Quién demonios
LLEGARON AL MUELLE hacia la novena hora desde el amanecer. Quedaban aún unas tres horas de luz.
Al Muelle de los Naufragios, situado al este del Lago de las Siete Islas, se le llamaba así porque gran parte de su orilla sur era rocosa y muchos barcos habían encallado allí. Era uno de los muelles más grandes de la ciudad, con barquillas de distintos tamaños amarradas a sus postes.
Tenían que encontrar la taberna del Tuerto, así que sabían exactamente a quién preguntar. Se acercaron a un marinero de mejillas enrojecidas, tumbado bajo un arbusto y recién incorporado de una siesta.
—¿La taberna del Tuerto, amigo? —preguntó Zark.
—¿Eh?
—La taberna del Tuerto. ¿Dónde la encontramos?
—¿Del Tuerto, dijo?
—Sí.
—Una monedita, por Eluvá…
El capitán le lanzó un cobrín. El hombre miró la moneda y frunció el ceño, molesto. Arjen, echando hacia atrás la capa, le replicó:
—No tengo más para darte, amigo.
El marinero observó la espada y, pensándolo mejor, señaló vagamente:
—Está en la calle principal, junto al mesón del Caballo y la Dama.
Hacia allí se encaminaron.
Al entrar encontraron la taberna vacía. Olía a humedad, sudor, tabaco y alcohol. Tras la barra, una mujer hermosa, de cabello negro y rizado, limpiaba un plato con un trapo. Llevaba una diadema blanca en la frente y un vestido marrón algo ajado que realzaba su figura. Era robusta, pero no obesa.
Los miró con desconfianza, sobre todo al notar su atuendo: túnica gris, capa a juego y el medallón plateado de los sabuesos del rey.
—¿En qué puedo servirles, mis señores? —dijo con una sonrisa desarmante.
—Soy el capitán Arjen. Él es el sargento Zark. Sabuesos del rey.
—Mucho gusto, capitán Arjen; mucho gusto, sargento Zark. Sabuesos del rey.
Arjen no estaba seguro de si pretendía ser burlona.
—¿Qué les puedo ofrecer? ¿Aguardiente, vino, algo de cerveza?
—Nada —respondió el capitán—. No vinimos a eso.
—¿Nada? —repitió ella, alzando las cejas con fingida sorpresa—. Entonces han venido al lugar equivocado, caballeros. Esto es una taberna —añadió, señalando con la mano abierta a su alrededor.
Arjen no estaba de humor para juegos.
—Investigamos la muerte de un hombre. El maestre atalaya de la Torre del Gorrión. Elfric Arbanda.
—¿Elfric Arbanda? —dijo, llevándose un dedo a los labios—. No me suena, capitán. La verdad, muchos hombres pasan por aquí y pocos me dicen su nombre. Me sé muchos apodos: el Flaco, el Puercoespín, el Muelas…
—No pregunté si lo conoces, sino si has oído de él.
Ella hizo una pausa. Un leve gesto de fastidio le tensó las comisuras de los labios.
—Nunca, capitán. ¿Qué le pasó, si puedo preguntar?
—Lo acuchillaron esta madrugada —dijo Zark.
No mostró reacción alguna:
—Es triste la violencia que se vive en esta ciudad, capitán, si me permite decirlo.
—Para eso estamos —contestó Arjen—. Para llevar a la justicia a los violentos.
—Claro —respondió ella, sin mucha convicción.
—¿Cuál es tu nombre?
—¿El mío? Mina.
—¿Mina qué?
—Mina Elimás.
—¿Qué puedes decirme del zorro, Mina Elimás?
—¿El zorro? —repitió con aparente calma, tras una breve pausa. No obstante, su voz sonó áspera.
—Así es. ¿Dónde podemos encontrarlo?
La mirada de la mujer se perdió unos segundos. Parecía reflexionar.
—¿Encontrarlo?
—Exactamente.
—El problema, capitán, es que no tengo idea de lo que sea el zorro. ¿Es una cosa?
—Dímelo tú.
—No tengo ni la menor idea, sinceramente.
Sinceramente, ¿eh?, se dijo Arjen. Esta mujer miente.
—Pienso que, si nos acompañas al cuartel, tu memoria podría refrescarse —dijo el capitán—. ¿Opinas igual, sargento?
—Opino igual, mi capitán.
