Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Una pista
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Una pista

LA ESPOSA DE Elfric Arbanda no parecía haber llorado. Tenía, más bien, un semblante de desconcierto. Era una mujer de tez pálida, con dientes amarillos y torcidos.

Sus dos hijos, unos pequeñines de menos de cinco años, con el cabello duro y la cara sucia, estaban sentados en el suelo, en un rincón. No decían nada. Se veían tristes, desnutridos y sin ganas de moverse. Miraban a los dos visitantes con curiosidad, pero sin mostrar emoción.

Los aposentos de la familia Arbanda estaban en el cuarto piso de un barracón llamado De las Flores.

Miles de personas en la ciudad vivían en estos barracones, que eran complejos habitacionales normalmente construidos en madera, de varios pisos y bastante modestos.

En ciertos distritos, los barracones eran de ladrillo y contaban con patios interiores.

Algunos estaban administrados por el reino; otros, por arrendadores privados.

—Lamento mucho lo sucedido, señora de Arbanda —dijo Arjen.

—Sí —respondió ella, escuetamente—. Volveré con mis padres. Ellos me ayudarán. Viven en una granja, en Anumá.

Arjen no supo bien qué contestar. Lamentaba la situación en la que ahora quedaba aquella mujer: sin el sustento de su esposo y con dos pequeños que alimentar.

Por su experiencia en el ejército, había visto este escenario repetirse muchas veces: familias que, de un momento a otro, se quedaban sin padre, sin esposo, sin hijo, sin hermano.

—Mi esposo era un hombre trabajador, capitán.

En ese sentido, fue un buen marido. Pero pasaba la mayor parte del año ausente.

Solo lo veíamos un mes, cuando traía su paga, de la cual se gastaba la mitad en juego y bebida.

No con mujeres, gracias sean al Primer Profeta.

No era mujeriego. Solo bebedor y jugador.

Que Eluvá lo tenga en su gloria —añadió.

Los ojos se le pusieron vidriosos, y sus cejas se arquearon, como si ella misma se sorprendiera del sentimiento que la invadía.

—Sabemos que algunos soldados vinieron a informarle sobre la desafortunada muerte de su esposo.

—Así fue.

—Estamos investigando su asesinato. Es nuestro oficio.

—¿Son sabuesos?

—Lo somos. El sargento Zark y yo hacemos la justicia del rey.

La mujer frunció el ceño:

—Bien. Porque no es justo que lo hayan matado así. ¡Como si fuera un ladrón callejero!

—¿Tiene alguna idea de quién pudo haber querido deshacerse de él?

—Mi marido era maestre atalaya. De la Torre del Gorrión. ¿La conoce?

—Sí —respondió Arjen—. Al sureste.

—Esa misma.

Era una torre grande e importante. La ciudad, al ser gigantesca, contaba con varios anillos de murallas, y era la exterior la que tenía las torres más grandes y fortificadas.

Arjen pensó que el sueldo de Elfric debía haberle permitido vivir en un lugar mejor que ese.

La baraja y la bebida, se dijo. Nunca he visto a un hombre exitoso dominado por ellas…, salvo a los nobles, que hacen lo que quieren.

—Estando sobrio, mi esposo era un hombre recto. Su posición se prestaba a la corrupción, ya se imaginará. Y no dudo que aceptara algunos escudos cuando no debía. No era un santo, si me entiende.

Arjen asintió.

—Sin embargo, no se prestaba a eso como otros.

—¿Así que pudo ser esa la razón de su muerte?

—Podría ser. Sí…, podría ser.

—¿Hace cuánto regresó de la torre?

—Apenas dos semanas. Le dan cuatro al año para estar con nosotros. El resto del tiempo duerme en la torre. De vez en cuando viene y nos visita, quizás una vez al mes.

Zark, que tomaba notas en un pequeño cuaderno con su tizón de escriba, 9 intervino:

—Durante estas dos semanas, ¿mencionó algo que pueda ayudarnos a esclarecer lo ocurrido?

La mujer se quedó pensativa, mirando a sus hijos, que habían empezado a jugar entre ellos.

—Lo único que recuerdo es que, hace unas cinco noches, regresó completamente borracho. Y antes de quedarse dormido me dijo: «Si algo me pasa, fue por el zorro».

—¿Por el zorro? —repitió Zark.

—Eso dijo.

El sargento apuntó el dato.

—¿Y qué cree que quiso decir?

—No tengo idea, sinceramente. Ni siquiera le pregunté al día siguiente, porque cuando anda ebrio dice…, decía… cada tontería.

Arjen y Zark se miraron. No era mucho, pero era algo. Le hicieron algunas preguntas más, pero no obtuvieron nada que consideraran especialmente relevante.

Al salir del barracón caían unas gotas. Caminaron hasta una esquina y se resguardaron bajo un tejado de lámina, pues parecía que la lluvia estaba por comenzar. Encendieron su primera pipa del día.

—¿Qué opinas, sargento?

Zark, que aún se esforzaba por prender el hornillo, logró finalmente encenderlo. Chupó la pipa y exhaló un par de bocanadas antes de responder:

—Pues no creo que haya sido ella.

—Yo tampoco. No en la situación en la que se encuentra.

—A menos que descubramos algo oculto que la haya llevado a desear la muerte de su esposo. Pero algo me dice que, incluso si fuera así, no tendría los medios para contratar asesinos a sueldo.

—Habrá que mantener los ojos abiertos. Pero mi instinto me dice que no va por ahí.

—Coincido, capitán. Alguien más lo mandó a matar.

—«Fue por el zorro» —recordó Arjen.

—Algún apodo, supongo.

—¿Te recuerda a alguien?

—A nadie en particular. Aunque hace un par de años encerramos a uno que le decían así, ¿no?

—Sí, pero era un raterillo. Lo arrestamos porque mató a su compañero de fechorías. Todavía debe de estar pudriéndose en el calabozo.

—Donde merece estar, pedazo de sabandija.

—Vayamos a la torre a preguntar. Probablemente hallemos alguna pista.

Permanecieron bajo el techo hasta terminar de fumar. Por suerte, solo cayó una llovizna ligera, así que, cubriéndose con la capa y subiendo la capucha, emprendieron el camino.