Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Búsqueda
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LA OFICINA DEL rector Alvana estaba en la misma torre occidental que las oficinas del resto de los decanos, pero a diferencia de la de ellos, la del rector ocupaba un piso entero.

No que fuera demasiado espaciosa, pues la circunferencia sería de unos diez pasos largos, pero aun así era unas tres veces más grande que las demás oficinas.

Al llegar, el prefecto sacó de su cinto un llavero con por lo menos unas treinta llaves de diversos tamaños. En el camino les aseguró que dicho llavero nunca lo había perdido de vista, con la única excepción de por la noche, al dormir.

Abrió el candado y empujó la puerta.

—Lo que me temía —dijo Arjen.

La oficina estaba en completo caos. Cientos de libros por todos lados, en el suelo, muchos de ellos abiertos.

Los cajones del escritorio principal abiertos también, su contenido tirado en el suelo, fueran hojas, tinteros, plumas, sellos…

, el ladrón buscó prácticamente en todos lados, incluso rompiendo las macetas de varias plantas que adornaban la oficina.

—¡Eluvá bendito! —dijo Flenden, horrorizado—. ¡Han… han robado!

—El asesino estuvo aquí —dijo el capitán—, y si tuviera que apostar, diría que buscando esa lista.

—Si la encontró, nos hemos quedado sin una pista vital —comentó el sargento—. Imposible saber si la halló o no.

—Tendremos que buscarla también nosotros, sargento.

—Hagámoslo.

—Nos tomará tiempo, pero hay que cerciorarnos de que la lista no está aquí. Su contenido, posiblemente, sea la clave de todo. Flenden, ¿hay algún lugar oculto en la oficina? ¿Algún cajón secreto, algún libro hueco?

El prefecto, que todavía miraba su alrededor con una cara de espanto, respondió:

—No que yo lo sepa, capitán.

—Está bien. Ahora: ¿estás completamente seguro que tu llavero ha estado siempre en tu posesión?

—Tan seguro como se puede estar. Ayer por la noche lo dejé en mi buró, como siempre, y ahí estaba hoy en la mañana. A diferencia del rector, yo siempre cierro mi puerta con el pasador.

—Muy bien. Vamos a registrar toda la oficina. Tráenos un poco de comida y vino, que estaremos aquí probablemente hasta la tarde.

—Eso haré, mis señores.

—Una cosa más, prefecto. Necesitamos instrucciones claras para llegar a las grutas del castillo. También, si una llave es necesaria para acceder a ellas, ve por ella y tráela, también.

—Eso haré. Llegar a las cuevas subterráneas es relativamente sencillo. La gran torre occidental, que se distingue por ser la más grande, tiene una cripta a la cual se llega bajando por unos escalones. Entrarán a un salón, en el cual está el portón cerrado con llave que da acceso a las grutas.

Cuando el prefecto se retiró, Arjen miró a su alrededor e hizo una mueca:

—Si hay algo que detesto ver son libros quemados o maltratados.

El sargento sonrió:

—Nunca podré entender esa obsesión que tiene con los libros, mi capitán.

—Cada quién tiene sus obsesiones.

—En eso le doy toda la razón. La mía son estas —dijo poniendo la palma de las manos en el pomo de sus dagas.

—Lo sé.

A diferencia del capitán, Zark no llevaba espada, sino un par de dagas de tamaño mediano con guarnición de plata en forma de cruz.

Las llevaba envainadas a ambos lados de la cadera.

Además de esas dos, su cinturón de armas tenía un número desconocido de navajas, pues al sargento le fascinaban los aceros pequeños.

Aunque no portaba espada, era absolutamente letal con esas dagas de acero acasiciano, una región al norte del reino.

De hecho, aunque a Arjen no le encantaba admitirlo, el sargento era mejor espadachín que él.

Zark era un hombre fuerte pero no muy alto, una media cabeza más bajo que él, con la tez bronceada por el sol y el un cabello negro y lacio que le ocultaba las orejas y descendía hasta la quijada.

Tenía los ojos cafés, oscuros, y la mirada taciturna de uno que ha estado muchas veces a punto de morir.

La primera vez que se conocieron fue cuando asignaron a Arjen como capitán de compañía, pues el previo capitán había muerto en batalla.

