Encuentro en la oscuridad
ELFRIC ARBANDA PASÓ feliz sus últimos momentos de vida.
Lanzó una carcajada cuando vio que el Gordo Borken dejó caer sus tres naipes en la mesa.
Borken murmuró un colorido juramento y dijo:
—Maldita sea la mujer que me parió.
—Tranquilo, Gordo —le respondió Elfric—, que la noche es joven.
Por lo menos eso es lo que dijo en su mente. Debido a los múltiples tarros de cerveza que había consumido durante la velada, más bien dijo: Trnqlo, Grdo, qh lncshzjovn.
Elfric miró entonces a Nahual Tres Dientes, quien sentado a la izquierda analizaba sus tres naipes con tanta concentración que uno pensaría intentaba memorizarse el dibujo en el pedazo cuadrado de cartón. Tres Dientes luego echó un ojo al montón de monedas al centro de la mesa.
Entre escudos, secles, cuartos y cobrines, debía haber un par de reales en total. 8 Es decir, unos dos meses del salario de un jornalero.
A Elfric se le aceleró el corazón nada más al pensar en ello. ¡Dos reales, por Eluvá! Con eso podría comprarle un vestido nuevo a su mujer y un par de pantalones a cada uno de sus dos hijos, y todavía le sobraría para varias noches de parranda.
Aunque tenía la mente nublada por el alcohol, recordaba muy bien los tres naipes de su mano: el Sol de Eluvá, el Rey Triste, y el Sacerdote Mártir. Tres cartas grandes. Imposible que perdiera.
—¿Entonces, Tres Dientes? ¿Va, o te largas?
Nahual se pasó la lengua por el canino y dos incisivos izquierdos que le quedaban en su dentadura. Elfric suponía que le quedarían algunos molares escondidos en la oscuridad de su maloliente boca.
—Pues va —dijo Nahual Tres Dientes.
Lanzó sus naipes a la mesa: un Profeta y dos Soldados.
—Nada mal, Tres Dientes —dijo Elfric sonriendo—. Con una mano así, en cualquier otra noche, te habrías podido arreglar la dentadura, ¿eh?
El rostro del chimuelo palideció. El sudor le descendía por el rostro arrugado, y se pasó una mano temblorosa por el cabello largo y enmarañado. Era un hombre feo. No que yo sea guapo , pensó.
Elfric arrojó sus naipes con un movimiento practicado de la muñeca, las cartas dando un par de giros en el aire y cayendo frente a su contrincante.
Al verlos, la boca de Tres Dientes se abrió y Elfric comprobó que efectivamente le quedaban unos pocos molares todavía.
De lo contrario sería imposible tragar comida como lo hace este hombre, pensó Elfric fugazmente. Luego se puso de pie y gritó:
—¡A tu casa, Tres Dientes, que te quedaste en cueros!
Tres Dientes contemplaba estupefacto los naipes, ambos ojos bien abiertos y el izquierdo con un leve tic.
Elfric amontonó las monedas cerca de él y comenzó a meterlas en el bolsón que se colgaría al cinto.
Es mi día de suerte, pensó. Por los Siete Profetas que lo es.
Habiendo guardado todo el dinero, dejó un par de cuartos de cobre en la mesa, «Para que se tomen una a mi favor», les dijo a los dos pobres desgraciados. Se dirigió a la barra del tabernero, en donde colocó un secle de bronce en la mesa.
—Gracias por todo, Don Tapón —le dijo al tabernero, un hombre bajito de cara redonda.
—¿Te vas?
—Me voy.
—¿Te vas solo?
—Solito, solito.
—Le digo a Jomen que te acompañe, Elfric —dijo en referencia a su criado.
—No lo necesito, no vivo tan lejos.
—Es muy noche, traes mucho dinero, y andas mal.
—¡No pasa nada, Tapón!
—¿Que te acompañe el Gordo, entonces?
—¿El Gordo? —dijo mirando con sospecha al hombre que seguía sentado a la mesa, bebiendo y negando con la cabeza, todavía sorprendido de la cantidad de dinero que acababa de perder.
—Si me voy con él, antes de llegar a la próxima esquina ya me torció el pescuezo.
—Sabes que no, el Gordo es inofensivo.
—Nadie es inofensivo cuando eres pobre y tu compañero trae mucha plata en el bolsillo.
—Escúchame, Elfric. Quédate aquí. Tengo un cuarto vacío que te puedo prestar.
—Mi mujer me va a echar de menos.
—¡Bah! No digas estupideces.
Elfric sabía que el tabernero era un hombre bueno e inocuo.
De hecho, muchas veces había terminado durmiendo en dicha habitación, pues con frecuencia bebía tanto que le era imposible dar dos pasos sin caerse.
Es verdad que en una o dos ocasiones sospechó que uno de los criados le había robado una moneda mientras lo ayudaba a subir al aposento, pero nunca había estado del todo seguro.
—¡Me voy, pues!
—Ten, llévate esta lámpara, por lo menos, y me la traes mañana.
Elfric aceptó la pequeña lamparita de barro, ya encendida.
Había poca gente en la taberna, y no se despidió de nadie. Salió por la puerta a la oscuridad y frescura de la noche.
