Conversaciones
ASTERÁN SE QUITÓ la máscara y la dejó caer al suelo.
Sonreía y le brillaban los ojos.
Hubo un momento largo de silencio, en donde ambos solamente se miraron. Se escuchaba el gemido de los hombres amarrados y el aletear de los murciélagos.
—He esperado mucho tiempo para esto. No voy a dejar que me lo arruinen —dijo el profesor de filosofía.
—¿Desde cuándo has sido un adorador de Balaán? —le preguntó Arjen, atento a cualquier movimiento brusco del asesino.
—Soy un arogestan, capitán. Un secreto que mi familia ha guardado por generaciones.
—Lograste convertirte en un profesor célebre, incluso siendo un plebeyo, y ocultando tu antiguo linaje pagano.
—Así es. Con mi intelecto y mi fama sabía que solamente era cuestión de tiempo para que me convirtiera en el rector de la universidad. ¡Era tan solo cuestión de tiempo!
—Llegaste a la universidad y te uniste a la Hermandad.
—No me uní a ella, capitán Arjen. La reviví. La Hermandad Roja era una leyenda, un mito ya desvanecido. Pero no fue difícil ir encontrando a los adoradores de la antigua religión, pues tenemos nuestros contactos en cada distrito de la ciudad, en cada territorio del reino.
—Pero el rector Alvana te descubrió.
—Sí. Estoy casi seguro que fue este maldito viejo de Caladis el que llenó su cabeza de rumores, y Alvana se puso a investigar. Si me descubría, lo perdería todo.
—Pero Alvana no le dijo a Flenden que sospechaba de ti.
—No, y no sé por qué. Quizás también sospechaba del prefecto, aunque no es uno de los nuestros. El muy inútil en una ocasión me mencionó que el rector estaba investigando a alguien, un escándalo que sacudiría la universidad. Una lista de nombres.
—Y sospechaste que se trataba de una lista con los nombres de los miembros de la Hermandad.
—Sí. Comenzábamos a sospechar que nos seguían, que nos vigilaban. En una reunión que tuvimos aquí mismo, escuchamos algo, y alcanzamos a ver una sombra huyendo de nosotros, pero no supimos quién era.
—Era el informante del rector.
—No lo dudo. Ya lo encontraremos. Y lo mataremos, también.
—Si es que sigue aquí. Si yo fuera él estaría de camino a alguna otra ciudad.
—Mejor para nosotros.
—Así que, al sospechar que el rector ya sabía, decidieron matarlo. Usaron el ritual antiguo del sacrificio a Balaán: una víctima inocente, y una víctima culpable, ambos decapitados. Menuda estupidez.
—Cuidado con tus palabras, capitán. Esas son antiguas y sagradas tradiciones que anteceden la adoración de tu Dios. Pero te concedo que eres un buen perro. Tienes buen olfato. ¿Cómo lo supiste?
—Lo leí en el libro en la oficina de Pasmán. Libro que daba evidencia de que había sido consultado antes, y con frecuencia.
—No fui yo. Esos ritos los sé por tradición.
—¿Fue usted, profesor Calidad?
El viejo médico asintió:
—Yo estaba ya tras la pista de los rojos. Solamente faltaba que supiera exactamente los nombres de los culpables.
—¿Y por qué no me dijo todo eso? Tuvo la oportunidad.
Asterán se rio:
—Caladis es un viejo cascarrabias; es un egoísta. No confía de nadie, ni siquiera de los sabuesos del rey.
El profesor de medicina se encogió de hombros:
—Nada personal, capitán. Se lo diría todo, a su tiempo.
Arjen se dirigió de nuevo a Asterán:
—Entonces robaste el cuerpo por la noche con la ayuda del comisario y sus lugartenientes. Sus nombres estaban en la lista.
—¡Maldita sea esa lista! Robamos el cuerpo, y lo escondimos en una casa cercana al castillo.
Allí llevamos a cabo nuestro rito, decapitamos el cuerpo e incineramos la cabeza.
Aprovechamos la ola de robos para desviar un poco la atención, pues el rector y Caladis andaban husmeando tras nosotros.
Al siguiente día, por la noche, nos preparamos para el sacrificio final.
Yo mismo, como el líder de la Hermandad, tomé la iniciativa.
Subí con el cuerpo de la mujer hasta la recámara, lo coloqué allí y me escondí, sabiendo que Alvana llegaría.
