Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Vivos y muertos
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Vivos y muertos

EL ENMASCARADO LE dio una bofetada al viejo médico, sangre y saliva saliendo de su boca.

—¡Dime dónde está! Dime quién la tiene.

Caladis escupió sangre y levantó la mirada, desafiante:

—No te diré nada, maldito del demonio.

—Te torturaré. Por días, si es necesario. —El de negro disimulaba su voz, haciéndola más grave, de manera que Arjen no la identificaba por el timbre.

—Pues ve comenzando, que me estoy aburriendo.

—¿La tienen los sabuesos?

—Si la tienen, estas perdido.

—Te equivocas, Caladis. Esos dos están ya muertos. Sus cuerpos se pudren ya. Mandé matarlos.

—Lo creeré cuando los vea.

—Te traeré sus cabezas.

—Hazlo, pues. Te espero. Tengo todo el tiempo del mundo. —Y Caladis lanzó una carcajada acortada por otra bofetada que sonó fuerte y seca.

El viejo decano maldijo. Agregó:

—Torturar a un viejo como yo. Debes estar orgulloso.

—¡Déjanos ir, por Eluvá! —dijo uno de los hombres desnudos y amarrados—. Ya te he dicho todo, no tengo nada más que agregar. ¡Por mi hija, lo prometo!

—Conserva tu saliva, Pasmán —le dijo Caladis al que hablaba—. Este hombre es un lunático y un asesino, como todos los seguidores de Doriatán. ¡No le digas nada!

—No adoramos al Príncipe de los demonios —dijo el enmascarado—. Adoramos al único dios verdadero, a Balaán.

—Balaán es el mismísimo Príncipe —musitó Caladis.

—¡Cierra la boca, blasfemo! ¡Te arrancaré la lengua! ¡Dime quién sabe, además de ti! ¡Quién!

—Yo no sé nada —dijo el que, de acuerdo a Caladis, era el profesor Pasmán—. Tampoco diré nada. Guardaré su secreto por siempre. Votaré por ti, para que seas el rector. ¡No me importa!

—¿No sabes nada, dices? —preguntó el de la máscara roja dando un paso hacia el decano de historia.

—Te dije que dejaras de hablar, Pasmán —le dijo Caladis, preocupado—. Este hombre está completamente loco, ¡no le digas nada, nada !

Pero el profesor de historia no hizo caso, sino que reiteró:

—Yo ni siquiera sabía que existía una lista hasta hoy. Mucho menos su contenido. El rector no me dijo nada a mí. Tu secreto está seguro conmigo. Soy inocuo.

—Si no sabes nada —dijo el enmascarado—, además de inocuo, eres inservible.

—Sacó una daga y se la enterró a Pasmán en el corazón.

El decano se agitó en la silla, mientras el enmascarado le retorcía el filo.

Se escuchó un grito ahogado, y luego la cabeza se fue hacia atrás y quedó como colgando del cuello.

Caladis gritó:

— ¡Nooo! ¡Maldito! ¿Por qué lo…? ¡Era un buen hombre! ¡No tenías que matarlo, cabra inmunda! ¡Perro del Engendro!

El encapuchado puso el filo de la navaja ensangrentada sobre el cuello del profesor de medicina y le gritó:

—¡SIGUES TÚ! ¡HABLA, AHORA!

—¡Suficiente! —vociferó Arjen emergiendo de las sombras con espada en mano.

El de la máscara roja se dio la vuelta, asustado. Antes de que el capitán pudiera acercarse lo suficiente, se puso detrás de Caladis con la daga al cuello.

—Un paso más, capitán, y lo degüello.

—Tira la daga, si no quieres morir.

—Aléjate de aquí si no quieres que lo mate. Mataré a Caladis y a uno o dos más antes de que llegues a mí. Eres rápido, pero no tanto.

—Se acabó. Lo sabemos todo. Estás perdido. Lo mejor que puedes hacer es entregarte.

—Lo sabes todo, ¿eh? Lo dudo.

—¿Quieres comprobarlo? —dijo el capitán dando medio paso.

—¡Alto, dije! —gritó el encapuchado apretando el filo bajo la nuez de Caladis, quien hizo una mueca de dolor, enseñando los dientes amarillos y chuecos. El de la máscara agregó—: Deberías estar muerto.

—Pero no lo estoy.

—¿Y tu secuaz?

—Pagarás por su vida. Te mataré por lo que le hiciste.

Una risilla del de la máscara:

—Traté de advertirles. La sangre de tu sargento está en tus manos. Pudiste haberlo salvado, si tan solo se hubieran largado de aquí.

—Ríndete y dejaré que pagues por tus crímenes en un calabozo. De lo contrario, te cortaré la cabeza aquí mismo. Lo sé todo.

—¡Demuéstralo!

—Sé quienes son los que tienes allí, los hombres a quienes torturas.

Los tres hombres desnudos y encapuchados temblaban y gemían.

—¿Ah, sí? Dime.

—Solamente no estoy seguro de uno. Pero si tuviera que apostar, diría que son Jorán, Uladis, y Orne.

Un momento de silencio largo. El de la máscara, con un rápido movimiento le quitó la capucha a uno de ellos: Uladis, decano de literatura.

—Le atinaste al primero, sabueso. Veamos si al segundo. Y recuerda, un paso en falso y le clavo el puñal en el cuello al que tenga más cerca.

Se movió hacia el siguiente, quitándole también la capucha. Era Orne, el decano de gramática, quien estaba amordazado y con los ojos desorbitados del pánico. Resoplaba con fuerza.

—Dos de dos. Felicidades.

—Desenmascaró al tercero. Era Horden, de jurisprudencia.

—Fallaste, sabueso —dijo, y le clavó el puñal en el pecho. Horden estaba amordazado, pero su grito, aun opacado, alcanzó a hacer un suave eco en la caverna, los ojos se le pusieron en blanco y la cabeza se le fue al frente.

Arjen sintió que se le nubló la vista del coraje.

De un salto, el de la máscara regresó a su posición detrás de Caladis:

—Si adivinas quién soy yo y por qué lo hice, le perdono la vida al médico.

—No tengo que adivinar. Lo sé.

—¿Sí? Vamos a ver.

—He decidido que no te mandaré al calabozo. Te cortaré el cuello, Asterán.