No tenía idea de la hora, pero pensaba debía estar iniciando la cuarta vigilia nocturna, por lo que quedaban unas tres horas antes del amanecer. Era el momento en el que la oscuridad era más negra, «la hora de los ladrones», por ahí se decía.
Después de caminar una media cuadra se detuvo y miró por encima de su hombro para asegurarse que ningún comensal de la taberna lo siguiera. Al cinto traía una navaja, nada más.
Siguió andando, con dificultad pues los adoquines en el suelo se movían de lugar, y escuchaba el tintinear de las monedas al cinto, cosa que le preocupaba pues oía el sonido tan fuerte como la campana de un templo.
Por fortuna no vivía demasiado lejos, a un cuarto de hora. Aunque en el estado en que se encontraba, quizás llegaría en una mitad de hora.
Repentinamente trastabilló y se fue al suelo.
Estaba completamente seguro de que tendría el tiempo suficiente para poner ambas manos, pues el suelo se acercó a su cara lentamente.
Sin embargo, muy tarde se dio cuenta que ni siquiera había movido los brazos, así que se fue de nariz contra el empedrado.
Maldijo, poniéndose de rodillas. Se llevó la mano a la cara y sintió la sangre que le descendía por los orificios nasales. La boca le sabía también a sangre, intentó escupir, sin éxito.
A duras penas logró ponerse de pie, lanzando juramentos. Iba a dar un paso cuando por poco grita al ver un hombre de pie frente a él, quien sujetaba con la izquierda un farol de mano.
—¡Por Doriatán! —Musitó Elfric, poniéndose alerta. Sí, todo le daba vueltas todavía, pero el hombre iba armado con acero a la cadera, y eso le aclaró la mente—. ¿Qué quieres? Déjame pasar, que llevo prisa.
No podía ver bien al hombre. Llevaba puesto encima un manto y, aunque no llevaba tocado alguno, no le veía el rostro pues su farol lanzaba una iluminación incierta en su rostro. Alcanzaba a distinguir que era un hombre de barba corta.
—¿Elfric Arbanda? —dijo el hombre, una voz firme y varonil.
—¿Y quién pregunta? ¿Quién eres tú? —Elfric se llevó la mano al cinto en donde traía la navaja.
—¿Eres o no eres?
—¿Y a ti qué te importa, maldito del demonio?
Como por arte de mago, dos hombres salieron de la oscuridad, uno a su izquierda y el otro a su derecha, y lo sujetaron fuertemente, inmovilizándole ambos brazos.
Elfric sintió que el corazón se volvió loco en su pecho.
—Yo…, yo… —balbuceó.
Por Dios, me van a matar. Cuando vean la cantidad de dinero que llevo, me cortarán el cuello.
—Tranquilo, amigo —le dijo el hombre de la espada acercándose—. No te haremos daño… Si no eres Elfric Arbanda, es decir.
¿Cómo sabe mi nombre? , pensó entrando en pánico.
Se preguntó quién lo mandó buscar, ¿a quién le debía suficiente dinero como para esto?
Pero nadie se le venía a la memoria. Sí, tenía seis o siete deudas, pero el dinero se lo debía a familiares o personas de poca consecuencia; es decir, ninguno que pudiera contratar a tres matones.
A un paso de distancia, el espadachín sacó de su túnica un pedazo de papel, el cual abrió y lo acercó a la cara de Elfric.
De soslayó, el pobre ebrio miró el papel, y vio que tenía el dibujo de un retrato que se parecía sorprendentemente a él.
Luego miró al espadachín. A esa distancia y gracias a la luz del farol, pudo verle el rostro.
Era un hombre guapo, de cabellera roja bien peinada y barba del mismo color, bien cuidada; una nariz recta y ojos verdes como la esmeralda.
Sus ojos parecían brillar, un leve resplandor amarillo.
Vaya que estoy borracho , pensó. Olía a menta y, de habérselo encontrado en cualquier otro lugar, pensaría que era algún mercader adinerado. Llevaba puesto un manto rojo oscuro.
—Sí es, jefe. Es él —dijo el que lo sujetaba a la derecha.
—Si es, ¿verdad? —hizo eco el de la espada.
—Sin duda —replicó el otro.
—No soy yo —dijo Elfric—. No soy yo, ese no se parece a mí.
¿Por qué me buscan? No tenía ni idea. Pero no le gustaba nada por donde iban las cosas. Tendría que ofrecerles dinero, pero probablemente no se conformarían con unas monedas. Tendría que darles todo. ¡Darles todo! ¿Habría alguna otra opción? ¿Quizás si gritaba, si pedía ayuda…?
No, nadie vendría a prestarle auxilio, absolutamente nadie, mucho menos a esta hora. Si acaso pasara una guardia podría salvarse, pero eso era pedir mucho.
El jefe del trío guardó el pedazo de papel con toda parsimonia mientras decía:
—Que Eluvá te reciba en gloria, amigo mío. No es personal.
Al escuchar eso, Elfric se orinó. Abrió la boca para decirles que en la bolsa traía dinero, mucho dinero, más dinero del que había tenido en meses, pero lamentablemente no tuvo tiempo para decirlo.
El de la espada con rapidez sobrehumana desenvainó una daga y se la clavó en el corazón.
Un intento de grito salió de la boca de Elfric Arbanda, y lo último que vio fueron los ojos fríos del hombre que había conocido apenas, y que le acababa de quitar la vida.