Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Comunión y Perdón
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Comunión y Perdón

JUSTO ANTES DE que amaneciera ese primer día de la semana, el capitán Arjen Dabidji entró al templo con su ofrenda en las manos.

Era un santuario pequeño, en el que apenas cabrían unos veinte adoradores. Se dirigió al altar en aquella penumbra, donde encontró al padre Darió dormido en una silla, iluminado por una vela que reposaba sobre la mesa sagrada.

Vaciló, sin estar seguro de si debía despertarlo. Pero siendo donme —primer día—, pronto comenzarían a llegar fieles con sus respectivas ofrendas. Prefería darse prisa.

—Padre —dijo acercándose—. Padre…

El hombre abrió los ojos, parpadeó varias veces y sonrió al ver a Arjen.

—Arjen, hijo, perdón. Me quedé dormido.

—No hay problema, padre. Es muy temprano.

—Tú siempre vienes muy temprano —dijo el sacerdote, poniéndose de pie con la ayuda de Arjen—. Ayúdame depositando tu ofrenda en el altar, ¿sí?

—Por supuesto —respondió el capitán.

Normalmente, solo el sacerdote podía hacerlo, pero Darió y él se conocían desde hacía años, desde que Arjen era un niño. Había servido como acólito en ese mismo templo, muchos años atrás.

El capitán traía una ofrenda de Comunión y Perdón: un ramo de laurel, flores secas, tallos marchitos y espigas de grano. Mientras la colocaba en el tazón de plata sobre la mesa del altar, el sacerdote encendía el braserillo sagrado, a la derecha.

—¿Cómo va todo, hijo?

—La semana pasada fue una completa locura.

—¿En la Universidad, verdad?

—Sí… ¿cómo lo sabe?

—Mis pajaritos, hijo.

El padre Darió ministraba siempre entre los pobres, sobre todo entre los huérfanos, quienes lo veneraban y lo mantenían informado de todo lo que ocurría en la gran ciudad de Tresden, la capital del reino.

—Pues sí, padre. Fue en la Universidad. Pero encontramos al asesino.

—Se hizo la justicia de Eluvá.

—Así es.

—Gloria sea a Él.

—Gloria sea.

Una vez encendido el brasero, el sacerdote se acercó al altar y derramó sobre la ofrenda el aceite sagrado de la unción. El aroma que desprendió era cálido y profundo, con notas verdes y amargas que recordaban a hojas de olivo recién trituradas.

Arjen sintió un escalofrío de placer. Ese olor lo devolvía a los días de su infancia, cuando disfrutaba servir en el templo junto a Darió, entonces un joven sacerdote, ahora un anciano venerable y sabio.

Vestía la túnica sencilla de su oficio: negra, de lana tejida, abotonada hasta el cuello, y ceñida con una cuerda de cáñamo, símbolo de humildad ante Dios. Sobre la cabeza, una cofia de lino negro que le cubría las orejas y descendía por los lados.

El padre Darió —sin posnombre, como todos los sacerdotes que tomaban votos— tenía el rostro curtido por los años y una barba gris que le caía hasta el pecho.

Con los carbones encendidos, el padre tomó el mechero, lo prendió, y acercándose al tazón, encendió la ofrenda.

Un humo perfumado se elevó: símbolo de las oraciones de los santos a Eluvá.

El olor, mezcla de humo y aceite, parecía brotar de la llama azul, bajo la cual las flores y espigas crepitaban.

Darió alzó ambas manos con los ojos cerrados. Arjen lo imitó, de pie frente a él, con el altar entre ellos.

—Bendito seas tú, oh Eluvá, rey de los ejércitos celestiales —dijo el sacerdote.

Arjen repitió cada frase como un eco.

—Por tu gracia y tu misericordia te pedimos perdón, nosotros los pecadores.

»Por tu gracia y tu misericordia restablecemos la comunión contigo, oh rey bendito.

»En esta hora, nosotros los pecadores nos acercamos a ti, para recibir de tu trono la gracia para el oportuno socorro.

»Mediante tus santos Profetas lo pedimos. Amén.

—Amén —dijo el capitán.

—Ve en paz, hijo mío. Tu comunión con Dios ha sido restablecida.

