Los sabuesos del rey: Libros 1-5 La Torre del Gorrión
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La Torre del Gorrión

Escucharon la campana de un templo anunciando la sexta hora desde el amanecer, es decir, el mediodía.

Bajo el arco de entrada se alzaba el portón, con una puerta doble de madera reforzada con hierro, que permanecía abierta durante el año salvo en tiempos de guerra o bajo toque de queda. Por la noche, según ordenara la guardia del rey, se bajaba el rastrillo para impedir el paso.

Ese día, seis guardias vigilaban el acceso, dejando entrar prácticamente a todos salvo a los carretones, que debían ser inspeccionados.

Se identificaron ante uno de los soldados, quien les informó que el sargento primero almorzaba en un mesón cercano, a un tiro de piedra. Hacia allí se dirigieron.

Al entrar, al capitán le rugieron las tripas. Olía a pan recién horneado y a jamón con huevos.

Era un local agradable, con amplias ventanas que dejaban pasar la luz a pesar del cielo encapotado, mesas limpias y un par de criados atendiendo a los comensales.

Se acercaron al mesonero, un hombre con delantal que limpiaba una mesa con un trapo húmedo.

—Soy el capitán Arjen —dijo, mostrando el medallón plateado que lo identificaba como sabueso del rey—. Busco al sargento Saleni.

—Es aquel de la esquina —respondió el hombre, señalando con la barbilla.

En la mesa indicada comían cuatro soldados de la guardia. Uno de ellos tenía su espada envainada recargada junto a la pared. No solo comían: estaban dándose un banquete. Jamón, quesos, fruta y una jarra de vino recién servida.

Casi parece una celebración, pensó Arjen.

—¿Tengo el gusto con el sargento Jandos Saleni? —preguntó, dirigiéndose al que portaba la raya vertical bordada en el pecho, distintivo del rango.

—¿Y usted quién es? —respondió el hombre con fastidio.

—Capitán Arjen. Él es el sargento Zark. Sabuesos del rey.

Los cuatro soldados, que momentos antes reían y comían con soltura, se quedaron inmóviles. Incluso a Saleni se le abrieron los ojos, aunque solo por un instante fugaz.

—¿En qué puedo servirle, capitán?

—Investigamos la muerte del maestre Arbanda.

Saleni se quedó serio. Sus acompañantes también. Se lamió los labios y dijo:

—¿La muerte, dijo usted?

—La muerte. Así es. ¿Estaban enterados?

—De ninguna manera —negó con la cabeza—. Para nada. ¿Cómo murió?

—Acuchillado.

—¿En su casa?

—No. En plena calle.

Hubo una pausa.

—Con todo respeto para el maestre atalaya —dijo el sargento primero—, era un hombre muy dado a la bebida. Quizás se metió con la persona equivocada.

—O quizás lo mandaron matar —intervino Zark, clavando la mirada en los cuatro como un halcón.

—¿Y por qué querría alguien hacer algo así?

—No lo sabemos, sargento —dijo Arjen—. Tal vez usted pueda ayudarnos a aclararlo.

—No tengo ni la menor idea. Siento no poder ser de más ayuda, capitán —dijo, acomodándose en la silla como si la charla hubiera concluido.

—¿Qué le parece si vamos a la torre y seguimos allí esta conversación? —propuso Arjen.

El hombre tardó en responder. Miró a los otros tres, que guardaron silencio.

—La verdad, no tengo nada más que decir.

—No fue una sugerencia, sargento. Es una orden.

—¿Una orden, eh?

Arjen dio un par de pasos en dirección a Saleni:

—A menos que se niegue a colaborar con los sabuesos del rey. Y no le recomiendo hacer eso.

Saleni volvió a pasarse la lengua por los labios.

—Con mucho gusto —dijo, forzando una sonrisa—. Lo que necesiten, mis señores.