La respiración de la mujer se volvió más pesada y lanzó una mirada rápida a la puerta que tenía detrás. Valoraba la huida.
—No es buena idea —le advirtió Zark.
—¿Qué cosa?
—Salir corriendo. No solo te atraparemos, sino que será prueba de culpabilidad.
—No hay necesidad de esto. Ya les dije que no sé nada.
—Acompáñanos. Solo vamos a corroborarlo —insistió Arjen.
Espero que no huya, pensó. No tengo ganas de correr.
Además, no estaba seguro de poder alcanzarla. Era más joven, y aunque no quería admitirlo, él ya no tenía veinte años. Ni treinta. A pesar de mantenerse en forma y tener un físico musculoso, después de una carrera sentía que el corazón le estallaba.
Zark era algo más joven, pero solo por un par de años, y también se ejercitaba a diario. Sin embargo, ella conocía bien el muelle, y atraparla sería como cazar una liebre.
—¿Creen que no sé lo que les pasa a los que entran en ese maldito cuartel de sabuesos? ¡No salen vivos! ¡O salen sin un dedo, sin dientes, sin un ojo!
Arjen estuvo a punto de decirle que era una vil mentira, pero prefirió callar.
Todos sabían que entrar al cuartel de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey era…
arriesgado. Sí, algunos salían con menos miembros de los que entraban.
Y unos cuantos, dentro de un saco, eran cargados en un carretón hasta algún lugar desconocido.
Esos últimos eran la excepción. Técnicamente, los sabuesos tenían prohibido dar muerte a alguien sin juicio previo.
Técnicamente .
En realidad, la instrucción del rey era clara: erradicar la escoria del reino, a cualquier precio. Y para ello, había que usar los medios necesarios.
A la escoria no le importaba mentir, matar o torturar. Los sabuesos respondían acero contra acero, diente por diente, golpe por golpe. Aunque, en la práctica, preferían diente por dentadura, golpe por paliza.
—Si nada ocultas, saldrás sin problema —dijo Arjen, avanzando para sujetarla del brazo, pero ella dio un paso atrás.
La puerta de la taberna se abrió y entraron dos hombres charlando. El de la izquierda, alto y corpulento, de piel muy oscura, acababa de contar un chiste.
Ambos se detuvieron al ver la escena.
—¿Qué pasa aquí? Klanda, ¿quiénes son? —preguntó el moreno.
Nos dio un nombre falso , pensó el capitán. Mujer astuta.
Ella respondió al instante:
—¡Me quieren llevar! ¡Me quieren llevar a su cuartel!
Los recién llegados, sin pedir más explicaciones, desenvainaron. Arjen y Zark hicieron lo mismo. La mujer se apresuró a la puerta, la abrió, pero se quedó en el marco.
—¿Quién demonios son ustedes? —inquirió el moreno.
—Sabuesos del rey —contestó Arjen, firme—. Dejen las armas de inmediato o quedarán arrestados.
—¿Sabuesos, eh? —respondió, mirando a su compañero: un hombre más bajo, delgado, con la cara picada de viruela y ojos llenos de odio—. Qué ganas tenía de cargarme a un sabueso. Y mira, aquí tengo a dos.
—Igual yo —dijo el de rostro marcado.
—No hay necesidad de derramar sangre —advirtió Zark, que blandía dos dagas de acero acasiciano—. Solo estamos aquí para hacer unas preguntas.
—¡Me querían llevar! —chilló la mujer—. ¡Me querían violar! ¡Don Nadalo no lo permitiría!
—¡Cállate! —bramó el moreno—. ¡Yo me encargo de esto! —Y a los sabuesos—: Ustedes no son bienvenidos aquí. Les daré una oportunidad para que se larguen.
Por segunda vez en el día, Arjen evaluó la situación. Podían batirse contra los dos y probablemente ganar. No sabía si eran buenos espadachines, pero dudaba que estuvieran a su nivel o al de Zark.
El problema era que quizá no estaban solos y pronto llegarían refuerzos.
—Nos iremos, pero con la mujer —dijo Arjen.
El moreno bufó y negó con la cabeza.
—De aquí no salen ni con ella ni con sus espadas.
—¿Cómo dices? —preguntó Zark.
—Que dejen sus armas sobre la mesa, sordo, y se larguen.
—Eso no va a pasar —replicó Arjen.
Tras una breve pausa, el moreno y su compañero se lanzaron al ataque.