La figura nocturna
LA COMISARÍA NO tenía mortuorio, sino que usaban el que le pertenecía a la Facultad de Medicina.
Había allí, entonces, tres cuerpos. El de la mujer decapitada, cuya cabeza no encontraban todavía. El del rector, con la cabeza cercenada. Y los lugartenientes colocaron allí también el nuevo cuerpo de la mujer pelirroja desconocida.
Arjen había tenido la esperanza de encontrarse allí a Caladis, pero no lo halló. Dejó instrucción con el comisario que prepararan los cuerpos para su sepultura.
Luego pidió al prefecto Flenden que los dirigiera con los estudiantes que vieron algo aquella noche del asesinato.
Mientras se dirigían al castillo el capitán notó que muchos estudiantes los miraban y, asustados, cuchicheaban entre ellos. No dudaba que los rumores debían estar circulando por toda la universidad como un fuego en un bosque seco.
Una media hora después, en un salón de clases dentro del castillo, conversaban con los chicos, un joven de ojos verdes y una muchacha pecosa.
—El prefecto me dijo que ustedes vieron algo extraño ayer por la noche.
—¿Es usted un sabueso del rey? —preguntó el joven, los ojos bien abiertos.
—Así es.
—¡Por Eluvá! Los reconocí por el atuendo.
—Qué emocionante —dijo la chica—. ¿No serán ustedes los de los folletines, o sí?
El sargento se movió incómodo detrás de Arjen, quien prefirió no responder a esa pregunta. Más bien:
—Dígame lo que vieron.
—Ah, sí, claro —dijo el muchacho mirando de reojo a la jovencita—. Esa noche estábamos cerca del castillo, sentados, cuando se acercó a nosotros el rector.
—¿Qué hacían?
—Estábamos conversando.
—¿Son pareja?
Los dos se sonrojaron, y la jovencita dijo:
—Algo así.
—Muy bien. Entonces, ¿el rector les dijo algo?
—Sí, nos dio la instrucción de regresar inmediatamente a los dormitorios —respondió el chico—.
Ya era pasada la hora que se nos permite estar afuera.
Solo los estudiantes de último año pueden estar afuera hasta antes de la tercera vigilia.
Pero ayer, en particular, prácticamente no había nadie afuera.
—¿Y eso hicieron? ¿Regresaron al castillo?
—Sí…, pero no inmediatamente. Hicimos como que íbamos al castillo, pero doblamos a la izquierda y nos escondimos detrás de un árbol, cerca de la esquina suroeste del castillo. Queríamos quedarnos un poquito más de tiempo afuera.
—Muy bien. ¿Y después?
—Irina y yo conversábamos cuando ella me apuntó hacia una de las torres y dijo: «Mira, allí hay alguien». Ya era de noche, así que no podíamos ver del todo bien, pero notamos que el montacargas se mecía levemente y una figura parecía estar entrando por una ventana.
El capitán se dirigió a la muchacha.
—¿Viste esa figura? ¿Me puedes dar una descripción?
La chica negó con la cabeza:
—Por la oscuridad y la distancia, imposible. Solamente se nos hizo extraño que estuviera alguien trabajando a esa hora de la noche. Eso es lo que me dijo Jokbsen.
Jokbsen, el chico, afirmó con la cabeza:
—Eso es lo que pensé al principio. Se me hizo extraño, por supuesto, pero no podía pensar en alguna otra razón por la que alguien estuviera montado allí.
—¿Y qué sucedió después?
—Pues nos quedamos mirando. Alcanzamos a ver que la persona se echaba algo al hombro, como un saco grande y pesado, y luego desapareció por la ventana. Ya no volvió a salir, o no nos dimos cuenta, porque poco tiempo después decidimos regresar a nuestro dormitorio.
—Muy bien —dijo Arjen pasándose los dedos por la barba—. ¿Algo más que quisieran agregar?
—No. Creo que no.
El capitán les hizo algunas preguntas adicionales, pero no recibió información que le pareciera relevante. Flenden esperaba afuera del salón, así que Arjen y Zark conversaron en privado.
—¿Qué piensas, sargento?
—Vieron al asesino entrando por la ventana con el cuerpo decapitado.
—Así es.
—De nuevo, el asesino es osado. Esperó a que fuera de noche, subió por el montacargas arriesgándose que alguien podría verlo, y fue a dejar el cuerpo y esperar al rector.
—O fue sorprendido por el rector y decidió matarlo, como dijimos.
—Sí —dijo Zark.
—Por lo menos hemos confirmado que la teoría que hicimos es correcta: el asesino usó el montacargas.
—Aún nos falta responder muchas preguntas importantes.
—Así es. No tenemos un claro motivo, todavía. Aunque una teoría comienza a formarse en mi cabeza.
— Tampoco sabemos si la muerte de la mujer con el tulipán está de alguna manera relacionada con la muerte del rector.
—Es que no tiene sentido —dijo el capitán—. Aparentan ser cosas distintas, ¿no lo crees?
—Completamente. El modo de operar del asesino cambió por completo. El segundo asesinato parece ser casi al azar. La mujer no es de la universidad, no es una profesora, y no le fue cortada la cabeza.
—Muy extraño. Muy extraño. Si la Hermandad Roja es responsable por la segunda muerte, simplemente no tiene sentido.
Se quedaron en silencio un momento, pensativos.
—Probablemente debamos inspeccionar las grutas antes de que anochezca, pues ya se mete el sol —dijo Zark.
—Sí.
Al salir, Flenden les dijo:
—Mis señores, uno de mis prefectos acaba de darme este mensaje. —Le dio al capitán un pedazo de papiro doblado en dos.
Vengan a mis aposentos. Caladis.
—En marcha —dijo el capitán.
Cuando salieron ya estaba completamente oscuro.
Arjen, Zark, y Flenden caminaron apresuradamente hacia la casa del decano de medicina, que no estaba demasiado lejos de allí.
Tomaron un callejón y anduvieron por una calle ancha pero con casas aparentemente abandonadas a su alrededor, o por lo menos en muy mal estado, algunas sin puertas o ventanas, otras a medio derrumbar o sin techo.
—La casa del profesor está todo derecho, vuelta a la izquierda donde está el encino —dijo Flenden—. Es una casona de arquitectura tradicional tresdina. Muy bonita, con jardín exterior.
—¿Para qué nos habrá llamado el médico, eh? —dijo Zark.
—Tengo mis sospechas, sargento. Ese sentimiento de la tripa que me da. Pero espero estar equivocado.
—En mi experiencia, capitán, su tripa casi siempre está en lo correcto.
—Pero no siempre. Espero que esta vez sea una de esas.
—¿Por qué?
—Porque si lo que sospecho es verdad, podría ser ya demasiado tarde.
Justo en ese momento fueron emboscados.