—Gloria sea a Él.

Darió tomó el tazón por el borde y lo llevó al receptáculo de consumación, a la izquierda del altar, pegado a la pared. Era un gran mortero de piedra sobre una mesa. Allí depositó la ofrenda encendida y arrojó un poco de arena para apagar el fuego.

—¿Y cómo estás tú, Arjen? —insistió mientras se aseguraba de extinguir bien las llamas.

—Estoy bien, padre.

—Ver tanta sangre, tanta muerte…, eso afecta el alma.

El capitán se quedó pensativo.

—A veces me pregunto si tengo alma. He visto morir a tantas personas, y no estoy seguro de si me afecta o no.

—Todos tenemos alma, hijo mío —dijo el sacerdote, mirándolo con seriedad, pero sin juicio—. Y recuerda que toda persona a la que quitas la vida ha sido creada por la voluntad de Eluvá.

—Solo me deshago de los que lo merecen, padre.

El viejo asintió, pensativo. Dijo:

—Hay pocos tan fieles en traer su ofrenda de Perdón cada primer día de la semana.

—Hay pocos que hacen lo que yo.

—¿Vienes a limpiar tu conciencia?

—Tal vez sea eso. No lo sé. Quizá es solo una rutina que me da paz. Paz conmigo mismo…, y con Dios.

—No envidio lo que haces.

El capitán se encogió de hombros:

—Es lo único que sé hacer.

Se despidieron con un abrazo y Arjen se dirigió al vestíbulo, donde había dejado sus armas.

Envainó la espada, se colocó la daga al cinto y guardó las dos navajas.

Miró hacia el altar. El sacerdote lo observaba con un atisbo de preocupación.

Darió levantó la mano en señal de bendición. Arjen inclinó la cabeza.

Es un buen hombre, pensó.

Salió. Los primeros rayos del sol asomaban. Por el camino venía ya un par de adoradores, así que rodeó el templo para orinar junto a un árbol, a un tiro de piedra del edificio, para no cometer sacrilegio.

Allí cerca estaba el pozo. No necesitó sacar agua, pues la tinaja de madera estaba llena.

Por un instante, un solo momento, vio su reflejo en el agua.

A sus cuarenta años tenía la piel áspera, curtida por el sol, con arrugas profundas en la frente.

Sus ojos, de un marrón oscuro, le parecieron algo tristes, quizás por la sangre que había visto correr.

Llevaba la barba corta, muy negra, con algunos matices pelirrojos en la barbilla.

Metió la mano en la tinaja, ahuecándola como una concha, y bebió. El agua fresca le aclaró la mente.

Al darse la vuelta, vio al sargento Zark Sedare, recostado contra un árbol, con la espalda y el pie izquierdo apoyados en el tronco y una pipa humeante entre los labios.

—Siempre sabes dónde encontrarme, sargento.

—No es tan difícil, mi capitán. Usted es un hombre de costumbres. Y siempre sé dónde estará los donme por la mañana.

—Ni qué decir.

—El problema es que sus enemigos también podrían saberlo…, y tenderle una emboscada aquí mismo.

—¿Mis enemigos? Bah. No soy tan importante.

—Pues yo puedo pensar en dos o tres a quienes les encantaría clavarle una daga por la espalda.

—Que vengan, entonces. Aquí los espero para saludarlos.

El sargento Zark sonrió. Chupó la pipa y exhaló una bocanada de humo.

—Si no esperaste a verme en el cuartel —dijo Arjen—, imagino que ya tenemos misión asignada.

Zark le tendió un pedazo de papiro. El capitán lo guardó sin leerlo.

—Mataron a un hombre no muy lejos de aquí —dijo el sargento—. Lo encontraron unos guardias hace un par de horas.

—¿Un asalto?

—Puede ser. Pero el sargento de la patrulla pidió que enviaran un par de sabuesos. Algo le pareció extraño.

—¿Extraño cómo?

—Al parecer, el muerto llevaba al cinto un bolsón con bastante dinero. Y los ladrones lo dejaron intacto. Además, le atravesaron el corazón con precisión quirúrgica.

Arjen chascó la lengua:

—Habrá que investigar, entonces.