El maestre atalaya
EL CIELO SE nublaba al llegar a la escena del crimen.
—¿Irá a llover? —preguntó Zark, mirando al cielo.
—Parece que sí. Se nota en el aire. Huele.
—Eso espero. Hemos tenido calores infernales.
La cara del cadáver estaba cubierta con un pañuelo. Dos soldados lanceros lo custodiaban. Junto a ellos se encontraba la sargento.
Los ojos de la soldado se iluminaron al verlos y saludó con la mano al pecho:
—Bienvenido, mi capitán. Soy la sargento Alana Verlán de la guardia real de la ciudad, a su servicio.
Era joven, de unos veinte años, con el cabello rubio recogido en una gruesa trenza. Tenía el ojo izquierdo marrón y el derecho azul.
—Gracias, sargento. Vinimos en cuanto pudimos. Yo soy el capitán Arjen, este es el sargento Zark, de la Honorable Compañía —dijo Arjen.
La Honorable Compañía de la Justicia del Rey era el nombre oficial de los llamados coloquialmente sabuesos del rey.
—Un gusto, sargento —respondió Zark, saludando con un leve asentimiento.
—¿Qué puede decirnos del fallecido? —preguntó el sargento.
—Hemos identificado su nombre: Elfric Arbanda. Nos lo dio un tabernero cuyo local está cerca. Por el olor, supimos de inmediato que venía de una taberna cercana.
—Bien —asintió Arjen—. ¿Se ha notificado a la familia?
—He enviado a dos soldados. Vive no muy lejos, en este mismo condado.
—Según entiendo, fue usted quien solicitó nuestra presencia por ciertas irregularidades.
La sargento miró el cuerpo y se rascó la sien.
—Sí, varias. Fue por pura providencia de Dios que lo encontramos nosotros primero. Si hubiéramos pasado por aquí unos momentos antes, tal vez habríamos evitado su muerte. Solo Eluvá sabe por qué no fue así. Aún estaba tibio cuando lo hallamos.
—Los designios de Eluvá son inescrutables —dijo Arjen.
Alana Verlán lo miró con interés. Añadió:
—No hemos contado el dinero que llevaba, pero es evidente que la bolsa está llena. Si el asesino robó algo, dejó la mayor parte. La verdad, parece que no se llevó nada.
—Entonces no fue un robo —concluyó Zark.
—No lo parece —confirmó ella—. Interrogamos al tabernero. Nos dijo que los dos hombres con los que Elfric pasó la última parte de la noche siguen en la posada: uno dormido en una esquina, el otro en una habitación. Así que ninguno lo siguió para apuñalarlo.
—¿Y el propio tabernero? ¿Parece sospechoso?
—Lo dudo. Cuando lo traje a reconocer el cuerpo, se le notaba genuinamente sorprendido y afectado. Al parecer se conocían desde hacía tiempo. De todos modos, lo interrogué.
La sargento les resumió los resultados. El tabernero relató que Elfric había llegado la tarde anterior con apenas un par de cobrines en el bolsillo, pero tuvo una noche de suerte jugando a las cartas.
Bebió mucho, perdió varias veces, pero acabó ganando una buena cantidad.
El tabernero le ofreció quedarse debido a su estado, pero Elfric se negó, pues vivía cerca.
Decisión que le costó la vida , pensó Arjen.
—Otro dato importante —añadió la sargento—: el muerto era maestre atalaya.
—¿Sí? —Arjen levantó una ceja.
—Eso dijo el tabernero.
—¿De torre exterior o de la muralla?
—De la muralla, al parecer. Aunque habrá que confirmarlo.
Los maestres atalayas eran jefes de escuadra encargados de la vigilancia en una torre.
Debido a la constante amenaza del Sagrado Imperio de Ragidán, el reino de Tresden estaba lleno de torres, sobre todo al este, hasta la orilla del Canal de las Tormentas.
Algunas eran altísimas, lo suficiente para divisar incursiones a millas de distancia.
Aunque había paz desde hacía cinco años, tras la firma del Tratado de Soane, el peligro seguía latente.
El emperador Sar Glodiaga de Ragidán era, a juicio de Arjen, un áspid sin escrúpulos, sin palabra y sin honor.
Más temprano que tarde, volvería a invadir.
A los poderosos sedientos de más riqueza nunca les importaba la muerte de los peones.
Así que Elfric podía haber servido en alguna torre exterior, o en una de las torres de la muralla.
En este último caso, no solo vigilaba desde lo alto, sino que también supervisaba el paso de personas y mercancías por las puertas de la ciudad.
El cargo de maestre atalaya era, por tanto, de gran importancia: seguridad y aduanas recaían en él.
—Veamos el cuerpo —ordenó el capitán.
Se acercaron, y la sargento retiró el pañuelo.
Los ojos aún estaban abiertos. El izquierdo, entrecerrado. La boca abierta. La lengua fuera, en una mueca grotesca. Olía fuertemente a alcohol. Era un hombre de mediana edad, algo barrigón sin llegar a ser obeso, de nariz redonda y entradas incipientes.
Llevaba una túnica marrón sencilla. Tenía tres botones al cuello, que la sargento ya había desabrochado para examinar mejor la herida.
—Una daga delgada —dijo Arjen, al ver el orificio, que aún no había sido limpiado.
—Sí —confirmó Zark—. Directa al corazón, como lo haría un carnicero.
—El asesino tuvo ayuda —aseguró Arjen—. Alguien debió sujetarlo.
—¿Usted lo cree? —preguntó Alana.
—Sí, por la herida. Mírala: demasiado limpia. Si hubiera forcejeado, se notaría.
—Tiene razón, capitán —dijo Zark.
—Lo estaban buscando —añadió Arjen, poniéndose de pie—. Por alguna razón querían a este hombre. Esperaron a que saliera de la taberna, lo interceptaron, lo inmovilizaron y le atravesaron el corazón. Buen trabajo, sargento Verlán. Sus instintos han sido acertados. Hizo bien en llamarnos.
—¿Pero por qué? —preguntó ella.
—Porque los sabuesos nos encargamos de este tipo de asuntos —respondió Arjen, ligeramente sorprendido por la pregunta—. Investigamos muertes sospechosas, entre otras cosas.
—Entre muchas otras —puntualizó Zark.
Ella negó con la cabeza:
—No, no, mi capitán. Me refiero a… ¿por qué lo mataron?
—Ah —dijo Arjen Dabidji—. Eso es exactamente lo que vamos a averiguar.