Quería que viera el cuerpo antes de morir.
Quería que supiera que había sido vencido por la Hermandad.
—¿Qué hiciste con la cabeza del rector?
—La metí en un bolsón de cuero duro y la escondí en mis aposentos, en mi armario. Si hubieras registrado mi recámara inmediatamente, la habrías encontrado.
Arjen maldijo para sus adentros.
—Entonces Flenden encontró el cuerpo del rector —dijo Arjen—, y fue a llamar a los decanos, y después nos mandó llamar a nosotros.
—Antes de que arribara Flenden registré rápidamente los aposentos del rector, pero no encontré la lista.
Sabía que posiblemente estaba escondida en su oficina, y pensé ir allí para buscarla, pero no me daba suficiente tiempo.
Cuando el prefecto encontrara el cuerpo, sabía que probablemente mandaría llamar primero a los decanos, y si no me encontraba en mi habitación sospecharía de mí.
Así que decidí esperar. Pero cuando finalmente fui a la oficina, ya estaba abierta y esculcada.
—Ah, ya veo —dijo Arjen—. Caladis se te adelantó.
—Sí, el maldito perro.
Caladis sonrió:
—Abrir candados no es tan difícil con las herramientas correctas y suficiente práctica. Entré a la oficina y ni siquiera fue difícil encontrar esa hoja. Estaba en un cajón de su escritorio.
—Yo quería ir inmediatamente a la oficina para buscar allí, pero no pude hacerlo —dijo Asterán—.
Tenía que deshacerme de ustedes, primero.
Los llevé, más bien, a los aposentos donde pasaron la noche.
Lo hice para quitar las sospechas de mí.
Pero Caladis debió aprovechar eso tiempo para entrar a la oficina.
El doctor sonrió.
Arjen dijo:
—Pero de alguna manera supiste que Caladis tenía la lista. Alguien te lo dijo.
—Por supuesto que sí —sonrió Asterán.
De las sombras emergieron dos figuras con la máscara roja. Una salió de la izquierda de Arjen, otro de la derecha.
Estaba rodeado.
Se quitaron las máscaras.
El comisario Felapán, espada en mano.
Y Jorán, decano de teología, sujetando una espada corta.
—¡Eres un maldito, Jorán! —vociferó Caladis—. Te confié esa información, confiaba en ti.
El rostro del teólogo era completamente diferente a lo que había sido antes. Estaba pálido, y tenía los ojos negros, como los de una serpiente, además de una extraña sonrisa dibujada en el rostro.
—Un teólogo adorador de Balaán —dijo Arjen—. Vaya blasfemia.
—Y no soy el único, capitán —dijo Jorán levantando las cejas—. Estamos bien escondidos, pero nos estamos infiltrando poco a poco, hasta los niveles más altos de la jerarquía de la iglesia.
El capitán dijo:
—Caladis le dijo a Jorán sobre la lista, y Jorán a ti.
—Sí —respondió Asterán—. Esa fue una noche interesante. Primero, después de llevarlos a ustedes a sus aposentos, regresé y busqué en la oficina del rector, pero no encontré la lista. Fui entonces por la cabeza, luego me dirigí aquí, al cuarto rojo, donde hicimos el rito de sacrificio.
—Y terminando, mandaste a tus secuaces a dejarnos la cabeza del rector, para asustarnos.
Asterán asintió.
—Luego fuiste a la casa de Caladis, para quitarle la lista.
—Sí, pero el maldito viejo no la tenía.
—¿Quién iba contigo? El comisario y sus hijos, me imagino.
—Sí, y Jorán, aunque Caladis no lo vio, pues a él de un golpe lo dejamos inconsciente.
De allí la sangre que encontramos en su casa, pensó Arjen. Agregó:
—Lo trajeron aquí para torturarlo y sacarle la información.
—Lo trajimos a él, y de una vez al resto de los decanos. No fue difícil traerlos. Son viejos y estúpidos. Además, una espada en los riñones los hace caminar más rápido de lo que piensas.
—¿Y luego? ¿Matarlos a todos?
—Los muertos no hablan, capitán.
—De eso tienes toda la razón. Los muertos no hablan, y los lugartenientes no hablarán más.
—¿Qué? —dijo el comisario, que hasta entonces no había dicho ni una palabra—. ¿Por qué?
—Porque los he matado.