La silueta
EL CABO GRENDEN se arrebujó en su capa.
Caminaba por el sur de la ciudad de Tresden, cerca de la gran muralla exterior.
Odiaba estar de patrulla por las noches, aunque por lo menos tenía la compañía del cabo Venplás, a quien había conocido apenas unos cinco meses atrás cuando ambos entraron al ejército.
Este distrito de la ciudad era un poco extraño por su contraste. Por un lado, en este momento se encontraban en medio de un barrio pobre. Pero allá adelante, en la colina, alcanzaban a divisar las casonas de los ricos.
Una ciudad de contrastes era Tresden, sin duda.
Grenden, por su parte, venía de una familia de clase media, una clase que iba creciendo en los últimos años. Su padre era pescador en la península de Ayatán, al suroeste del reino, y cada mes enviaba un poco de plata para el sustento de la familia, que incluía otros tres hermanos y cuatro hermanas.
Grenden Aldane, el tercero de la familia, había decidido seguir los pasos de su hermano mayor, quien había entrado también al ejército y era ya sargento de la guardia real de la ciudad.
Algún día, quizás también él llegaría a ser sargento o, por qué no, un capitán.
Su sueño, al igual que el de muchos, era algún día pertenecer a los sabuesos del rey, pero eso sí era soñar. Los sabuesos eran inteligentes, despiadados, valientes.
Quizás algún día trabaje junto con uno.
Eso era más posible, sí.
Escuchó un ruido adelante de él, hacia el final del callejón angosto y mal empedrado por el que caminaban.
Alcanzó a ver la silueta de un hombre quien, con una lámpara de aceite en mano, apresuradamente se alejó de ellos.
Estaban por comenzar la tercera vigilia; es decir, apenas pasada la medianoche. Nadie debería andar por las calles, sobre todo a estas horas.
Estaba por llamar en voz alta para que el hombre se detuviera, pues tendrían que inspeccionarlo y cuestionarlo.
Pero entonces notó una puerta abierta justo a su derecha.
—Mira eso —le dijo Venplás al notar la puerta.
Se acercaron y, todavía más extraño, vieron que adentro estaba una pequeña lámpara de aceite encendida sobre un buró.
Era un cuarto relativamente pequeño, la habitación de algún ciudadano pobre.
La luz iluminaba, además del buró, un armario en muy mal estado, y una cama pequeña arrimada hacia la pared de la izquierda.
Grenden soltó un grito ahogado.
Sobre la cama, desnuda, yacía una mujer.
Una mujer hermosa. Al principio pensó que estaba dormida, cosa que se le hizo sumamente extraño. ¿Una mujer dormida, en este barrio, con la puerta abierta? Una mujer de la calle, seguramente.
Sin embargo, al acercarse, se percató de qué era una joven hermosa de cabello castaño.
—¿Señorita? ¿Señorita, está bien?
La mujer no contestó.
Se acercaron a ella, y el cabo Grenden supo que algo andaba mal. Le tomó el pulso en el cuello.
—Está muerta —dijo.
—¿Y esto qué es? —preguntó su compañero.
—¿Qué cosa?
—Esto. Mira, tiene algo entre los dedos.
Venplás tenía razón.
Con ambas manos sobre su vientre, las manos delgadas del cadáver sujetaban lo que parecía ser un tulipán negro.
—:::—