El cuarto rojo
LA CRIPTA ESTABA en desuso desde hacía cientos de años.
Había sido una pequeña capilla, y todavía tenía pintado en el techo el símbolo del Gran Creador: la silueta del sol con un ojo dentro del círculo, y seis rayos ondulantes extendiéndose hacia afuera.
Era el lugar en donde el difunto Flenden les dijo servía como entrada a las cavernas, a esas grutas que se extendían por debajo del castillo.
Según el prefecto nadie podía descender a ellas porque la puerta estaba cerrada con candado. El capitán Arjen sacó la llave pero, al acercarse a la puerta, que más bien era una especie de reja de metal grueso con bisagras en la parte izquierda, la encontró emparejada.
—Está abierta —dijo el sargento alumbrando con la vela que encendió antes de entrar—. Y el candado no se ve por ningún lugar.
—Además, mira esto, sargento —dijo Arjen echando luz (llevaba también él su propia candela encendida) sobre las bisagras—. Están aceitadas.
—Entonces esta puerta se ha usado con frecuencia.
—Así es. Y se encargaron de poder abrirla sin que hiciera ruido.
Efectivamente, estaba tan bien lubricada que ni siquiera rechinó, aunque era evidentemente una puerta muy vieja.
—Andemos con cuidado, capitán —dijo Zark sacando una de sus dagas—. Yo puedo ir al frente.
Una de las responsabilidades del sargento en una unidad era cuidar de su capitán. Pero a Arjen no le gustaba que otros hicieran lo que él podía hacer, y menos que alguien más arriesgara su pellejo por él.
Dijo que no con la cabeza y tomó la delantera.
Desenvainó su espada. Era una muy buena espada, comprada durante la guerra a una suma considerable de plata.
Pero esa arma era una obra de artesanía; un balance perfecto en su mano.
De hecho, no la compro así nada más, sino que se involucró en su diseño, en cada elemento de ella.
La cuidaba con la misma diligencia que su propio cuerpo.
Era parte de él, una extensión de sí. Además, aunque sabía pelear bien cuerpo a cuerpo, e incluso había matado a hombres con sus propias manos, al final, su espada era la mejor defensora de su vida.
Fueron descendiendo en una pendiente leve que hacía zig-zag. El túnel era angosto, de manera que iban en fila, con el sargento cubriendo la retaguardia. Así anduvieron por un cuarto de hora.
El túnel, labrado a mano, de repente se convirtió en un pasadizo natural que fue haciéndose cada vez más ancho, hasta que llegaron a un vestíbulo tan grande que no podían ver ni el techo ni las paredes.
Era imposible saber si de día se filtraría algo de luz, pero Arjen sospechaba que sí porque alcanzaban a notar un poco de vegetación, más que todo musgo y hongos.
Caminaron. A su izquierda un pequeño lago pantanoso en donde croaban algunas ranas y chirriaban grillos.
En algún lugar de la oscuridad aleteaban los murciélagos.
Por todos lados a su alrededor emergían del suelo las estalagmitas, como si fueran los huesos de dedos de gigantes enterrados.
Susurrando para evitar el eco, dijo Zark:
—Si es verdad que las grutas se extienden por millas debajo del castillo o incluso de la ciudad universitaria, podríamos estar aquí el día entero buscando.
—Concuerdo. Por lo tanto, no nos alejemos demasiado. No quiero perderme en este lugar.
—Además…, podríamos encontrarnos con criaturas infernales.
Los monstruos, pensó Arjen. Era cierto. Uno de los propósitos más importantes del ejército de Tresden era deshacerse de los llamados monstruos, que eran criaturas humanoides, una mezcla de humano con con algún animal.
Había diferentes razas de criaturas, algunas con rasgos similares a los animales, pero otras no.
Nadie había clasificado todas las especies de criaturas monstruosas, por lo menos nadie que Arjen supiera, aunque existían muchos libros al respecto.
Había leído que en algunas partes del mundo les llamaban sajuels, en Ragidán les decían ashken, que significaba horror en uno de los dialectos regionales de la isla , y en Tresden les llamaban gorgots a la especie más conocida, la loboide.
La palabra gorgot provenía, según algunos sabios, de la antigua lengua común, lengua que aunque nunca se había hablado en Tresden, se preservaba por los eruditos y sabios. 7
Eran criaturas horrorosas, normalmente andaban de noche y en grupo. Los gorgots, por ejemplo, caminaban sobre dos patas, con la piel cubierta de pelo gris y la cabeza de un lobo. No hablaban, o por lo menos no en idioma humano, pero se comunicaban por medio de graznidos, ladridos y aullidos.
Para los habitantes de Tresden los monstruos eran criaturas casi míticas, pues un ciudadano podía pasar su vida entera dentro de las murallas sin jamás ver un solo animal infernal.
Pero Arjen los había visto. Había peleado contra ellos. Una sola vez, pero con eso fue suficiente. Llevaba en el muslo la cicatriz de una garra que, por poco, le habría cortado una vena principal.
En el tiempo de la guerra no había sido tan frecuente ver o escuchar sobre ataques de gorgots, quizás porque los mismos monstruos sabían que aquellos que andaban por las sendas y los campos eran hombres armados, y preferían atacar a las personas solitarias en la oscuridad de la profunda noche.
Pero desde que la guerra término, se escuchaban los rumores: los monstruos comenzaban a salir de sus escondrijos, de las cuevas, de las profundidades de la tierra e incluso del mar. Y andaban hambrientos. Eran más osados. Atacaban caravanas enteras.
Viven en las cuevas, pensó Arjen. Dios nos proteja.
Caminaron por el borde del pequeño lago hasta que escucharon algo.
Eran sonidos humanos. Se acercaron en esa dirección. Se percataron que más bien lo que escuchaban eran los gemidos de alguien que estaba siendo golpeado.
Adelante de ellos vieron luz que, por la manera en que danzaban las sombras, provenía de una o más antorchas. Apagaron sus velas.
Escondiéndose detrás de formaciones rocosas, se acercaron hasta poder ver.
El cuarto rojo, se dijo Arjen.
No era un cuarto propiamente hablando. Más bien, había rocas grandes y estalagmitas que formaban un círculo natural de unos veinte pasos de diámetro. Las formaciones rocosas estaban todas pintadas de rojo. Tres antorchas largas clavadas al suelo iluminaban el lugar.
En el centro cinco sillas, y sobre ellas amarrados cinco hombres completamente desnudos. Cuatro tenían la cabeza cubierta con un capuchón, y temblaban y gemían de miedo. Tenían marcas en el pecho de golpes y latigazos.
El único que tenía la cabeza descubierta era un hombre viejo con la cara desfigurada por los golpes que le propinaba un hombre envuelto en un manto negro y con capuchón puesto quien escondía su cara detrás de una máscara roja.
Incluso con la cara desfigurada reconocieron al decano Caladis.