Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Por Eluvá
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Por Eluvá

AMANECÍA. UNA MAÑANA fresca.

El sol, que se levantaba detrás de los montes lejanos, lanzaba su luz y le regresaba la vida a la ciudad universitaria.

Arjen admiró, de nuevo, el imponente castillo.

Rotó sus hombros, sintiendo el placentero dolor de los músculos.

Se tronó el cuello. Quería sentarse por cuestión de la herida en la cadera, la cual estaba ya bien limpiada y vendada por el sargento, al igual que la cuchillada en el hombro.

Sin embargo, permaneció de pie pues vio a dos personas que se acercaban.

Larquen Ladesde, comandante del tercer distrito de los sabuesos del rey, un hombre de soberbia barba blanca y pecho de barril, caminaba junto con el sargento Zark.

El capitán lo saludó con el golpe al pecho.

—A sus órdenes, mi comandante —dijo Arjen.

—Lo felicito por un trabajo bien hecho, capitán. He enviado una nota al comandante Acklen, para que esté enterado de lo sucedido en este distrito.

—Gracias, mi comandante.

—Fue acertado que hayas enviado por nosotros.

—Gracias por venir tan rápido.

—Sabes que puedes contar conmigo, Arjen —le respondió el comandante.

Se conocieron en el ejército. Ladesde había sido el comandante de la centuria en la que Arjen era capitán. Por lo tanto, se conocían bastante bien, y se respetaban.

La noche anterior, Arjen había mandado a Kalden, el asistente de Caladis, con un mensaje para el comandante Ladesde pidiéndole ayuda para la captura de un peligroso asesino.

El capitán Arjen sospechaba que Kalden era ese espía que Asterán había visto en la cueva en días pasados.

No estaba seguro de ello, y Caladis dijo no saber nada al respecto, según él.

El comandante, mirando hacia atrás en dirección de un carruaje para transportar prisioneros, dijo:

—Tenemos arrestado al decano de teología. Además, tres decanos muertos, un comisario, tres lugartenientes, y un prefecto. ¡Maldición, fue una carnicería aquí!

Vaya que sí, pensó Arjen. Dijo:

—Así es, comandante. Los decanos muertos son Horden, de Jurisprudencia, y Pasmán de Historia. Y el asesino, Asterán.

—Los otros decanos están a salvo.

—Correcto, comandante.

—Envié otra unidad de soldados para recoger los cuerpos que faltan. Por cierto, me encargaré de dar un anuncio público, pues imagino que toda la ciudad universitaria pronto estará hirviendo en busca de respuestas.

—Sí, mi comandante, eso ayudará a dispersar dudas —dijo Arjen. Aunque probablemente causará por años muchos rumores y teorías de conspiración. Y en este caso la teoría de conspiración será parcialmente correcta. Que una sociedad secreta mató al rector.

Unas horas atrás el comandante había enviado una expedición de diez soldados para recuperar los cuerpos en la caverna.

Ahora, aquí afuera, los cadáveres estaban tendidos a unos diez pasos de ellos, con pañuelos puestos sobre sus cabezas.

También mandó a otro escuadrón para recuperar los cuerpos de los tres lugartenientes y el prefecto Flenden.

—Vaya caso el que te encontraste aquí, capitán.

Arjen sacudió la cabeza:

—Agradezco al Gran Creador que haya terminado. El sargento Zark fue crucial en la investigación.

—Estará incluido en el reporte, por supuesto.

—Gracias, comandante.

Ladesde, dudando un poco, agregó:

—Quizás esta pequeña aventura termine en algunos de los folletines también, ¿eh?

—Espero que no —murmuró Zark.

El comandante se encogió de hombros:

—Bien, soldados, me retiro junto con mis hombres y el prisionero. Probablemente el ejército se encargue del resto, y tendrán que reemplazar al comisario.

—Espero que esta vez sea uno fiel al reino —dijo Zark.

—Eso espero —dijo Ladesde. Los miró y dijo—: Que Eluvá resplandezca su faz sobre ustedes.

—Y sobre usted —le respondieron al unísono.

El capitán y el sargento se quedaron allí de pie hasta que el carruaje, los caballos y los soldados se fueron.

—Me pregunto si habrá por aquí alguna buena taberna —dijo Arjen—. Quizás es demasiado temprano.

—Estoy seguro que habrá alguna abierta. No me vendría nada mal un poco de carne y aguardiente.

—Secundo lo dicho, sargento.

—Esto es una ciudad universitaria. Debe haber una taberna en cada esquina.

—Eluvá te oiga.

Efectivamente encontraron una casi inmediatamente y, al entrar, encontraron un establecimiento limpio y bien dispuesto.

La mujer del tabernero, de gruesas carnes y mirada amable, les ofreció el desayuno con un poco de vino aguado.

Al poco tiempo disfrutaban de un par de huevos con tocino, pan caliente, y un buen trozo de queso.

—Lo único que lamento —dijo el sargento— es haber perdido todas mis oportunidades para adivinar lo que usted vino a estudiar aquí.

Arjen no contestó.

Zark continuó:

—Aunque estoy seguro de ya saberlo. Lo confirmé después de la emboscada que nos dieron los hijos del comisario.

—Ah. Allí me descubrí, ¿eh?

—Supongo que sí, capitán.

Hubo un largo momento de silencio.

El sargento agregó:

—Habría usted sido un excelente sacerdote, si me lo permite, capitán.

Arjen apenas y sonrió.

—¿Y perderme esta vida? —Le dio un sorbo a su copa de vino y dijo—: Por Eluvá que no.