Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Reunión
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Reunión

AL CAER LA noche llegaron cerca de la Torre del Gorrión y se quedaron en una esquina vigilando.

Seguía descendiendo una cortina transparente de lluvia.

Aunque al capitán se le antojaba encender otra vez su pipa —sería la cuarta del día—, y estaba seguro de que el sargento lo imitaría, no lo hicieron para no descubrirse.

Escucharon las campanas que anunciaban la primera hora de la noche, es decir, el inicio de la primera vigilia. Las doce horas nocturnas se dividían en cuatro vigilias de tres horas cada una.

Aunque Jandos Saleni, sargento primero de la torre, dormía en la torre misma, el capitán sospechaba que saldría esa noche.

Había muchas tabernas cercanas y también mesones.

No le sorprendería que, sin la vigilancia del maestre atalaya, el sargento aprovechara para satisfacer sus necesidades, fueran cuales fueran.

No había manera de saberlo con certeza. Tal vez tendrían que vigilar la torre varias noches.

Estaban acostumbrados a eso. Así era la vida del soldado. Muchos jóvenes, al enlistarse, pensaban que ser soldado significaba ir de escaramuza en escaramuza, de combate en combate.

Pero no era así.

La realidad de la guerra era pasar mucho tiempo marchando de un lugar a otro, atrincherado en algún sitio incómodo y húmedo, esperando instrucciones en un campamento.

Ser soldado era acostumbrarse a dormir mal, a oler como un cerdo, a alimentarse con comida desabrida y a veces podrida.

Era enfermarse sin médico disponible, dormir a la intemperie mientras las ratas merodeaban cerca.

Y de repente, guerra.

Eran esos momentos de combate los que se volvían una extraña adicción, por lo menos para Arjen.

La sangre rugiendo en los oídos, el corazón golpeando el pecho, la certeza de que ese podría ser el último día de tu vida, la euforia de clavarle la espada en el corazón a un hombre y ver cómo su alma se escapaba por los ojos, nariz y boca.

Por Eluvá, la guerra era horrible y hermosa. Aterradora y reconfortante.

Una paradoja extraña.

Podría haber dejado esa vida atrás. Dedicarse a otra cosa, buscar trabajo en la ciudad o en el campo.

Pero ¿qué podía hacer? Le gustaba pensar y sabía matar.

Descripción perfecta de las responsabilidades de un capitán de la Honorable Compañía.

Una de las puertas laterales de la torre se abrió y salieron tres hombres.

—Ojo avisor —dijo el capitán al sargento.

—¿Es él?

—No estoy seguro.

—¿Nos acercamos?

—Sí, con cuidado.

Los tres hombres tomaron la calle norte junto a la muralla, una vía amplia que, a pesar de la lluvia y la hora, todavía estaba transitada. De todas maneras, mantuvieron una distancia de por lo menos un tiro de piedra.

—Sí es —dijo el capitán—. Estoy seguro.

Doblaron a la izquierda en un callejón y luego por otra calle en dirección noroeste.

—¿Qué vamos a hacer, capitán?

—¿Sobre qué?

—Son tres.

—Si los tomamos por sorpresa quizá podamos capturar al sargento.

—Tendremos que trabar armas.

—Si hay que batirnos lo haremos. Dejarlo escapar de nuevo no es opción.

—Concuerdo. A lo mejor nos cargamos a uno primero para estar por lo menos parejos.

—Quizá sí.

Matar a un hombre por la espalda no era la preferencia del capitán Arjen. Alguien diría que eso era de cobardes.

Pero esto era guerra. Guerra contra los criminales.

Es verdad que esos tres hombres eran soldados del rey, pero no eran sabuesos del rey, así que podían considerarse enemigos.

Claro, si algo así, la muerte de un soldado a cuchillada por la retaguardia, llegaba a mencionarse en una corte de justicia, podrían ser acusados de traición al reino y de asesinato injustificado de un servidor de Tresden y, por lo tanto, del rey. La sentencia sería la horca.

Eso, por supuesto, si llegaba a mencionarse. Ellos se encargarían de que nunca se mencionara.

De todas maneras, incluso si se supiera o, aun más, llegara a una corte, sabían que tenían el respaldo del rey. Y al final, la palabra del rey vencía la de cualquier juez. Los jueces habían sido establecidos por voluntad humana. El rey, por voluntad divina.

—Creo que nos vieron —dijo Zark.

Siguieron avanzando.

—¿Seguro? —preguntó el capitán.

—No…, no estoy seguro, pero el de la derecha miró rápido por encima del hombro. Creo que en nuestra dirección. La lluvia no me deja ver bien.

—Sigamos con cuidado.

—Puede que solo estén siendo precavidos.

Llegaron a un barrio solitario con casas abandonadas y otras a medio derrumbar. De estos había muchos a lo largo de la ciudad y eran refugio de ladrones y mendigos.

Se retrasaron más porque, debido al abandono del lugar, sería más fácil que los tres se dieran cuenta de que eran seguidos.

Avanzaron por una calle terrosa y embarrada y se detuvieron al llegar a una plaza en ruinas.

El pavimento adoquinado estaba agrietado, con hierbas creciendo entre las juntas.

Muchos de los árboles yacían secos y los que aún vivían mostraban ramas torcidas y follaje ralo.

Aquí y allá había matorrales descuidados y en el centro se alzaban las ruinas de un pabellón, pero ya sin techo ni barandal, solo una tarima de piedra que se elevaba apenas un pie.

—Por los Siete Profetas —dijo el capitán—, ¿qué demonios?

En el pabellón, seis hombres. Los tres que perseguían y otro trío.

Rápidamente se escondieron detrás de una barda medio derrumbada y miraron por encima.

—Es una reunión —susurró el sargento.

—Eso parece.

No escuchaba bien y tampoco veía con claridad, pero le pareció que de los tres nuevos, el del centro era el jefe, con un manto rojo.

La voz del sargento Saleni se alzó.

—No, no y no. Ese no fue el trato. El trato era muy sencillo. Ustedes se encargaban de eso y nosotros de pasarlo por una tarifa definida. Esto es apenas un tercio de lo que acordamos.

El del manto rojo respondió algo.

—Pues no —gritó Saleni—. Si la cosa va a ser así le pueden decir al gordo ese que no hay trato. No hay trato.

El del manto volvió a responder, pero Saleni negó con fuerza.

Hubo una pausa.

En un parpadeo el de rojo desenvainó. El sonido opaco de la espada saliendo de la vaina apenas se escuchó sobre la lluvia.

Saleni pegó un grito, dio un paso atrás y llevó la mano a la empuñadura.

Antes de tomar bien el pomo de su espada el de rojo ya le había atravesado el pecho.

Uno de los acompañantes de Saleni sacó su arma, pero fue acuchillado por los dos camaradas del manto rojo.

Al ver a sus compañeros muertos, el que quedaba vivo levantó las manos.

—Cuartel —gritó—. Cuartel.

El de rojo le clavó la espada en el vientre, la retiró y uno de sus hombres lo sujetó por la cabellera y lo degolló con una navaja.