Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Malditos perros
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Malditos perros

CUANDO KLANDA RECObrÓ el sentido, el capitán terminaba de comerse un trozo de jamón, y el sargento inclinaba un odre de cuero sobre su boca para darle un largo trago al vino.

—Vaya, ha despertado la mujer de su siesta —dijo el capitán.

Klanda, todavía en el suelo, se llevó una mano a la venda de la cabeza.

—Estabas sangrando, así que el sargento aquí se tomó la libertad de curarte la herida.

—De nada —dijo Zark, llevándose a la boca un puñado de almendras.

La tabernera cerró los ojos con fuerza por el dolor de cabeza que la atenazaba, los abrió, miró al capitán y dijo:

— Son unos malditos perros.

—Tienes razón, Klanda. Sabuesos, para ser exactos.

Con dificultad logró ponerse en pie y apoyó ambas manos sobre la barra. Entonces vio a los dos cadáveres.

—Por los Profetas… —murmuró.

—Por si estás pensando en huir otra vez —le advirtió Arjen—, tanto la puerta delantera como la trasera están cerradas. Te prometo que, antes de que quites el pasador, te deslizaré la daga por la espalda. No me importa que seas mujer.

—No tienes idea de lo que acabas de hacer. ¡Los mataste!

—Están bien muertos.

—Don Nadalo estará furioso. Ustedes… no saben lo que él puede…

—¿Lo que él puede hacer? Como por ejemplo, ¿matar a un maestre atalaya?

Con los ojos muy abiertos y la mirada perdida, respondió:

—Eso no lo sé. ¡Lo juro por Eluvá! —añadió, al ver el gesto escéptico de los dos hombres—. Ya no sé nada concreto sobre los negocios de don Nadalo. Soy una tabernera, por el amor de Dios. Solo sé que este es uno de ellos, uno de sus muchos negocios.

—¿Qué es, un contrabandista?

—Por favor, capitán. Si hablo, sabrá que fui yo. Me matará a mí y a mi hijo. Tengo un hijo de doce años. Es lo único que tengo —dijo, con los ojos vidriosos.

—Podemos protegerte —dijo Zark.

—¿Protegerme? ¡Bah!

—Podrías irte a otro barrio de la ciudad, uno lejos de aquí. Empezar de nuevo. Un nombre distinto. Nosotros nos encargaríamos de encontrarte trabajo.

Ella negó con la cabeza.

—Imposible. Aquí está mi vida.

—¿Aquí? ¿En esta pocilga? —replicó Arjen—. Con todo respeto, pero estoy seguro de que podrías volver a empezar en otro sitio. ¿Tienes familia?

—Aquí ya no. La única que me queda está en el pueblo de Garán.

—¿Dónde es eso? ¿En Ayatán, cierto?

—Sí.

—No está tan lejos.

—¿Por qué me hacen esto? ¡Yo no tengo nada que ver!

—Lo siento mucho, Klanda, pero así son las cosas. Esa muerte la vamos a esclarecer.

—¿Y qué quieren saber? ¿Qué les puedo decir?

—Dos cosas: quién es el zorro, y dónde encontramos a don Nadalo.

La tabernera se llevó la mano izquierda a la frente y palpó la herida. La mano le temblaba. Se mordió el labio y vaciló. Miró otra vez hacia el cadáver del moreno.

—No debieron matarlos.

—Les dimos oportunidad —dijo Zark.

—Escucha, Klanda. No queremos llevarte al cuartel, pero lo haremos. Y te prometo que allí será mucho peor. Esta es tu oportunidad para hablar.

—Está bien, está bien. Diré lo que sé.

—Buena decisión —dijo Arjen.

—Sobre el zorro… no sé bien lo que es. Pero he oído ese nombre susurrado últimamente. No estoy segura de si es una persona o una cosa, solo sé que es algo nuevo, o alguien nuevo, tal vez.

—¿En qué contexto lo has escuchado?

—Nada que pueda precisar. Hace unas semanas escuché a uno de los soldados de don Nadalo decir: «El zorro ayudará».

—Suena a que es una persona —comentó el sargento al capitán—. Un apodo.

El capitán asintió. Dijo:

—¿Y don Nadalo?

—Es un mercader. Tiene mucho dinero, mucho poder, pero prefiere mantener un perfil bajo.

Tan bajo que nunca había oído hablar de él, pensó el capitán.

—Pero es un hombre despiadado. Eso lo sé. Lo he visto matar con sus propias manos.

—¿Sí?

—Sí, aquí mismo, una noche que me tocó servir. Tuvo una reunión en aquella esquina —dijo señalando con la mirada—, y de repente, agarró a uno por el cuello y lo estranguló, así, sin más. Era uno de sus sargentos.

Si ese hombre tiene varios espadachines a su servicio significa que está bien organizado, pensó Arjen.

No le sorprendía: muchas bandas criminales se estructuraban como el ejército y, en algunos casos, sus hombres eran veteranos de guerra que, una vez terminada esta, vendían su espada al mejor postor.

—¿Dónde lo encuentro, entonces?

—No tengo ni la más remota idea de dónde estarán sus aposentos, o su guarida. Lo único que sé es que, a veces, se reúne con personas en un granero que está al norte, junto a la orilla del lago. Parece abandonado, pero se reconoce por un carretón sin ruedas que hay justo afuera.

Arjen dejó sobre la barra el hueso del jamón que había comido. Le dio un trago al cuenco de vino y se limpió la boca con la manga.

—Habrá que ir, pues.

—Yo no iría —advirtió ella—. Si van solo ustedes dos, morirán. Tiene hombres. Varios.

—¿Cuántos? —preguntó el sargento.

—Por lo menos unos diez siempre con él.

—Solo le haremos unas preguntas, nada más —dijo Arjen.

—No le gustan las preguntas.

—Pues tendrá que responderlas. Y tú, Klanda, si fuera yo, saldría de aquí hoy mismo —el capitán puso en la barra dos secles de bronce—. Tómalos y huye. Hoy.

—::—

—Vayamos al granero solo a espiar —propuso el capitán al salir—. Reconocer el terreno.

—Buena idea, capitán. Pronto oscurecerá.

—Sí, y tenemos otra cita esta noche.

—¿Con el sargento de la torre?

—El mismo.

—Bien.

Se acercaron al muelle y, encontrando una esquina en sombra, encendieron una pipa. La tercera del día.

Al llegar el crepúsculo, caminaron hacia el norte por la vereda, con las capuchas caladas, pues hacía viento y parecía que llovería de nuevo. Y así fue: no habían avanzado ni un cuarto de milla cuando comenzó una llovizna suave.

Vieron varios graneros a lo lejos, y localizaron el que buscaban gracias a la señal del carretón. Ya anochecía, se ocultaron tras unos arbustos y espiaron el lugar durante una hora. Sin embargo, nadie entró ni salió.

—¿Nos acercamos para inspeccionar? —preguntó el sargento.

El capitán negó con la cabeza.

—Hoy no. No nos da el tiempo. Regresemos mañana.

Se marcharon sin percatarse de que, a un tiro de piedra, tras un árbol, un hombre los observaba con gran interés.