Los Rojos
APENAS Y LES dio tiempo de reaccionar.
Tres hombres saltaron desde las sombras, vestidos con largos mantos negros y con una máscara roja ocultándoles el semblante.
El prefecto Flenden alcanzó a lanzar un alarido antes de que le enterraran un puñal en el vientre. Miró su estómago, incrédulo. El bandido sacó el acero y salvajemente le enterró el cuchillo dos veces más, en el pecho. El prefecto, todavía estupefacto, se desplomó.
Arjen esquivó la cuchillada por puro instinto, aunque la punta lo alcanzó en el hombro; la capa evitó una cortada. Desenvainó y encaró. De soslayo vio que Zark ya empuñaba sus dagas, pero tenía una herida en el antebrazo izquierdo.
Flenden, tirado, se palpaba las heridas, la mirada perdida, tosiendo sangre. Estaba a punto de morir.
Al capitán lo rodearon dos.
—Recibieron advertencia —le dijo el que tenía a la izquierda—, pero no hicieron caso.
—¿Quién demonios son? —dijo, pero sabía la respuesta: la Hermandad. Los Rojos.
—¿Qué acaso no…? —comenzó a decir el enmascarado, pero no lo dejó terminar.
El capitán acometió contra su contrincante, quien blandía una espada corta.
—¡Espada del rey! —gritó Arjen cuando los aceros se encontraron—. ¡Por Eluvá y por la espada del rey!
Escuchó que el que tenía detrás se acercaba, así que primero le dio una patada en el estómago a su enemigo enfrente, haciendo espacio, y entonces se giró para bloquear el ataque del segundo.
Pero ese segundo tenía un cuchillo, manchado por cierto con la sangre del moribundo prefecto, así que Arjen tomó la espada con ambas manos, la hizo descender con fuerza en diagonal, y aunque su oponente hizo lo posible por bloquear el golpe, el espadazo le cortó la mano. Chilló de dolor.
Antes que Arjen pudiera matarlo, miró por arriba de su hombro para ver que ya casi tenía encima al primero, así que se defendió de él. Manejaba la espada su enemigo con relativa soltura, pero no era lo suficientemente hábil como para enfrentarse a Arjen, capitán de los sabuesos del rey.
Arjen hizo una finta, lo alcanzó en la cadera, y antes de que el otro pudiera reaccionar le clavó la espada por el vientre, la punta saliendo por la espalda.
Lo empujó por el pecho y el enmascarado cayó al suelo, donde el capitán le clavó la espada otras dos veces, la primera topó contra una costilla, la segunda entrando al corazón.
Se dio la vuelta.
El enmascarado manco intentaba darse a la fuga, pero Zark, quien ya había matado a su enemigo, le dio alcance por la espalda y le hizo una herida en la nuca, tajando la carne y dejando el cráneo al descubierto.
El bandido se tropezó, cayó al suelo, intentó huir a gatas, y allí el sargento lo remató con tres cuchilladas en los riñones.
Repentinamente todo era silencio, de nuevo.
Arjen respiraba con fuerza.
Todo sucedió en menos de un rezo. Inspeccionó con la mirada las casas a su alrededor, para no ser sorprendido por más enemigos, pero nadie más salió de entre las sombras.
—Sargento, ¿estás bien?
—Estoy bien, capitán —dijo Zark, que se miraba el corte—. Una herida en el brazo, pero no es profunda.
—Hay que atenderla de todas maneras.
—Lo haré.
Ambos se acercaron al prefecto, pero el pobre estaba ya muerto. Tenía los ojos bien abiertos, la sangre le descendía por un lado de la boca.
—Maldita sea —dijo el capitán—. ¡Maldita sea!
Arjen apretó la quijada y sacudió la cabeza. La muerte de Flenden no era su culpa, pero se sentía responsable.
Le cerró los ojos, tocó la frente del prefecto con su dedo índice anular, y elevó por su alma el Rezo del viaje eterno.
A su alrededor, cuatro cuerpos. Tres bandidos y el de Flenden.
El sargento se acercó al cuerpo del bandido que él había matado y le quitó la máscara. Lanzó un juramento y dijo:
—Por el Gran Creador. Es uno de los lugartenientes.
Inspeccionaron los otros dos, y efectivamente, eran los tres lugartenientes, los hijos del comisario.
Zark se pasó los dedos por el cabello, confundido, y dijo:
—Esto que… ¿qué significa?
—Significa que tenemos que apresurarnos a la casa de Caladis. Pero primero, hay que vendar esa cortada.
