Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Moreno y Cacarizo
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Moreno y Cacarizo

MORENO SE FUE sobre Arjen, el cacarizo, sobre Zark.

Al cruzar aceros, el capitán confirmó que su adversario era tan fuerte como aparentaba. El impacto fue tan violento que la hoja de su propia espada casi le rozó la nariz.

Se tambaleó hacia atrás y se defendió de dos tajos potentes que, de no haber sido desviados, le habrían abierto el pecho.

Se deslizó a la izquierda y dio un salto para ganar espacio. El moreno lo encaró. Detrás, Zark y el otro se medían a cuchilladas.

—Te metiste en la taberna equivocada, sabueso —dijo el moreno. La espada que blandía con ambas manos era larga y pesada, con empuñadura negra y guarda en forma de cruz.

La espada de Arjen no era corta. Tenía una longitud media que la hacía ágil y fácil de maniobrar.

La guarda y el pomo eran plateados. El puño, con núcleo de roble, estaba forrado con tiras de cuero azul.

El acero mostraba un leve tinte azulado: había sido forjado a las faldas de la montaña del Gavilán, en Erkande.

Fue un regalo de su maestro de armas al cumplir quince años.

Para Arjen, no existía mejor espada que aquella.

Aunque Zark se batía contra un rival con dominio suficiente de la espada, el sargento arremetía con sus dos dagas. No eran simples cuchillos, medían un palmo y medio, longitud suficiente para atravesar a cualquier desafortunado que se cruzara con el veterano de guerra.

El capitán hizo una finta y su oponente cayó en la trampa.

Sin embargo, no consiguió asestarle una herida mortal.

El grandote interpuso el brazo, y la punta le rajó por debajo del hombro.

Moreno soltó un grito y, furioso por la herida, contraatacó con cuatro espadazos que obligaron a Arjen a retroceder.

Maldita sea, se dijo Arjen, que comenzaba a cansarse.

Necesitaba dar un par de pasos más hacia atrás, pero se lo impidió la barra de la taberna. Detrás, Mina —o Klanda, o como fuera que se llamase— observaba la pelea y jaleaba a los suyos.

La mujer aprovechó que lo tenía cerca, tomó una jarra de cerámica y buscó romperla sobre la cabeza del capitán.

Este, al escuchar el movimiento, se giró rápido y alcanzó a ver el rostro desencajado de la mujer, con las mejillas encendidas, ojos desorbitados y la boca abierta en un grito.

Arjen se apartó justo a tiempo. La jarra se estrelló contra su hombro derecho.

Los pedazos salieron despedidos, uno le hizo una pequeña cortada en el pulgar con el que empuñaba la espada, otro rasgó, sin mucha profundidad, el cuello de Klanda, un tercero se incrustó —bendito sea Eluvá— en el ojo izquierdo de Moreno.

Arjen, guiado por el instinto, actuó de inmediato. Primero, golpeó a la mujer en la frente con el pomo de la espada. Los ojos de Klanda se cruzaron y se fue de bruces.

Acto seguido se lanzó contra Moreno, que gritaba como un poseso intentando arrancarse el fragmento que lo cegaba. El grandote, consciente de su situación, soltó la espada e intentó huir, pero el dolor debía de ser insoportable. Avanzaba dando tumbos hacia la puerta.

El capitán desenvainó su daga y, primero, hundió la espada en los riñones de su rival, la punta asomando por el vientre. La espalda de Moreno se arqueó, un grito se le atoró en la garganta y Arjen le clavó la daga en el cuello. El hombre se desplomó derribando una mesa.

Su compañero, el cacarizo, observó horrorizado el final de su socio.

Parecía dispuesto a pedir cuartel, quizá misericordia por amor de Dios, pues levantó las manos, incluyendo la derecha, que aún empuñaba la espada.

Al dejar el pecho descubierto, Zark le clavó ambas dagas en las costillas antes de que pudiera pronunciar palabra.

El cacarizo lanzó un alarido y cayó boca abajo, imitando a su amigo.

Capitán y sargento permanecieron un instante en silencio, recuperando el aliento.

Luego:

—¿Está usted bien, capitán?

—Estoy bien. Solo una herida pequeña en el pulgar, nada grave. ¿Usted, sargento?

—Todo en orden, mi capitán. ¿Y la mujer?

Arjen se asomó por encima de la barra.

—La dejé inconsciente, pero viva.

—¿Cree que vendrán más?

—Mejor sal y echa un vistazo afuera, a ver si se avecina algo.

El sargento obedeció. Momentos después regresó, cerró la puerta de la taberna, la atrancó y, negando con la cabeza, informó:

—Nada, capitán. Nadie se acerca.

—Perfecto. Busquemos algo para beber y comer, y luego nos ocupamos de la tabernera.