Los sabuesos del rey: Libros 1-5 En la oscuridad
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En la oscuridad

LOS OJOS DEL comisario Felapán se abrieron muy grandes al escuchar sobre la muerte de sus hijos.

—¡Mientes! —gritó.

—Si estuvieran vivos, ya estarían aquí, ¿no? Los tres nos emboscaron cuando estábamos por llegar a la casa de Caladis. Nos esperaban escondidos en unas casas abandonadas. Lograron deshacerse de mi sargento, pero yo de ellos.

—No…

—Sí. Están muertos, comisario. Los tres. Y pronto te reunirás tú con ellos en el infierno.

El comisario lanzó un grito desde lo profundo de su tripa, levantó la espada por encima de la cabeza y dio zancadas en dirección del capitán Arjen. Estaba tan aturdido por la noticia y tan desorientado por la furia que no notó cuando Zark saltó de detrás de una gran roca, a unos tres pasos de él.

El sargento empuñaba ambas dagas y, aprovechando que el comisario asía la espada con ambas manos y las llevaba por encima de la cabeza, le clavó uno de los puñales en el pecho y el segundo en el cuello. Felapán trastabilló y se fue de bruces.

Tanto Asterán como Jorán gritaron de sorpresa.

Casi al mismo tiempo que Zark saltó como pantera sobre el comisario, Arjen ya se movía velozmente hacia Jorán, a quien tenía más cerca, pensando que probablemente no tendría tiempo para salvar a Caladis.

Sin embargo, el viejo decano de medicina, reuniendo fuerzas, se empujó hacia atrás con los pies y golpeó a Asterán en la boca, quien se cayó de espaldas gritando de dolor.

Arjen levantó la espada para clavársela al teólogo, pero este, aterrado y chillando como ratón, lanzó su espada al suelo y levantó ambas manos. El capitán le asestó un fuerte golpe en la frente con el pomo de la espada, abriéndole la frente. Jorán se desvaneció.

Inmediatamente el capitán dio zancadas hacia Asterán. Zark hacía lo mismo.

Pero el decano de filosofía se había puesto de pie y, al darse cuenta que estaba en severa desventaja, se dio a la fuga.

—¡Salvaguarda a los decanos, sargento! Yo iré tras Asterán.

—¡Sí, capitán!

Arjen tomó una antorcha y fue tras el asesino.

Lo he perdido, pensó furioso, pero justo en ese momento alcanzó a ver una sombra que se movía adelante de él en dirección de la salida.

Cómo podía Asterán andar sin una fuente de luz, no lo sabía, probablemente conocía el camino más o menos de memoria, aunque lo escuchó tropezarse, caer al suelo, maldecir, ponerse de pie y seguir corriendo.

—¡Detente, Asterán, y te perdonaré la vida!

—Vete al infierno, perro del engendro —le gritó Asterán.

Siguieron corriendo, pero de repente ya no escuchó pasos.

Piensa emboscarme , pensó Arjen. Se detuvo, escuchó con atención, pero nada. Siguió caminando, espada en mano, atento a cualquier sonido o movimiento.

—Estás atrapado, Asterán. Lo mejor que puedes hacer es rendirte.

—Conozco esta cueva como mi propio librero, capitán. Nunca me encontrarías.

Aunque la voz hacía eco, le parecía que venía de algún lugar enfrente de él.

—No tengo que encontrarte —dijo Arjen—. Solo esperarte en la entrada de la cueva. Tarde o temprano saldrás, o morirás aquí, de hambre.

—Hay otras salidas.

—¿Cómo las vas a hallar sin luz?

—Las encontraré.

—No, Asterán. Si no te rindes, morirás aquí. ¿Qué prefieres? ¿Vivir, o morir lentamente de hambre y sed en la oscuridad?

—Vaya opción. Morir lentamente de hambre y sed aquí… ¿o lo mismo pero en un calabozo allá afuera?

—Mejor afuera que aquí.

El decano no le contestó.

—Entiendo la razón por la cual mataste al rector —dijo el capitán, tratando de hacerle hablar—. Pero no por qué mataste a esa mujer, la del tulipán.

—Yo no maté a ninguna mujer —respondió la voz del decano, pero ahora a sus espaldas. Se giró, pero solo vio oscuridad, estalagmitas y rocas.

—¿No? ¿Entonces quién?

—El sabueso eres tú. Yo no tuve nada que ver con esa muerte. ¿Un tulipán, dices? Interesante.

—¿Interesante, por qué?

—Ya tendrás que averiguarlo tú —respondió Asterán a su derecha.

Maldición , pensó. Se está moviendo con agilidad. Verdaderamente conoce bien la cueva.

—Si me dices, le diré al juez que has cooperado. Pasarás el resto de tu vida en el calabozo, pero no en el más profundo. Tendrás ciertas libertades.

Sin respuesta.