Le costó ganarse la confianza de sus hombres, pero más de su propio sargento, Zark Sedare.

Quizás porque el previo capitán había sido un amigo de la infancia de Zark.

Las cosas comenzaron a cambiar unos dos meses después de que fueron enviados en una misión secreta tras líneas enemigas.

Fue una misión brutal, donde varios soldados de la compañía murieron, aunque cumplieron el objetivo de rescatar a un comandante prisionero de guerra.

Comandante que, por cierto, murió unas dos semanas después herido por una flecha amiga, en medio de la confusión de una emboscada.

Lo que comenzó a convertirlos en amigos fue algo tan sencillo como profundo: Arjen salvó la vida de Zark en aquella misión.

Allí se terminó de ganar el respeto del sargento, y desde entonces comenzaron a construir —casi en automático— una fraternidad de esas que solo podían forjarse en la guerra, cuando pasas días y noches con tus compañeros de armas, en sol y lluvia, en hambre y sed, arriesgando la vida con frecuencia, matando y viendo matar.

Arjen no tenía hermanos, no que supiera, y lo más cercano a ello era el sargento. Un hombre serio, recio, inteligente, y despiadado en el combate.

Dividieron la oficina a la mitad, y comenzaron a buscar metódicamente, revisando cada rincón, cada hueco, cada libro. Una media hora después el prefecto les trajo bebida y carne seca.

—No terminaremos jamás si lee cada libro en el que busca, mi capitán.

Arjen levantó la mirada y sonrío como uno que ha sido atrapado en alguna travesura:

—Maldición, sargento, es que no lo puedo evitar. ¡Mira esto! Tantos libros, tan poco tiempo.

—A veces me pregunto si debió haber sido profesor universitario.

Arjen lanzó una carcajada corta y seca:

—¿Yo? ¡Jamás! Ni siquiera comencé mi segundo año.

—Estudiando literatura, ¿no?

Arjen lo miró de soslayo:

—Perdiste tus dos oportunidades ya, sargento. Solo te queda preguntarle a un adivino.

—Por desgracia no hay una Facultad de Adivinación. Podría consultar al decano.

—Podrías.

—¿Entonces no fue literatura?

—Insistes, ¿eh? ¿Por qué la curiosidad, de repente?

El sargento Zark se encogió de hombros:

—No lo sé. Quizás por estar aquí. Quizás porque te he visto pelear. No puedo creer que un capitán de guerra sea también un hombre de letras. De un general, quizás lo creería. Un teniente, posiblemente. Pero ¿de un capitán?

—¿Y por qué no? Imposible no es. «Nada es imposible en el reino de Eluvá».

—¿ El libro de la revelación?

—Casi. El libro de la devoción.

—Ah.

En el año 893 después de la tercera restauración, el Dios Eluvá se había manifestado en visiones a los Siete Profetas.

Juntos escribieron Los siete libros , o Las siete profecías , e instaurado lo que se convirtió en la Santa Fe Profética.

El nombre de los Siete Profetas era un misterio, simplemente se les conocía como el Primer Profeta, el Segundo Profeta, y así sucesivamente.

De los siete libros, el más conocido era el primero, escrito por el Primer Profeta y titulado El libro de la revelación.

Cuando Tresden se fundó por el rey Tresden I, el Magnífico, en el año 1000, instauró la Santa Fe Profética como la única en el reino, y al Primer Profeta como Sumo Sacerdote, quien junto con sus hermanos formó El Concilio de los Siete, que se mantenía hasta hoy como el máximo tribunal de la Iglesia.

Cuando Arjen y Zark terminaron de buscar, estaba el sol por ocultarse, dando inicio a la primera vigila.

Arjen maldijo y agregó:

—Nada.

—¿Y ahora, capitán? ¿Qué sigue?

—Esperemos que regrese el prefecto. Hay que ir a las grutas y también a hablar con esos estudiantes que vieron algo.

Una media hora después escucharon los pasos apresurados de Flenden. Cuándo entró, Arjen supo inmediatamente que algo andaba mal.

—Otra muerte —dijo el prefecto, pálido y temblando—. Ha ocurrido otra muerte.