Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Tulipán
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Tulipán

EL NUEVO ASESINATO no ocurrió dentro del castillo, sino al sureste, como a media milla, todavía dentro de la ciudad universitaria pero en una sección baldía y sin construcciones, en una cueva a las faldas de una formación rocosa.

Flenden les había dado la llave a la puerta de las grutas, la cual Arjen guardó en su cinto.

Entonces salieron para inspeccionar lo sucedido.

Allí ya los esperaba el comisario y sus tres lugartenientes.

Arjen se sentía malhumorado. En parte porque le parecía que esta investigación iba demasiado lenta. Apenas habían logrado interrogar a algunos de los sospechosos, sin obtener nada concreto excepto algunas pequeñas pistas o «flechas» que hasta ahora no apuntaban a nadie en específico.

Y para hacer las cosas peor, un nuevo cadáver. Tenía la esperanza de que no estuviera relacionado con el caso que investigaban, porque de ser así complicaría las cosas.

—Vaya, capitán —dijo el comisario al verlos acercarse—. La última vez que tuvimos una muerte en este distrito fue hace unos quince años. Pero solamente vino usted, y ya vamos por el segundo.

—Lamento incrementarle el trabajo, comisario. Supongo tendrá mucho qué hacer —dijo con un atisbo de sarcasmo—. Aunque dudo que las muertes tengan algo que ver con nuestro arribo.

Por lo menos, eso espero, pensó. La aparición de la cabeza con la nota en sus aposentos era, definitivamente, una señal de que el asesino los había elegido como un blanco, tanto a él como al sargento Zark. ¿Estaba esta muerte de alguna manera relacionada? Ya lo veremos, se dijo.

El comisario, de nombre Felapán, era un hombre bigotón de unos cincuenta y tantos años, barriga prominente, que llevaba puesto un sombrero amplio de paja, el uniforme gris de soldado y el medallón dorado en el pecho que lo identificaba como el alguacil o comisario de la aldea, región o, en este caso, distrito.

El distrito que conformaba la ciudad universitaria constaba con un comisario y tres lugartenientes.

Los tres, que también estaban allí, eran hijos del comisario y se parecían a él, excepto que eran muy delgados.

Estaban uniformados con una túnica gris sencilla de corte reglamentario de un cabo del ejército.

Eran jóvenes larguiruchos que, al ver a Arjen, le lanzaron una mirada de sospecha.

Uno de ellos parecía estar muy interesado en las armas del capitán, porque se las quedaba viendo como no queriendo.

—¿Dónde está el cuerpo? —preguntó.

El comisario apuntó a la entrada de la cueva.

—¿Quién lo encontró?

— La encontró. Fue un pastorcillo. Halló el cuerpo y fue a decirle a su padre, y su padre me dijo a mí.

A su padre y al niño les decimos «los güeros», porque tienen el cabello muy rubio.

Yo mandé decirle a Flenden con uno de mis hijos, para que estuviera enterado y le dijera a usted y a su sargento.

—Quisiera hablar con ellos. Con los güeros.

El comisario dio la instrucción para que uno de sus hijos fuera a buscarlos. El lugarteniente salió de allí apresuradamente, aparentemente agradecido de dejar ese lugar.

El capitán y el sargento entraron a la cueva, que aunque tenía una entrada ancha, era pequeña. Unos seis pasos largos de ancho por unos quince de largo, y su altura sería de dos varas. 6

En el centro de la cueva, acostada en el suelo, una mujer completamente desnuda. Puesto que la cueva no era muy grande, los últimos rayos de la luz del sol dejaban ver bien la escena.

La cara de la mujer estaba blanca como un fantasma de los cuentos, y era evidente su hermosura. Tenía el cabello tan rojo como la sangre, los ojos y la boca cerrada, dando la impresión de estar dormida. Ambas manos yacían sobre su vientre, y con los dedos sujetaba una flor: un tulipán negro.

Arjen sintió un escalofrío.

No porque reconociera a la mujer, tampoco porque hubiera visto antes una escena exactamente así.

