La lista
ANTES DE DESCENDER hacia las grutas, decidieron primero subir la torre para examinar las almenas de arriba, donde estaba sujeta la viga de donde pendía el montacargas.
Los llevó Flenden.
Subieron unas empinadas escaleras de caracol, y para salir a la terraza simplemente empujaron la trampilla de acceso.
Al estar arriba se acercaron a los adarves y admiraron, de nuevo, la vista.
Estaban tan arriba que a Arjen le dio un ligero vértigo.
—Esta es la vista más increíble que jamás he contemplado en toda mi vida —dijo el sargento, atónito.
Puesto que era un día soleado, sin nubes y muy claro, podían ver a millas de distancia. Incluso, a lo lejos, el imponente castillo real.
—La capital del reino, la capital del mundo —dijo Arjen.
Así era como le decían a Tresden. Habiendo visto el mapa del decano, ya no estaba completamente seguro que fuera la capital del mundo.
Había mucho más mundo de lo que pensaba.
De todas maneras, así había sido criado por su mentor: con un orgullo, casi veneración, a Tresden.
Desde esta altura veía las miles de casas, el lago de Aluán, el bosque de Rabá, los riachuelos, la baja cordillera que atravesaba la ciudad.
Una ciudad hermosa e imponente. Se decía que la más grande del mundo.
—¿Cuánto tiempo lleva el montacargas aquí? —le preguntó el capitán al prefecto.
—Tendría que revisarlo con el maestro de la obra, pero probablemente un par de semanas, por lo menos.
—Veo que hay un poco de material acá arriba. ¿Qué es lo que construían, o reparaban?
—Las almenas y otras partes del techo estaban en mal estado. El mismo rector dio la instrucción de comenzar los trabajos de resanar.
—El asesino, entonces, se aprovechó del montacargas para subir el cuerpo y dejarlo en la habitación del rector —continuó el capitán.
—Así parece —respondió Flenden.
—¿Sabes si alguien vio algo esa noche?
—No lo sé… pero ahora que recuerdo, me parece que vi a un par de estudiantes caminando por afuera del castillo. Ellos podrían haber visto algo.
—¿Sabes quiénes son esos estudiantes?
—Sí, los puedo guiar hacia ellos.
—Perfecto.
El sargento se recargó en la pared, cosa que le dio un escalofrío al capitán porque por un momento imaginó lo terrible que sería si perdiera el equilibrio y se fuera hacia atrás.
Pero al sargento no parecía eso ni siquiera pasarle por la cabeza. Preguntó:
—Y usted, prefecto Flenden, ¿quién cree que pudo haber matado al rector?
El prefecto entornó los ojos y miró hacia el suelo por un momento. Luego levantó la vista y dijo:
—Me lo he estado preguntando una y otra vez. Y es que simplemente no puedo pensar en alguien.
—¿Tenía algún enemigo? ¿Había recibido quejas o amenazas?
—Nada que me llamara demasiado la atención. Por supuesto, algunos decanos no estaban tan contentos con él.
—¿Por qué?
—Por cuestión de las finanzas. Los decanos siempre están pidiendo más dinero, y el rector les respondía que no había. Sin embargo, últimamente las facultades de filosofía y literatura recibían más. Pero la razón es muy sencilla; son las que han recibido más estudiantes, también.
—¿Eso hacía que el resto de los profesores se molestara?
—Por supuesto. ¡Pero no como para matar al rector! Por lo menos, no lo creo.
El capitán dijo:
—He escuchado que algunos de los decanos son plebeyos.
—Así es, dos de ellos no tienen sangre noble.
—¿Quiénes?
El prefecto arqueó las cejas:
—Asterán y Uladis, ahora que lo pienso.
—Los profesores de filosofía y literatura.
—Así es.
—¿Podría eso causar un enojo mayor en alguno de los decanos? ¿Que su facultad recibiera menos dinero que otra, y además, una cuyo decano era plebeyo?
Flenden se rascó la barbilla:
—La fricción entre nobles y plebeyos en la universidad es evidente, aunque se busca minimizar. De todas maneras, no puedo imaginarme que uno de los decanos pensara que la mejor manera de recibir más dinero para su facultad ¡fuera decapitando al rector Alvana!