—Es tu oportunidad, Asterán. Ya no puedes hacer nada. Tu carrera como profesor se ha acabado para siempre.

Solo silencio.

Esperó más tiempo, pero no escuchaba absolutamente nada que se asemejara a movimiento humano. A lo lejos oyó lo que parecía ser la voz del sargento, dando instrucciones. Se dio cuenta que estaba más lejos de la entrada de lo que pensaba.

Podría ser yo el que me pierda aquí.

Decidió que lo mejor era ir en dirección a la salida, no fuera que Asterán iba hacia allá sin hacer ruido. Si se le adelantaba, podría huir e incluso desaparecer para siempre.

Repentinamente un grito detrás de él. Se dio la vuelta y ya tenía encima al decano, quien le clavó el filo de la espada por encima del hueso de la cadera.

Al tratar de defenderse, perdió la antorcha. Intentó darle al filósofo en el cuello, pero este fue más rápido y saltó hacia atrás.

Asterán tomó la antorcha del suelo, desapareció detrás de una roca y la lanzó lo más lejos que pudo. La antorcha debió haber caído detrás de algún peñón grande pues se quedaron en tinieblas.

Arjen se palpó con la mano izquierda la herida en la cadera y sintió la sangre. Le dolía. Había sido más que un arañazo. Tendría que atender la cortada.

—¡Capitán! —escuchó a Zark gritar a los lejos—. ¡Dónde está!

Si respondo haré obvio el lugar donde estoy parado.

Con sigilo dio pasos hacia atrás hasta tener una piedra en su espalda.

Esperó. Intentó controlar su respiración, pero el susto y la herida causaban que inhalara y exhalara con fuerza.

Tranquilo, Arjen. Es tan solo un profesor, no un soldado entren…

No terminó ese pensamiento. En medio segundo sintió la presencia enemiga y, antes de poder defenderse, una punzada en el hombro derecho.

Una vez más, lanzó espadazos a diestra y siniestra, pero lo único que logró cortar fue el aire.

—Maldición —murmuró, e inmediatamente fue atacado de nuevo, aunque esta vez por fortuna su espada desvió la estocada con un fuerte sonido metálico.

Saltó hacia la izquierda para alejarse de alguna otra atajada.

Buscó con la mano hasta encontrar una piedra, halló lo que parecía ser una gruesa estalagmita y se puso de espalda en ella, para por lo menos garantizar que no sería acuchillado por atrás.

—¡Capitán! —De nuevo Zark, pero sonaba más lejos.

Muy bien, Arjen. La cosa es así. Si quieres sobrevivir, te tienes que concentrar. Concentración absoluta .

Aunque estaba a oscuras, cerró los ojos.

El arte de la meditación no le era extraña. Una de las muchas lecciones que le dio su mentor. Primero, controló su respiración. Después, agudizó sus sentidos.

La meditación que practicaba no se trataba de poner su mente en blanco, sino de estar presente .

La oscuridad no era su enemiga. Estaba familiarizado con ella, también. Había pasado cientos de noches a la intemperie, incluso luchado muchas veces en la penumbra.

Sintió la corriente de aire que le tocaba suavemente el brazo izquierdo, al igual que la parte izquierda de su cara. Escuchó el rumor del agua, un suave goteo a la distancia, el reptar de algún animal cerca de la roca que tenía a su espalda.

Y entonces el exhalar de su atacante, por la derecha. Asterán inhaló aire, lo cual Arjen interpretó como el sonido de uno que levanta la espada. Así que el capitán acometió lanzando la punta hacia el frente, un ataque horizontal, una cuchillada violenta.

La espada penetró por lo menos un palmo. Asterán gritó e hizo descender su espada, pero el capitán ya la había sacado de su cuerpo y con ella se defendió del ataque. Dio un paso valiente hacia el frente y atacó al decano de nuevo, esta vez lanzando la espada en diagonal hacia abajo, pero no acertó.

Asterán, herido, emprendía la huida.

No esta vez.

Corrió tras él, pensando que en cualquier momento se tropezaría, pero no le importó; dejó caer la espada una, dos, y la tercera le dio. Escuchó un grito ahogado y el sonido de Asterán cayendo al suelo.

Arjen se tropezó con él, y por poco se clava su propia espada en las piernas al dar tumbos. Se rodó en el suelo, se puso de rodillas, y escuchó un gemir cercano. Dio un tajo con la espada, la cual de nuevo entró en carne. El gemido cesó.

El capitán se quedó allí, de rodillas, por un tiempo, recuperando su aliento.

Hurgó en su cinto, sacó la cajita de cerillos, y encendió uno.

El decano estaba tirado, mirándolo con ojos vacíos. Tenía la parte de atrás de la cabeza abierta, de la cual brotaba sangre que le descendía por el cuello. Además estaba herido en el hombro y en las costillas.

—Maldito seas, Asterán —murmuró Arjen—. Pudiste vivir.