Era mejor tratar la herida inmediatamente. Además, no sabían lo que les deparaba la noche. Quizás se verían en necesidad de atacar o defenderse de nuevo, y no podían hacer eso con una herida abierta. El capitán la limpió con un frasquito de agua limpia, le aplicó ungüento y venda.
—¿Cómo te sientes?
—Como nuevo, capitán.
—Andando, pues.
—¿Y los cuerpos?
—Tendremos que ocuparnos de ellos después. Eluvá nos perdone.
Corrieron siguiendo las instrucciones que el prefecto les dio antes de morir.
No fue difícil encontrar la casa. Estaba rodeada por una barda de piedra que llegaba a la altura de la cintura.
El portón exterior lo hallaron abierto. Cruzaron el jardín, que efectivamente era hermoso, bien cuidado y lleno de flores de todo tipo.
La casa era grande, de dos pisos, y la puerta de entrada era de madera, doble. Pero estaba abierta.
Encendieron velas y entraron.
—Llegamos tarde, por segunda vez —dijo el capitán al ver el desorden. La sala de la casa, que parecía ser también el estudio del médico, estaba toda desacomodada, evidentemente había sido inspeccionada sin cuidado de tirar todo al piso.
—¿Qué es lo que buscaban? —dijo el sargento.
—Lo mismo que nosotros.
—¿Sí?
—Por supuesto. Esa maldita lista. Estoy seguro.
—No veo al médico.
—Busquémoslo.
Se dividieron para buscar por toda la casa. En un rincón de la cocina Arjen encontró en el suelo gotas de sangre. Llamó al sargento en voz alta, quien vino inmediatamente para juntos inspeccionar la evidencia.
—No parece venir de una herida mortal —dijo el sargento—. Imposible saber a quién le pertenece. Si al médico o a alguien más.
—Hay que encontrar a Caladis.
—Si es que sigue vivo, capitán.
—Dios lo quiera.
—Pero ¿dónde podría estar? ¡En cualquier lugar!
—Quizás en cualquier lugar. O quizás no.
Entonces escucharon pasos que se acercaban, y una voz dijo:
—¡Profesor Caladis! ¡Profesor!, ¿está allí?
El joven que entró a la casa del decano de medicina se llevó un tremendo susto cuando, al dar un paso o dos adentro, fue recibido por los dos sabuesos que le echaron mano, lo lanzaron con fuerza a un sillón, y le gritaron que se quedara allí sin moverse si no quería que le cortaran el cuello.
Era un muchacho de edad universitaria con cabello rizado y unos ojos aterrados. Llevaba un bolsón de cuero con una correa atravesada por el pecho.
—Quién eres tú —le preguntó el sargento Zark.
—¡Soy Kalden!
—¿Qué demonios haces aquí?
—Soy uno de los asistentes de investigación del profesor Caladis.
—¿Por qué estás aquí? ¿Dónde está el profesor?
—¿El profesor no está?
—¡Responde las preguntas!
El joven levantó ambas manos cuando el sargento se acercó a él con daga en mano:
—¡No lo sé! Vine porque él me lo pidió.
—¿Te pidió venir? ¿Cuándo?
—Hoy me vi con el profesor, como normalmente lo hago por las mañanas. Pero algo raro sucedía.
—Explícate —le ordenó Zark.
—El profesor estaba nervioso, muy nervioso. Me dijo que lo había resuelto, pero que tenía que cerciorarse antes. Que tenía que confrontarlo.
—¿Confrontar a quien?
—No me dijo. Solamente me dio una botella de vidrio, me pidió que me largara y que regresara después, por la noche.
—¿De qué estás hablando? No tiene sentido. ¿Te dio una botella de vino?
—Sí, mi señor. Una botella de vino vacía, aunque con el corcho puesto. Me dijo que si no lo encontraba a él, debía buscar a los sabuesos y darles la botella. Supongo que ustedes son… los sabuesos, ¿no?
—¿Dónde está la botella? —le preguntó el capitán.
El joven abrió su morral y les entregó la botella.
Arjen quitó el corcho mientras preguntaba al muchacho:
—¿La abriste tú previamente?
—No, mi señor. Lo juro por el Gran Creador. No me atrevería.
—Está bien.
La botella no tenía líquido, pero sí un objeto adentro, el cual sacó el capitán y, después de cuidadosamente inspeccionarlo, se lo mostró al sargento, quien dijo:
—Maldita sea.
Arjen regresó el objeto a la botella, puso el corcho y se la dio al joven.
—Escúchame bien, Kalden. Kalden, ¿verdad?
—Sí, mi señor.
—¿Me escuchas con atención?
—Sí —respondió, asintiendo vigorosamente, aunque con la cara pálida.
—Bien. Esto es lo que vas a hacer…