De hecho, no estaba por completo seguro la razón de ese escalofrío.

Algo está mal aquí , pensó. No estoy seguro qué…, pero algo está mal.

El sargento Zark ya se había arrodillado cerca del cuerpo y lo inspeccionaba minuciosamente, comenzando por la cara.

—Está maquillada, capitán —dijo.

Arjen se acercó. Era cierto. Era un maquillaje bien aplicado y difuminado, blanco pero no tanto que contrastara demasiado con el color natural de su piel. Dijo:

—Por eso tiene la piel de ese color.

—Sí. Además, no veo dónde está la herida —respondió Zark inspeccionándole la cabeza con los dedos, cuidadosamente, buscando evidencia de un golpe contundente.

El capitán se puso en cuclillas para inspeccionar también. Ladeó la cabeza del cadáver para ver detrás de las orejas, pero tampoco encontró evidencia de un golpe o punzada.

Arjen notó una coloración en el cuello. Sacó un pañuelo y removió el maquillaje allí.

—Por los demonios —escuchó decir detrás de él al alguacil, quien con los lugartenientes miraba fascinado.

El cuello daba señales de estrangulación, posiblemente un cordón de tela, o algo similar. El asesino, sin embargo, enmascaró la herida con la aplicación del cosmético.

—¡La estrangularon! —dijo el comisario.

—¿Reconoce a esta mujer, comisario? —preguntó el capitán.

—Nunca la había visto en mi vida.

—¿Pudiera ser una estudiante?

—Pudiera ser, pero no lo creo. Es joven, pero no tanto.

Tenía razón. Ya viéndola de cerca, debía tener unos treinta y tantos años. No era completamente imposible que fuera una estudiante, pero no tan probable.

—Flenden, entra aquí —le dijo el capitán al prefecto, quien había permanecido afuera.

Al entrar, el prefecto hizo la veneración, musitó algo entre dientes y se quedó de pie, estupefacto.

—¿Reconoces a esta mujer? —le dijo.

—No, capitán, nunca la había visto en mi vida.

—¿Una nueva alumna?

—No lo creo. No, no lo creo.

—Qué extraño —dijo el capitán—. Simplemente, extraño.

—Dios mío —dijo el prefecto—. Si un asesino anda suelto, matando a diestra y siniestra, tendré que implementar un toque de queda. ¡Todos estamos en peligro!

—¿Qué podrá significar el tulipán, capitán? —dijo el sargento.

—No lo sé —respondió acercándose. La flor había sido cortada recientemente. No había ningún otro objeto en el cuerpo de la mujer ni a su alrededor.

—Quizás es una mujer noble —dijo el comisario—. Es muy hermosa. O más bien, lo era.

—No creo que sea una mujer noble. Y no todas las mujeres nobles son hermosas, comisario —dijo Arjen.

El comisario se encogió de hombros:

—¿Cómo sabe que no es noble?

—Por la planta de los pies —le dijo el sargento, quien los examinaba.

—¿La planta de los pies? —preguntó el comisario—. ¿Eso qué tiene que ver?

—Tiene la piel de la planta de los pies dura —dijo el sargento—. Esta mujer creció descalza. Esa no es la costumbre de los nobles, mucho menos de las mujeres de la nobleza. Siempre andan en medias o zapatillas.

—Buena deducción, sargento —dijo el capitán, complacido.

La «deducción» era de esas palabras nuevas que usaban los sabuesos para referirse a sacar conclusiones lógicas basadas en datos.

Los filósofos habían antes usado esa palabra, pero prácticamente nadie la usaba en el ámbito de la guerra, y mucho menos en la detección de crímenes.

—Examinaremos bien el cuerpo, y después de ello, comisario, lo llevaremos al mortuorio.

—Al paso que vamos, nos quedaremos sin lugar allí —dijo el comisario rascándose la frente.

Llegó el lugarteniente que había salido a buscar al pastor y al padre.

—No están, comisario —dijo.

—¿Cómo que no están?

—No están en su casa, no están en el aprisco… no están.

—¡Pues ve y búscalos bien, hijo del Engendro!