea.
—¿Intentamos perseguirlos?
El capitán levantó la vista hacia donde se habían marchado los tres matones.
—No tiene caso. Sería casi imposible encontrarlos, y con esta lluvia y la oscuridad el riesgo de emboscada es muy alto.
—Muy bien, capitán.
—Hay que regresar al cuartel, dormir un poco. Mañana será otro día.
—::—
Al llegar al cuartel fueron directamente al refectorio para ver si aún encontraban algo que llevarse al estómago. Colgaron el manto y se secaron las botas.
Por fortuna tenían buena relación con el sargento Gunam, cocinero de tropa. Entraron hasta la cocina, donde Gunam dirigía a unos siete soldados en la limpieza.
—¿Y ustedes? —dijo al verlos.
—Día largo, sargento —respondió el capitán.
—Siempre lo mismo —replicó negando con la cabeza. Era un hombre delgado y algo encorvado, de unos cincuenta años, calvo y con manchas en la piel—. Hay un poco de caldo de lentejas y pan. Ya no tengo cerveza, solo vino aguado.
—Con eso —dijo el capitán.
Gunam les señaló con la cabeza una cacerola y de allí se sirvieron. El caldo ya no estaba caliente, pero seguía tibio. Con el hambre que sentía, al capitán Arjen no le importó. El pan estaba duro, como siempre, y el vino apenas merecía ese nombre, pero por la sed le supo bien.
—El comandante preguntó por usted, capitán —dijo Gunam.
—¿Sí? ¿Cuándo?
—Hoy, a la hora de la cena. Le dije que no lo había visto.
—¿Y qué más?
—Nada, aunque imagino que querrá verle.
—Muy bien. Gracias, sargento.
Gunam asintió y fue a regañar a un soldado por acomodar mal los cuencos.
—Querrá un informe —sugirió Zark.
—¿El comandante? Sí, debe ser eso.
—¿Necesitas que…?
—No, yo puedo ir solo. Descansa.
—¿Y mañana?
—Mañana iremos de nuevo al granero ese, pero esta vez hay que acercarnos. Entrar, ver qué hay dentro.
Zark asintió.
—Hay que prestar atención a lo que pase en la torre —continuó Arjen—. Con la muerte del sargento primero habrá movimiento. Seguiremos haciendo preguntas. Alguien sabe algo y, tarde o temprano, alguno hablará.
Salieron de la cocina, atravesaron el refectorio y se pusieron de nuevo el manto y la capucha, pues la llovizna persistía. Al salir, el sargento Zark se dirigió a su barracón, es decir, su dormitorio, mientras que Arjen caminó hacia las dependencias del mando.
El cuartel del séptimo condado de la Honorable Compañía estaba al sureste del castillo real. Los cuarteles de los sabuesos, construidos apenas seis años atrás, eran notablemente más pequeños que los de la guardia real o el ejército.
De todas maneras, este cuartel, delimitado por una muralla de madera, tenía espacio para un patio de armas amplio, barracones para los soldados, comedor común con su cocina, un almacén de buen tamaño, establos, dependencias del mando y un calabozo con diez celdas.
Fue directo a la oficina del comandante Virlán Acklen. La puerta estaba abierta y dentro encontró al secretario personal del comandante escribiendo en una hoja amarillenta a la luz de una vela.
—¿Está el comandante?
—Sí —dijo el joven soldado—. Puede entrar, capitán.
Se dirigió a la puerta emparejada y tocó tres veces.
—Adelante —escuchó la voz grave y ronca de Acklen.
Entró, se puso firme y saludó llevándose la mano al pecho.
—Capitán Arjen Dabidji, reportándose, mi comandante.
—Descanse, capitán.
Adoptó la posición de descanso, con las manos en la espalda y los pies algo separados.
Arjen sentía respeto y admiración por el comandante Virlán Acklen.
Era un hombre robusto, de unos cincuenta y tantos años, pecho ancho, cabello blanco bien recortado, piel enrojecida por el sol, frente llena de arrugas, ojos azules y quijada cuadrada bien afeitada.
Vestía todo de negro, como sabueso, aunque sin la capa cuyas hombreras llevarían el símbolo de su rango.
Acklen reportaba directamente a un mayor de la guardia real, pero éste estaba destinado en otro cuartel, no muy lejos de allí.
—¿Qué noticias, capitán?
—Seguimos investigando la muerte del maestre atalaya.
—Muy bien. Espero que esta vez no dejen un reguero de cuerpos.
—No, mi comandante —respondió, pensando de inmediato en los tres cadáveres del pabellón que dejaron a la lluvia, las ratas y el destino, sin molestarse en reportarlos.
—Avísame cuando tengas algo concreto.
—Sí, mi comandante.
—Bien —respondió Acklen, y calló.
Arjen esperó, pensando que si lo había llamado era por alguna razón específica y no solo para pedir un reporte.
Al no recibir otra instrucción, dijo:
—Permiso para retirarme, comandante.
—Denegado, capitán.
Arjen miró con curiosidad a Acklen. El comandante parecía pensativo, mirando hacia la pared, hasta que volvió los ojos hacia él.
—Te mandé llamar por una cuestión que…, hmm…, no estoy seguro de cuál sea la mejor manera de describir. Veamos. En tu última misión reportaste un crimen sin resolver.
—Así es, mi comandante. Una mujer.
Desnuda y estrangulada, recordó. Con un tulipán entre las manos.
—¿Alguna otra pista sobre esa muerte?
—No, comandante. Nada todavía.
No es que lo hubiera olvidado, ni mucho menos. A menudo por las noches volvía a pensar en ese caso, ese misterio sin respuesta.
Virlán Acklen asintió, pensativo. Miró la hoja que tenía sobre el escritorio y dijo:
—He recibido un reporte de la guardia real. El comandante del cuartel de la doceava zona es amigo mío y, el otro día, tomando unas copas, hablamos de casos sin resolver. Me mencionó que, un par de semanas atrás, uno de sus cabos encontró a una mujer muerta. Joven. Estrangulada. Desnuda.
El pulso del capitán se aceleró.
—¿Y el tulipán?
—Así es. Tenía un tulipán entre las manos. Un tulipán negro, capitán.