Los sabuesos del rey: Libros 1-5 En la taberna
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En la taberna

ENTRARON A UNA taberna cercana llamada Luna Menguante. Afuera había dejado de llover. Pidieron estofado de res con un trozo de pan y vino aguado.

—Habrá que regresar por él —dijo el sargento Zark, masticando el pan.

—Sí. Esta noche le daremos una visitada.

—Definitivamente oculta algo.

—No me cabe duda.

Siguieron comiendo en silencio. Ni él ni Zark eran particularmente habladores, y eso le agradaba al capitán.

Además, después de tantos años conociéndose, si no había algo relevante que decir, mejor era callar.

Aunque, siendo sincero, había mucho sobre el sargento que desconocía.

Por un lado, estaba seguro de que Zark se había enlistado desde joven; su vida era la milicia.

Pero sabía leer y escribir, lo cual implicaba que pasó tiempo en alguna academia de gramática.

A menos, claro, que hubiera aprendido por su cuenta.

Arjen, por su parte, jamás conoció a sus padres.

Se crió en las malolientes calles de Tresden hasta que el sabio Joranatán lo rescató.

Fue él quien primero lo introdujo a las letras y al manejo de las armas, una combinación que nadie consideraría sensata.

Desde joven, Arjen sintió una atracción dividida: por un lado, la vida del pensamiento y los libros.

Por otro, la del acero y la acción. Por eso su casa estaba repleta tanto de libros como de armas.

También fue Joranatán quien, durante sus largas ausencias, lo dejaba al cuidado de don Artemes, maestro de armas, o del padre Darió.

El sacerdote le enseñó la Santa Fe Profética y lo ayudó con la lectura, no solo introduciéndolo a Los siete libros , sino dándole acceso a otros escritos.

Cada primavera, durante el festival de Revelación, el padre le regalaba un libro.

Cada uno era un tesoro, formativo para su mente.

Filosofía, teología, matemáticas, retórica, lógica…

En su juventud no comprendía gran cosa, pero al releerlos con los años, fue aprendiendo cada vez más.

A veces se preguntaba cómo habría sido su vida si, en vez de soldado, hubiera sido monje.

Una vida de soledad, dedicada a Eluvá, a la contemplación, al cultivo de la mente.

Los monjes, como los sacerdotes, hacían voto de celibato.

¿Habría sido capaz de cumplirlo? Había compartido cama con muchas mujeres, y a algunas las quiso de verdad, pero no se casó con ninguna.

Y la única mujer a la que amaba no podía casarse con él.

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando un criado joven se acercó a ellos.

—Disculpen, mis señores —dijo el chiquillo—. Esto es para ustedes.

Le entregó al capitán un pequeño pergamino doblado en cuartos.

—¿Quién te lo dio, hijo?

—Un hombre encorvado, con un manto pesado. No le vi bien la cara, llevaba capucha.

—¿Se ha ido?

—Se marchó justo después de darme un par de cobrines.

Arjen desplegó el pergamino y leyó. Zark se asomó por encima para leer también:

Muelle. Taberna del Tuerto.

Ambos se levantaron al instante y salieron apresurados, con la esperanza de avistar al mensajero encapuchado, pero no lo lograron. La calle adoquinada estaba llena de gente, algunos montados en mulas, otros en carretas. Era una vía concurrida, y hallar al desconocido sería casi imposible.

Regresaron a la taberna, retomaron su mesa y encendieron sus pipas. La segunda del día.

—Parece que tenemos un pajarito de nuestro lado —dijo el sargento Zark.

—Eso parece. A menos que sea una trampa.

—¿Tú crees?

El capitán reflexionó unos segundos:

—Quizás no. Si quisieran tendernos una emboscada, no nos habrían avisado. Simplemente nos atacarían en algún callejón.

—De todos modos, mejor andar con ojos en la nuca, mi capitán. Algo me dice que este caso tiene más fondo del que parece.

—Estoy de acuerdo. Hay que cubrirse bien las espaldas.

—«En el muelle» —repitió Zark—. Pero ¿en cuál?

Tresden era una ciudad tan extensa que albergaba tres grandes lagos, varios menores dispersos por sus barrios, y ríos que la cruzaban serpenteando entre calles y plazas. Por tanto, los muelles eran numerosos.

—Si tuviera que adivinar, diría que el de los Naufragios. Es el más próximo a la Torre del Gorrión. Además, por allí pasa el Río Sereno. Habrá que encontrar esa taberna.

Zark asintió.

—Tiene lógica.

—Podemos comenzar allí y ver qué encontramos.

—Huele a tráfico, ¿no te parece?

El capitán se llevó a la boca el cuenco con vino, bebió un largo trago y lo dejó sobre la mesa.

—Pensaba lo mismo, sargento. Y tiene sentido, ¿no? El maestre atalaya estaba al mando de una torre importante, por donde pasa mucha mercancía. Algo sale mal. Lo buscan, lo encuentran, lo matan.

—Lo que me intriga es por qué no se llevaron el dinero. De haberlo hecho, habría parecido un simple robo.

—Dos posibilidades —dijo Arjen—. Una, que el dinero no les interesaba. Es decir, que recibieron instrucciones claras: matarlo, nada más. La otra, que huyeron antes de poder tomarlo.

—¿Por la guardia?

—Exacto. Tal vez los soldados pasaban cerca, y los asesinos prefirieron huir antes de verse atrapados.

—Podría ser —dijo Zark—. Sobre todo con lo que dijo la sargento Verlán: «Seguía tibio cuando lo hallamos».

—Sí. Entonces, la pregunta clave sigue siendo: ¿quién y por qué? Si hay contrabando de por medio, el muelle debe estar relacionado.

—No sería raro. Si hay un lugar en donde ocurre de todo, es allí.

—Exactamente, sargento. A veces es más fácil mover lo prohibido por agua que por tierra.

—¿Y qué buscaremos en el muelle?

—Aún no lo sé, sargento, pero algo me dice que estará relacionado con el zorro.

Terminaron la pipa y salieron.