—Quizás no buscar más dinero. Quizás simplemente deshacerse de él. Ahora se tendrá que buscar un nuevo rector. ¿De dónde vendrá?
—Probablemente se nombrará a alguno de los decanos.
—Lo que causará una batalla de poder, ¿no?
—Puede ser. Pero entonces… ¿qué tendría que ver la Hermandad con todo esto?
—No lo sé —dijo el capitán pasándose los dedos por la barba—. Quizás nada. Quizás todo.
—Hay algo más —dijo Flenden, poniéndose un poco nervioso—. De nuevo, estoy seguro que no puede ser importante, pero quizás simplemente me estoy engañando a mí mismo. Quizás quiero que no sea importante.
—Suéltalo, Flenden —le ordenó Arjen.
—Sucedió, quizás, hace un par de semanas. Entré a los aposentos del rector para traerle un poco de vino. Estaba sentado en la sala, cerca de la chimenea, con una hoja de papel en la mano izquierda. No alcancé a distinguir lo que estaba escrito en ella, pero parecía ser una lista.
—¿Una lista de qué?
—No estoy seguro. A la distancia a la que estaba, y con la vista que tengo, no podría decirlo.
—Entiendo.
—Pero el rector estaba serio, muy serio. De hecho, una cara completamente atribulada. No lo había visto así por mucho tiempo.
—¿Dijo algo?
—Le pregunté si todo estaba bien. Me respondió: «No, Flenden, no todo está bien». Entonces levantó la hoja un poco, y agregó: «Si esto es cierto, será un escándalo. Tendré que…, tendré que…, no veo otra opción mas que…», y se quedó con la mirada perdida.
—¿No terminó el pensamiento? —preguntó el capitán.
—No. Fue todo lo que dijo.
—Esa hoja de papel —dijo el sargento—, esa lista, tenemos que encontrarla. ¿Dónde podría estar?
—Quizás en sus aposentos. Quizás en su oficina. O posiblemente la llevaba consigo, aunque lo dudo pues ya ha pasado tiempo. No creo que la llevara guardada todo este tiempo en sus túnicas.
—¿Alguien ha entrado a su oficina? ¿Está con llave? —preguntó Arjen.
—El rector siempre mantenía su oficina con llave, a diferencia de sus aposentos. Solamente hay dos llaves, la mía y la suya. Siempre llevaba su llave en… —Flenden abrió los ojos grandes.
—¿En dónde?
—En el cuello. Atada a una cadena plateada.
—Pero el cuerpo del profesor no tenía la llave.
—No…
—La persona que lo mató, entonces, robó la llave —dijo el sargento.
—Tenemos que ir a la oficina inmediatamente —dijo el capitán—. Flenden, ¿quién más sabía sobre la lista?
—No lo sé. Sinceramente no lo sé.
—¿Se lo dijiste a alguien?
—Dios mío, no recuerdo. Quizás se lo mencioné a alguien, a un profesor.
—¡A quién, Flenden!
Con ojos de pánico, respondió:
—¡No lo recuerdo, lo juro por el Gran Creador! Ahora me doy cuenta de lo importante que era esa lista, pero en ese momento no le di importancia.
—Pues haz memoria, y si recuerdas, nos dices de inmediato. Bajemos, entonces.
—Una cosa más —se adelantó Flenden, antes de que bajaran de donde estaban—. La noticia de los asesinatos ya está corriendo por la universidad. Hasta ahora, parece que el rumor solamente es que un cuerpo fue robado, y que el rector ha muerto.
—¿Que ha muerto, o que fue asesinado? —preguntó Zark.
—Que ha muerto. Ese parece ser el rumor.
Lo más apropiado, creo, es tener una junta con los prefectos, para que ellos comuniquen la información al resto de los estudiantes.
Probablemente lo mejor será manejar la información nosotros mismos.
Decir que lamentablemente ha fallecido el rector, y que pronto se dará más información sobre quién tomará su lugar.
—Buena idea. Mejor no dar demasiados detalles —dijo el capitán.
—Concuerdo.
—Bien. Llévanos, entonces, a la oficina —dijo Arjen.