Se levantó, dejó unas monedas sobre la mesa, tomó su espada y salió escoltado por los sabuesos.

—::—

—Como le dije, capitán, no tengo idea de quién pudo querer matar al maestre. Probablemente fue un robo.

—No fue un robo.

—¿No?

El capitán Arjen negó con la cabeza.

El sargento primero Jandos Saleni estaba apoyado contra el escritorio de la oficina que, hasta esa madrugada, había pertenecido a Arbanda.

Era un cuarto pequeño, cuadrado y gris, con la austeridad propia de una oficina militar.

En la pared izquierda colgaba el estandarte del reino y, debajo, en un armario, tres lanzas y un escudo muy viejo.

—Entonces —dijo Saleni—, andaría metido en algo turbio.

—¿En qué clase de cosas, por ejemplo? —preguntó Zark.

Saleni se encogió de hombros:

—No sabría decirle, sargento.

—El maestre Arbanda era su oficial —dijo Arjen—. Usted es el sargento primero, por lo tanto, el segundo al mando en esta torre. Cualquiera pensaría que alguien en su posición tendría más información, sargento Saleni.

—Lo lamento, capitán —respondió, pasándose otra vez la lengua por los labios—. Si andaba dando pasos en falso, lo desconozco.

—Entiendo —dijo Arjen, sin mucho entusiasmo—. ¿Dónde estuvo usted esta madrugada?

—¿Yo? —Saleni arqueó las cejas—. No me diga que soy sospechoso.

—Lo eres —respondió el capitán, seco. Saleni se quedó petrificado—. Así que más vale que respondas antes de que te llevemos al cuartel.

—Estuve aquí mismo. Dormí en la torre.

—¿Puede alguien confirmarlo? —preguntó Zark.

—Cualquiera de mis hombres. Pueden preguntarles.

—¿Quién es el zorro?

Jandos Saleni hizo todo lo posible por mantener el rostro impasible. Pero una sombra cruzó fugazmente sus ojos. Controlaba su respiración, exhalando con calma, aunque le temblaba apenas la mandíbula.

—¿El zorro? —repitió.

—Así es. Habla.

—Mi capitán, no quiero ofenderle, pero no sé a qué se refiere. ¿Dónde escuchó ese nombre?

—Eso no es asunto tuyo. Limítate a decirnos lo que sepas.

—Ya lo he dicho. No sé nada.

—¿Qué le parece si nos acompaña al cuartel? —dijo Arjen.

—Eso no será necesario, capitán —replicó Saleni. Y al momento, levantando la voz, gritó—: ¡Guardia!

La puerta se abrió al instante y entraron tres soldados armados con lanzas.

—¿Qué significa esto, Saleni? —preguntó el capitán al verlos. Tanto él como Zark apoyaron la mano sobre el pomo de sus armas.

—Nada, capitán —respondió el sargento con una sonrisa burlona—. No lo malinterprete. He colaborado y la conversación ha terminado. Estos hombres simplemente se encargarán de escoltarles. Nada más.

—Negarse a acompañar a los sabuesos del rey es peligroso, Saleni —dijo Zark—. Estos tres no podrían evitar que sucediera.

—Quizás no. O quizás consigan matar a uno de ustedes. Nunca se sabe.

Arjen evaluó la situación: cuatro contra dos, en un espacio reducido. Incluso si lograban matar o herir a varios, habría más soldados fuera. Y si en el proceso mataban a Saleni, perderían a alguien que claramente sabía más de lo que decía.

El capitán soltó la empuñadura, sonrió y dijo:

—Creo que nuestro tiempo aquí ha terminado.

—Me alegra oír eso, capitán.

—Sin embargo, nos veremos de nuevo, Saleni.

—Los estaré esperando con gusto. Pero la próxima vez, traigan un permiso de interrogación.

Tanto Arjen como Zark soltaron una carcajada.

—No te preocupes, Saleni —dijo Zark mientras salían—. Lo traeremos.